Capítulo 1
LOS PERDIDOS
Y ENCONTRADOS
El grupo de Nardo estaba preocupado por el hecho de separarse de sus amigos. Cada uno en silencio estaba preparando su mochila. Todos lo habían acordado, porque era lo correcto que se debía hacer, pero en el fondo querían que todo hubiese salido bien, que todos los chicos de la escuela estuviesen en la montaña, que ninguno se hubiera perdido en lo que tenían que hacer. Les preocupaba el grupo de Pentas, tan alejado ya de la misión para la cual todos estaban de acuerdo realizar desde que salieron de la escuela. Todos sabían los riesgos, todos sabían que no iba a ser fácil y todos firmaron para salvar a la humanidad de perecer ante las catástrofes.
Nardo estaba con la esperanza de encontrar a los chicos perdidos y luego pensar en cómo regresar a los grupos en la correcta dirección que llevaban. Le preocupaba, además, la importancia de tener a todos los grupos para el día determinado. Se preguntaba si el grupo que faltaba en realidad se perdió en medio de alguna catástrofe. Nardo no era tan negativo, pero ante la realidad de lo que había escuchado de los grupos, comenzaba a tener dudas.
Narciso, por otro lado, le preocupaba la fecha. Tenía también sus dudas y aunque hubieran hecho los cálculos nuevamente y la confirmaron todos los que sabían hacerlos, algo no le cuadraba. Se frustraba de que no sabía exactamente que era. Sentía que algo no estaba bien y no había forma de comunicarse con la escuela para confirmar la nueva fecha. Con esto en su mente se despidió sus amigos.
Los compañeros de Hibiscus trataban de que razonara y no fuera a buscar a Zinnia, le decían que era una misión descabellada y peligrosa.
—Hibiscus, yo no creo que Zinnia, Marigold, Crisantemo, Gladiolo y Pepeto se hayan salvado de la erupción del volcán. Yo vi cuando la lava cubrió la zona donde estaban y vi cuando Marigold y Cris se estaban quemando. —Le dijo Melissa, muy sentida porque Pepeto era su novio y Gladiolo era el novio de Dáfodil, su mejor amiga.
—Mira Melissa, si no los busco, nunca lo sabremos, y dile a Dáfodil que vendré con su novio, si todavía no lo ha olvidado. —Le contestó y la hizo a un lado para salir del campamento.
—Pero, es peligroso. —Le dijo Melisa tratando de detenerlo.
—Déjalo, —le dijo Fresno deteniéndola—, es su decisión.
Fresno era un chico que quería el liderazgo del grupo, y aunque ya no era apoyado por haberse perdido en las fiestas de Pentas, seguía tratando de convencer al grupo, y vio la oportunidad de estar a cargo mientras Hibiscus andaba afuera.
—Te veré pronto hermano. —Le dijo Nardo a Narciso— Y tú hermanita cuídate mucho.
—Con Dios de nuestro lado, tenlo por seguro. —Le contestó Rosa.
Después de las despedidas, las dos expediciones comenzaron su camino por diferentes rutas. El de Narciso la ruta del grupo de Mirto, hacia el norte; y el de Nardo la ruta del grupo de Hibiscus, hacia el este.
El grupo de Pentas ni siquiera se había levantado todavía, para cuando salieron los expedicionarios. Se habían desvelado toda la noche celebrando y bebiendo hasta que los efectos del alcohol hicieron que cayeran intoxicados.
En el camino descendiendo la montaña, Nardo iba conversando con Hibiscus.
—¿Qué le ha pasado a tu grupo? ¿Por qué no te apoyan? —Le preguntó Nardo con curiosidad, porque ningún chico se apuntó para ayudar en la búsqueda de sus compañeros.
—Desde el principio tuve dificultades en liderar al grupo porque hay otro chico, Fresno, que quería hacerlo. No sé por qué la directora no lo escogió a él. —Hizo una pausa para pensar—, él siempre trató de dividir al grupo, y lo ha conseguido haciendo que algunos se unan al grupo de los drogadictos y borrachos americanos y canadienses que solo pasan haciendo fiestas. Yo no estaba muy bien después de perder a mi novia, Zinnia, y no tenía ánimos para hacer valer mi liderazgo con el grupo, ese fue mi error, y afronto las consecuencias, pero a veces, ni yo mismo creo en lo que estamos haciendo. —Dijo Hibiscus pensativo.
—Encontraremos a tu novia y a los demás, y recuperarás tu puesto. —Le dijo Nardo muy seguro— Yo te entiendo, porque las cosas que no salen como uno lo espera desalientan y uno quisiera renunciar a todo.
—Exacto, y luego uno se cuestiona ¿por qué Dios nos ha abandonado? ¿Por qué dejó que las cosas pasaran de esa manera? —Le dijo Hibiscus sacando su frustración.
—Bueno, —intervino Cesalpinia que iba detrás de ellos escuchando la conversación—, yo creo que Dios no abandona, sino que quiere confirmar que somos capaces de salir adelante no importando las circunstancias adversas. Lo que significa que Dios está en nosotros para hacerlo. Creo que esa fuerza que emana de nosotros cuando cumplimos algo procede de Él. Lo que sucede es que cuando entran las dudas, uno se debilita y perdemos el enfoque de lo que estamos haciendo y a Dios lo dejamos de lado.
—Exacto, —confirmo Nardo—, yo lo tomo como un reto personal de superar cualquier problema que se presente y confiando siempre en el Gran Arquitecto que nos ha seleccionado para esta misión, las cosas cambian a nuestro favor.
—Sí, creo que tienen razón. —Le contestó Hibiscus pensando en esas palabras, que en realidad, tenían sentido—. Es solo que tener a un grupo que no te apoya, es nadar contra corriente. En tu caso veo que todo el grupo es bien unido. En el mío hay una desunión causada por celos de parte del que no logró ser el líder de la expedición.
—Sí, mi grupo es increíble. —Dijo Nardo volteando a verlos con orgullo quedando su mirada en Queeny, quien le dio una sincera sonrisa—. Creo que me he ganado su apoyo.
El día comenzó despejado de nubes, sin embargo, los vientos traían frío y a medida que el tiempo pasaba las espesas nubes que se iban formando tapaban por largo tiempo los rayos del sol.
Agapanto quería abrazar a Violeteira, pero por respeto a Cesalpinia no lo hacía. Violeteira no le había contado todavía que ya eran novios. Le daba un poco de temor de cómo iba a reaccionar. Cesalpinia siempre había sido muy protector con ella, por lo que decidió esperar el mejor momento para contarle.
La expedición caminó por las montañas del valle inundado con rumbo hacia el noreste para luego bajar. Llegaron hasta un risco desde donde veían un río con playas de arena y piedras. Bajaron la pendiente entre resbalones y tropezones hasta llegar a la ribera del río y acamparon.
Les había llovido toda la noche y la mañana traía un frío paralizador, peor que el día anterior. Se pusieron las sudaderas encima de las túnicas de lana. Nardo dispuso que por el río avanzarían más rápido, según las recomendaciones de Agapanto.
Cesalpinia, Queeny y Violeteira hicieron crecer árboles de madera y Gumbo secó los troncos para hacer una balsa. Los eco arquitectos como Margarita y Nacascolo comenzaron a elaborarla.
—No es tan perfecta, pero funciona. —Dijo Margarita con timidez.
—Está excelente. —Le admiró Nardo—. Dejaremos más árboles en la parte alta, porque el río seguirá creciendo.
Dejaron el rastro para el camino de regreso, poblando de árboles la ribera en la parte más alta. Esto le extrañó a Hibiscus y preguntó:
—¿Cómo sabes que el río seguirá creciendo? —Nardo se tardó en contestar porque había escuchado una conversación privada entre Flora y su madre. Y no era una noticia oficial.
—Es obvio que habrá inundaciones porque seguirá lloviendo. —Le dijo evitando decirle sobre el segundo diluvio.
Nacascolo y Margarita eran los que se encargaban de la comida y de dejar plantado un huerto para el regreso. No con el esmero de cuando estaba todo el grupo porque se querían lucir con los platillos, pero en lo que podían, ayudados por Daisy, Gumbo, Kunzea y Kapok, lograban alimentarse bien.
Kapok se encargó del timón de cola, mientras Hibiscus, Gumbo, Cesalpinia y Nardo remaban para avanzar más rápido. El río doblaba en unas montañas y el panorama había cambiado radicalmente. La balsa comenzó a navegar más rápido. Los chicos dejaron los remos y vieron que navegaban sobre unos rápidos y que iban al encuentro de lava ardiendo todavía. Era la zona donde el volcán que mencionó Hibiscus había hecho erupción.
—¡Sujétense! —Les gritó Nardo. Todos se amarraron a la balsa y Kapok logró dirigirla hacia la orilla.
—Estamos cerca de donde nos separamos. —Dijo Hibiscus con excitación. Estaba ansioso por encontrar a su novia y al mismo tiempo temeroso de encontrarse con lo peor.
La humedad que brotaba de la lava ardiendo y evaporarse con el agua era sofocante.
Cuando comenzaron la expedición, la directora le había proporcionado al grupo de Hibiscus máscaras contra gases las que utilizaron cuando el volcán hizo su erupción. Hibiscus logró que se las prestaran porque ciertamente que tenían que pasar de nuevo frente al volcán. También tenía un dosímetro que le había dado la directora para detectar radiación ionizante, ya que algunos países del medio oriente estaban en guerra y las bombas nucleares clamaban por reventar. Se colocaron las máscaras para respirar mejor y siguieron caminando donde la lava se había solidificado y no presentaba peligro.
El panorama era oscuro, no solo por la lava negra y seca, sino por las nubes de tormenta espesas y negras combinadas con una densa neblina de cenizas que todavía arrojaba el volcán. Daisy y Gumbo se voltearon a ver afligidos.
—No se preocupen, —les dijo Agapanto— los terrenos con ceniza volcánica son los más fértiles del mundo. Y dicho esto, Daisy intentó hacer crecer un árbol de hule. Se admiró que después de hacerlo crecer no se sintió cansada. La tierra fertilizada le ayudó a crecerlo sin mayor esfuerzo.
—Tienes razón —dijo con animación y siguió haciendo crecer un pequeño bosque para protegerse haciendo que el follaje hiciera de techo, y al mismo tiempo hacer el campamento para protegerse de la lluvia, cenizas y el viento.
—Estas máscaras son un alivio, pero ¿por qué se las dieron, que acaso sabía la directora que iba a explotar un volcán? —Le preguntó Nardo a Hibiscus mientras comían y se calentaban en la fogata.
—La directora nos dijo que el Medio Oriente estaba en guerra. —Contó Hibiscus.
—Pero eso es en el medio oriente. —Intervino Agapanto— Muy lejos de aquí.
—Sí, pero nos dijo que los camiones cargados con material radiactivo usaban la ruta de Egipto para pasar al medio oriente. Y tenía razón, porque nosotros vimos un convoy de camiones con el símbolo radioactivo pasar por la ruta en que veníamos. —Les contó Hibiscus.
—Eso es alarmante. —Comentó Agapanto comenzando a preocuparse.
Llevaban dos meses desde que salieron del campamento. Habían subido y bajado montañas y habían bordeado los ríos solidificados de lava. La esperanza de encontrar a los chicos cada vez se iba desvaneciendo, hasta que llegaron a un lugar desde donde divisaban un bosque.
—Allá —señaló Hibiscus emocionado—. ese fue el último bosque que plantamos. —Dijo y comenzó a correr con la ansiedad de encontrar a su novia.
—Ustedes quédense aquí. —Le dijo Nardo al resto del grupo. Algo en los árboles no le convencía. Estaban rojos.
—Ese bosque está envenenado. —Observó Agapanto.
—Eso pensé. —Dijo Nardo comenzando a correr detrás de Hibiscus.
—Colócate la máscara. —Le gritó Agapanto.
—Hay no, debemos hacer algo. —Dijo Daisy con angustia de ver los hermosos pinos color rojo amarillento.
—Primero tienen que ver qué nivel de contaminación tienen. —Le dijo Agapanto. Para Daisy la palabra era nueva y siguió preguntando. Entre Queeny, Cesalpinia y Agapanto trataban de explicar el término, no solo a Daisy, sino a Gumbo también porque no habían asistido a la escuela.
Nardo ya se había colocado la máscara cuando llegó al lugar. Hibiscus andaba desesperado llamando a su novia, sin ningún éxito. Se extraño del lugar tan diferente de como lo habían dejado, y cuando vio a Nardo, de inmediato realizó lo que pasaba. Sacó su máscara y el detector de radiación. En efecto, los niveles eran medios, pero había radiación.
—Mira allá. —Señaló Nardo. Había en uno de los árboles una nota metida en un plástico y amarrada al tronco. La arrancó y se la dio a Hibiscus, quien nerviosamente la abrió.
“Si alguien lee esta nota, somos cinco sobrevivientes del grupo de Hibiscus. Dos chicos están quemados y creemos que todos estamos contaminados. La lava nos impide llegar a nuestro destino, por lo que hemos decidido caminar hacia el sur”.
Llegaron al campamento con la nota. Hibiscus estaba feliz de saber algo de los chicos y triste porque se habían contaminado.
—Creo que la explosión volcánica fue el detonante del plutonio que llevaba los camiones y alcanzó a contaminar esta zona, porque no encuentro otra explicación. —Dijo Hibiscus con tristeza.
—Deben lavarse la cara y manos con este jabón. —Les dijo Kapok entregándoles un jabón hecho de aceite de olivo con aloe y salvia que habían preparado hacía meses, entre él y Kunzea—. Es lo único que se me ocurre por si se han contaminado superficialmente.
Los chicos hicieron crecer caña de castilla para que absorbiera la contaminación del bosque y al mismo tiempo ayudar a que las coníferas y los abedules se recuperaran. Después de varios días trabajando, vieron como algunos de los árboles comenzaban a brotar hojas verdes.
—Es tiempo de seguir. —Dijo Nardo. Daisy sonrió satisfecha.
Siguieron al sur como indicaba la nota y después de varios días se quitaron las máscaras porque ya no detectaban radiación. Iban dejando en el camino un jardín de flores silvestres para la ruta de regreso. Hibiscus vio a lo lejos un punto verde. Siempre que veía algo verde se alegraba y salía corriendo a ver y luego se quedaba frustrado al no encontrar a nadie. Decidió esta vez no salir corriendo y solo seguir caminando hasta llegar a la zona verde.
—Según el mapa estamos en Sudán, esas montañas dividen el país con Egipto y Libia. —Dijo Agapanto señalando el lugar.
—Parece que hay gente ahí. —Dijo Violeteira.
Apresuraron el paso y era cierto. Había un campamento de la Cruz Roja atendiendo a mucha gente que llegaba en estado deplorable, por las catástrofes y por las guerras. Las tiendas y camillas eran interminables e insuficientes con tanta gente que llegaba a diario buscando refugio, comida y sobre todo atención médica.
Nardo y los chicos llegaron caminando despacio viendo hacia todos lados con cierta preocupación. La gente estaba ida, callada, sentada en el suelo solo viendo sin ver, tal vez analizado todavía lo que estaba pasando sin comprender. Muchos habían perdido no solo sus hogares, sino a sus seres queridos. Muchas madres lloraban a sus hijos muertos, otras lloraban abrazando a sus hijos y pensando en el futuro que les esperaba al ver un panorama tan desolador y deprimente.
De pronto, Hibiscus paró al grupo. Había visto a Zinnia salir de una de las tiendas. Su corazón comenzó a latir fuertemente.
—¡Dios mío, Zinnia! —La llamó. Ella volteó a ver y se tapó la boca realizando el milagro de ver nuevamente a su novio, y se puso a llorar de la emoción.
—Creí que nunca te volvería a ver. —Dijo con voz quebrada abrazándola y besándola emocionado—. Te voy a presentar a Nardo y… —Dijo Hibiscus cuando el grupo de Nardo se aproximó para saludarla y saber lo que le había pasado.
—Yo sé quiénes son. —Dijo Zinnia sonriéndoles y saludándolos.
—¿Dónde están los demás chicos? —Preguntó Nardo.
—A Marigold le han tratado las quemaduras de cuarto grado y no está bien y Crisantemo está recuperándose de una quemadura en la pierna cuando salvó a Marigold. —Dijo Zinnia con preocupación por la chica—. A todos nos han tratado con yoduro de potasio por la contaminación radioactiva. Aunque me puse la máscara desde que el volcán comenzó a lanzar la ceniza y lava, siempre me dieron el tratamiento. Lo que sí tengo es la piel irritada por la exposición. También Pepeto. —Dijo mostrándole los brazos y pecho con un tono rojizo—. También hay tres chicas y dos chicos del grupo de Abedul que están en este campamento. Ellos están contaminados también, pero los están tratando y han hecho crecer algunas legumbres que son ricas en proteínas y potasio para disminuir la radiación en el cuerpo. La sopa de legumbres se ha hecho muy popular por aquí, así como las bananas. —Dijo con sonrisa. Nardo y su grupo le sonrieron con complicidad porque ya sabían a que se referían. Ellos habían hecho crecer las bananas y legumbres sin despertar sospechas.
—Tenemos jabón de olivo con aloe y salvia. —Le dijo Kunzea dándole el jabón— Lávate primero y luego te aplicaré sábila en cuanto encontremos un lugar para hacerla crecer. —Dijo viendo para todos lados sin encontrar un lugar que no tuviera gente.
—Es buena idea, gracias. —Le dijo Zinnia, y continuó—: Nos enteramos también de que un meteorito impactó el polo sur y hay inundaciones en zonas bajas y el agua sigue subiendo.
Hibiscus vio a Nardo con preocupación porque ya se lo había advertido.
—Te lo dije. —Dijo Nardo encogiendo los hombros.
Todos tenían tantas preguntas que hacer que mejor dispusieron buscar un lugar alejado del campamento para poder platicar de todo lo ocurrido y hacer crecer plantas medicinales para ayudar a la gente, lo mismo que plantas alimenticias, porque comenzaba a escasear la comida y la ayuda internacional no había llegado todavía.
Después de acampar y organizarse, fueron a ver a la chica quemada. Estaba en una de las tiendas grandes de la Cruz Roja donde tenían a los pacientes en estado crítico. Cuando vieron a Marigold, se les estrujó el corazón. La mitad de su cuerpo estaba con quemaduras de cuarto grado, o sea la piel derretida y expuesta. La tenían sedada todo el tiempo por los terribles dolores que padecía y un suero la alimentaba.
—Busquemos un mopane. —Les sugirió Gumbo acordándose de como hizo que Nardo sobreviviera.
—Buena idea Gumbo. —Le dijo Nardo.
Daisy y Gumbo fueron a un lugar lejos del campamento, para censar las raíces de alguno que estuviese cerca, pero nada consiguieron. La zona era desértica en su mayor parte, solo unos pocos árboles con alguna esperanza de ser grandes algún día se veían desperdigados.
Los médicos de la Cruz Roja le dijeron al novio de Marigold que iban a tratar de encontrar quien la llevara a un hospital para hacerle trasplantes de piel, pero que su salud seguiría decayendo mientras se buscaban los medios para llevársela. Ese día le dijeron que ya no había nada que hacer; por las condiciones en que se encontraban no les sería fácil conseguir transporte para trasladarla. Las emergencias tenían la prioridad en esos momentos, y en diferentes partes del territorio. En pocas palabras no había esperanza para ella. Los chicos fueron a buscar a Gumbo y Daisy.
—Ya no sigan buscando, ya no hay nada que hacer por Marigold. —Les dijo Nardo consternado de perder a alguien especial. La chica estaba en sus últimos alientos.
—No, debemos salvarla. —Dijo Daisy con lágrimas en los ojos—. Haremos crecer un mopane, eso es. Rápido. —Dijo con determinación. Nardo y los demás asintieron como un último esfuerzo para salvarla.
Los chicos se apartaron hasta un lugar en los alrededores que no tuvieran gente para hacer crecer un mopane sin despertar curiosidad. Los chicos se concentraron para que creciera hasta una edad de cien años, y en su corazón agitado clamaron por Flora. El hermoso árbol comenzó a proyectar un halo amarillento y místico. Todos estaban desmayados por el esfuerzo. Solo Nardo estaba todavía consciente y vio el árbol iluminado; oyó una voz que decía claramente “traigan a Marigold”. Nardo se paró de inmediato y corrió a buscarla.
Su novio Crisantemo estaba a la par de ella muy consternado tomándole la mano y llorando. Su mejor amigo Gladiolo estaba con él dándole consuelo. Hibiscus, Zinnia, Kapok y Kunzea habían tratado con remedios naturales de aliviarle algunas de las quemaduras, auxiliados por Nacascolo y Margarita que hacían crecer la sábila y otros plantas medicinales que les pedía Kunzea, pero todo esfuerzo era infructuoso porque ya era muy tarde para esos remedios.
—Hay esperanza, tráela al mopane. —Le dijo Nardo en voz baja al novio.
—¿Al mopane? —Preguntó Crisantemo sin entender.
—Luego te explico, pronto. —Le dijo Nardo.
El Crisantemo la cargó en sus brazos. Un enfermero de la Cruz Roja les hizo parada.
—¿A dónde se la llevan? —Les preguntó preocupado viéndolos a todos sin entender. Nardo sacó polen del floripondio y se lo sopló para que no siguiera deteniéndolos. Todos se colocaron alrededor de los chicos para cubrirlos y llegar al lugar sin contratiempos.
Llegaron al mopane y entre Kapok y Nardo la metieron con cuidado en la corteza. El inmenso mopane la absorbió con ternura hasta su corazón, para asombro de Crisantemo. Él había escuchado algo sobre los espíritus de los árboles porque uno de su grupo tomó la clase, pero él lo estaba descubriendo en esos momentos. Nardo le explicó cómo funcionaba y que Flora estaba en el árbol ayudándola. Los chicos se sentaron alrededor del árbol para rezar por ella, mientras Kunzea y Kapok auxiliaban a los que se habían desmayado por el esfuerzo.
—Iré a hablar con los chicos que se fueron del grupo de Abedul. —Dijo Nardo, mientras los chicos acampaban alrededor del árbol. Hibiscus y Zinnia lo acompañaron.
Los cinco chicos estaban en una de las tiendas donde tenían en tratamiento a todos los contaminados por radiación. Les prohibieron entrar por la misma razón. Nardo tomó de escondidas dos de los trajes blancos que cubrían desde la cabeza a los pies para poder entrar junto con Hibiscus. Los chicos se alegraron de verlos y les contaron porque se fueron del grupo de Abedul.
—Abedul nos tenía en un régimen religioso del que nosotros no estábamos de acuerdo y que ni en la escuela nos tenían bajo esa disciplina tan rigurosa. —Dijo Petunia, una de las chicas desertoras.
—Mi hermana Laurel y yo decidimos salirnos del grupo y también nuestros tres amigos quienes tampoco estaban de acuerdo con la forma en que Abedul nos trataba. Al final dijo que ya no íbamos a seguir las indicaciones de la directora sino las de él. Y que nos quedaríamos a vivir en la montaña porque éramos los elegidos. Eso fue lo que nos motivó a salirnos del grupo. —Dijo Brezo viendo a sus amigos.
Bueno, se pueden unir a nuestro grupo si quieren, entiendo que el número de chicos tiene que ser exacto para llevar a cabo la siembra de los hiperiones. —Le dijo Nardo.
—Con relación a eso, Abedul nos dijo que esas semillas de los hiperiones no existían. Nos dijo que era un mito y que solo él tenía el poder de salvarnos. Solo hablaba cosas raras como si él fuera un mesías o algo así. —Le contó Lauro.
—Sí, tiene al grupo bien seducido con sus palabras. —Le contó Laurel.
—Es bien convincente cuando habla. —Dijo la otra chica llamada Eugenia.
—Mi hermano tiene las semillas. Es una larga historia de como las conseguimos, pero debemos sembrarlas y son 120 exactas. —Le dijo Nardo.
Los chicos se vieron como preguntando si seguían con el plan. Tenían expresiones de duda y las chicas negaban con la cabeza, por el hecho de que no querían volver a ver a Abedul.
—Abedul es un fanático religioso y no quisiéramos tener algún altercado con él, si regresamos. —Dijo Eugenia.
—Bueno, si cambian de opinión ya saben dónde queda el lugar. Solo estamos esperando que Marigold salga recuperada del mopane para partir. —Les dijo Nardo.
—¿Del mopane? —Preguntó Laurel.
—Creo que nadie tomó la clase de los espíritus de los árboles. —Le dijo Nardo a Hibiscus.
—Ni yo tampoco, pero después de lo que acabo de ver, me arrepiento de no haberlo hecho. —Le dijo Hibiscus.
Nardo comenzó a explicarles y les dijo que ellos podían también entrar en el mopane para curarse de la contaminación. Los chicos se alegraron con la noticia, aunque su condición había mejorado considerablemente, gracias a los alimentos naturales, convinieron en ir al árbol.
Los días pasaban y Nardo se preocupaba, ya que el camino de regreso les tomaría otros tres meses y con suerte que llegarían para la fecha del equinoccio de septiembre, si la chica salía del árbol. Estaban comentando las fechas con Agapanto, cuando de pronto, vieron una pierna salir del árbol.
—Miren. —Gritó Iris. Todos se acercaron a ver.
Marigold salía repuesta completamente y sin ninguna señal de sus quemaduras en su piel. Crisantemo la abrazó llorando de la alegría. Todos los chicos la rodearon al verla.
—No tiene ni una cicatriz en la piel. —Dijo Queeny admirada y dándole una túnica para que se vistiera.
—Gracias Dios mío, siento que tengo tanta energía como para hacer crecer un bosque entero. —Dijo Marigold con una simpática sonrisa.
—Eso dijo Nardo, también. —Comentó Gumbo.
—Iré a buscar a los cinco chicos contaminados para que entren en el árbol y ojalá que decidan continuar con la misión. —Dijo Nardo.
Los chicos iban escabulléndose de uno en uno para entrar en el mopane y al cabo de una semana todos estaban curados. Los cinco estaban felices y celebrando con el resto del grupo.
Petunia se había unido con Nacascolo y Margarita para hacer la comida. Ella era la cocinera designada en el grupo de Abedul y no la dejaba hacer otra cosa, al igual que Eugenia y Laurel.
Nacascolo llegó con la noticia de que la ayuda internacional había llegado y estaban repartiendo comida, agua, ropa y zapatos. Los chicos consiguieron ropa de las donaciones, porque todos habían crecido un poco y la ropa y los zapatos ya no les quedaba muy bien y aunque habían hecho algunas transacciones de frutas por ropa con las tribus nómadas, necesitaban nuevamente de zapatos y ropa para el frío.
—Le conseguiré a Kadota ropa de niño. —Dijo Iris buscando ropa pequeña entre las donaciones.
—Bueno ha llegado la hora de partir, espero que hayan decidido unirse a nuestro grupo. —Les dijo Nardo a los cinco que habían desertado del grupo de Abedul.
Todos negaron.
—No podemos soportar la idea de verlo de nuevo. Creo que mejor nos quedaremos por aquí a ayudar a esta pobre gente. —Dijo Laurel.
—A menos que nos necesiten desesperadamente, nos uniremos con ustedes. —Dijo Petunia viendo a Nacascolo, con quien había hecho una buena amistad porque sabía cocinar.
—Bueno, ya les dije que el número de hiperiones es 120. Y ustedes cuentan en ese número. Solo les pido que lo piensen, no tienen por qué estar en el grupo de Abedul, se pueden unir con nosotros o con Hibiscus. —Les dijo Nardo como último recurso para que los acompañaran.
—Le daremos pensamiento. —Le contestó Lauro, el hermano gemelo de Laurel.
A pesar de los intentos por convencer a los chicos, ellos estaban determinados a no seguir con la misión por miedo de Abedul. Les afligía el hecho de que los acusara de herejes por haber abandonado el grupo, como solía hacer cuando no le obedecían sus órdenes y los hacía sentir muy mal. Esa era su forma de liderar, solo con amenazas; no existía una buena comunicación, las chicas no tenían derecho a opinar y solo hacían cosas domesticas como lavarles la ropa a todos los chicos y hacer las comidas.
Con esta preocupación en su cabeza, Nardo se despidió y salieron del campamento.
1884
—Míster Frelinghousen, el presidente Rafael Zaldívar me ha avisado que viene a esta ciudad de Nueva York de paso para Europa. Le suplico a usted ordenar los honores del caso. —Le comunicó don Antonio Batres Jauregui, a quien le dieron la representación de las tres naciones centroamericanas ante el gobierno de los Estados Unidos y de asuntos externos de la Casa Blanca.
—¿Y que sugiere mi estimado Antonio? —Le preguntó curioso.
—Lo que se acostumbra es que el Gobernador de Nueva York en unión de otros funcionarios vaya al muelle a recibirlo con cien cañonazos saludando al pabellón salvadoreño que vendrá tremolado en el buque. —Contestó el plenipotenciario centroamericano.
El ministro de Relaciones Exteriores, Mr. Frelinghousen le sonrió.
—Ustedes los centroamericanos les gusta mucho la pompa, cuando vino a este país la delegación de Venezuela a develar la estatua de Simón Bolívar que está en el Parque Central, no le hicimos demostraciones de esa naturaleza. —Contestó el ministro americano.
—En esos países no es costumbre, pero sí en Centroamérica, y le recuerdo que cuando llegan a Centroamérica personajes americanos, aunque no son de la categoría de un presidente, se le rinden honores de artillería. —Le contestó suspicaz don Antonio.
—Voy a entenderme con el Secretario de la Guerra, a fin de que haya salvas de artillería y saludos militares; a pesar de que, entre nosotros, ya usted habrá visto que ni siquiera guardia hay en la Casa Blanca. Cuando el presidente de los Estados Unidos llega a otra ciudad, va sólo a comprar el billete del ferrocarril, cargando personalmente su valija de viaje, como todos los pasajeros, y haciendo cola para llegar a la ventanilla de expendio de los tiquetes; nadie le cede el puesto, ni anda con cortesías oficiales. —Le contestó el ministro.
—Suplico a usted hacer excitativa al excelentísimo presidente de El Salvador, que el gobierno le desea la mejor permanencia entre nosotros, y que tendría a honra recibirlo en Washington, y rendirle los homenajes que se merece. —Le suplicó don Antonio, haciendo caso omiso del comentario, porque sabía que no tenía nada de cierto. Desde el asesinato del presidente Abraham Lincoln, los presidentes viajaban con escolta y tenía secretario privado y ordenanza que le hacían los mandados.
A las diez de la mañana del 15 de abril de 1884, llegaron el doctor Zaldívar y su comitiva, a la bahía de Nueva York. Le acompañaban los doctores Darío González y Juan Padilla, el general Luciano Hernández y otros más. Fue recibido con toda solemnidad, como jefe de estado por las autoridades y varios centroamericanos amigos suyos. Concluidos los honores y cumplimientos, tomó el doctor Zaldívar el carruaje del cónsul de El Salvador, el señor Jacobo Baiz, quien lo llevó directo donde su amante. Los demás se fueron en el carruaje de don Antonio.
Al día siguiente, fue atendido en el famoso restaurante Delmonico’s en Manhattan donde asistieron unas cien personas que le dieron la bienvenida con brindis y coplas. El doctor Zaldívar, que hablaba bien, y era caballero culto, contestó perfectamente al elocuente brindis, y entre aplausos, saludos efusivos se ofrecieron y prometieron respaldar su administración en un ambiente de exquisita comida francesa, elegante decoración y un café para acentuar los estómagos satisfechos.
Pocos días después, fue a Washington, en donde ya estaban preparadas las piezas del piso principal de la casa de don Antonio, para recibir al doctor Zaldívar y su comitiva. Por la noche, le dieron un espléndido banquete, al que concurrieron los diplomáticos hispanoamericanos, el Secretario de Estado que había ido a recibir al presidente, varias damas distinguidas, y los de la comitiva presidencial. El doctor Zaldívar, galante, generoso y de alta sociedad, agradeció con benévolas frases el brindis y las atenciones de la señora de Batres, saludando muy cordialmente al ministro de relaciones, a los señores diplomáticos, y rindiendo también cortés homenaje a las señoras que daban realce de hermosura a aquella fiesta.
Antes de partir, el doctor Zaldívar se excusó unos minutos disimulando ir al WC, pero se escabulló hacia los dormitorios de la servidumbre y pidió secretamente a la sirvienta que le proporcionara un vestido de la esposa de don Antonio, con el fin de que en París sirvieran las medidas para enviarle algunos más de obsequio por tan finas atenciones. La aya no tuvo inconveniente en acceder, y le dio uno de los que mejor podrían servir para tal objeto.
Al día siguiente el Presidente de los Estados Unidos Mr. Chester Arthur recibió, en unión de su Gabinete, al presidente de El Salvador, agasajándolo muy expresivamente, y demostrándole consideración y aprecio como se acostumbra en esos actos. Deseaba el presidente que demorase su permanencia en Washington, para poder dedicarle un banquete oficial y una recepción solemne en la Casa Blanca; pero tuvo que declinar tan honrosa oferta, por tener urgencia de llegar a Europa.
Regresó, pues, esa misma noche, a Nueva York, y al día siguiente recorrió las principales atracciones de la ciudad y New Jersey, y en esta última, la gran fábrica en donde se encontraba el célebre Thomas Alva Edison, en su cubículo cargado de materiales de investigación y experimentos. Los presentaron, como era la cortesía y abrió el diálogo el iluminado Edison.
—Me encantaría ofrecerle alguna pequeña demostración de alto aprecio. — Le dijo el inventor.
—Rogaría a usted me diera su retrato y una de las obras que haya escrito, como recuerdo de este momento de mi vida, acaso el más interesante, ya que me honro en estrechar la mano de un genio mundial, y notabilidad de nuestro siglo. —Le dijo el Dr. Zaldívar con su característica galantería melódica de aquel entonces.
—No crea usted, —contestó con modestia, el gran hombre— yo no he escrito nada, porque en realidad sé muy poco teóricamente de electricidad. Me reprobarían tal vez si me examinaran en una universidad. —Dijo riéndose— Mis inventos, que es todo, son obra de mi constancia y cierta disposición que Dios me dio para la práctica. Con gusto voy a darle mi retrato, rogando a usted me favorezca con el suyo.
Al día siguiente, el presidente de El Salvador, le envió su foto con leyenda conmemorativa, muy expresiva para el célebre inventor americano. Después de tan memorable experiencia, el dotado presidente salvadoreño, partió en uno de los suntuosos vapores franceses, con las personas de su séquito, dejando en Nueva York a la señora Lima, su amante, a quien, por el primer conducto posible, le envió una gran caja con ocho trajes completos, acompañados de sus adherentes de ropa interior, guantes, sombrillas, abanicos, etc., todo a la última moda parisiense; y a la esposa de don Antonio seis vestidos muy elegantes y el que había servido de modelo, con las excusas por habérselo llevado.
En París, se dedica a buscar alojamiento permanente, porque ya presentía que le darían, tarde o temprano, un golpe de estado. Pero nunca se imaginó que una guerra sería el detonante de la caída de su gobierno.
Y en la barbería…
—Pues así si vale la pena viajar. Con licencia por el tiempo que quiera y con 50mil pesos en el bolsillo. —Dijo el joven que comenzaba a hacerse cliente de la barbería.
—Bueno, es el precio de ser presidente. Y no lo había aprovechado por tanta inauguración y fiestas. —Dijo un diputado que entraba y oía el comentario del joven.
—Hay cosas más importantes en qué pensar, como la justicia. ¿Y quién está en la presidencia? —Preguntó con suspicacia viendo al diputado.
—Don Ángel Guirola es el Primer Designado. —Contestó, pero no se dio por aludido y preguntó, cambiando el tema—: ¿Y ya se subieron al tren que sale de Sonsonate hacia Santa Ana?
—Ay, sí, es verdad que ya lo inauguraron pero solo hasta Los Lagartos, cerca de la Hacienda del general Manuel Estévez. —Comentó el joven.
—Bueno, es un bonito paseo hasta ahí, yo nunca había sentido la velocidad. Corren bien rápido. Sí, es verdad que falta un tramo más hasta llegar a Santa Ana, pero ya se puede disfrutar por un peso con cincuenta, en los carros de primera clase; los de segunda valen un peso y los de tercera clase valen cincuenta centavos. —Comentó entusiasmado, porque varios de los diputados habían viajado para la inauguración.
—Y en el diario de París dice que el Dr. Zaldívar es uno de los hombres más ilustrados y distinguidos de la américa central. Y que después de ocho años en el poder, ha sido relecto Presidente, por unanimidad, para un período de cuatro años, por los ciudadanos agradecidos por su buena y liberal administración. —Dijo el joven cuando se retiró el diputado.
—Eso no se lo cree ni su abuelita. —Dijo don Teo.
—Yo no vi boleta de votación, y estoy en el padrón electoral. —Dijo con frustración—. Y en otro periódico dice todo lo bueno que ha hecho, como la instrucción pública, el progreso de la agricultura, el cable submarino, líneas férreas y de caminos. Y termina diciendo que ha sido uno de los pocos presidentes civiles que ha tenido américa latina. No sé si quiso decir civilizados, o civil por distinguirlo de los militares. —Observó.
—Bueno, eso es verdad, que ha llevado a cabo los proyectos que dejó el Mariscal como las líneas de ferrocarril. Y los otros trabajos son de rigor de los presidentes, como las comunicaciones y calles. —Comentó don Teo.
—Sí, pero la corrupción y que no respeta la constitución de que no debe reelegirse es el problema. —Comentó el joven.
—No me lo van a creer, pero están trabajando en una ley sobre las casas de prostitución. —Llegó diciendo uno de los diputados suplentes que había sido tomado por sorpresa con esta ley.
—Pero ¿cómo es eso? —Protestó don Teo.
—Dice la ley que son mujeres públicas las mayores de catorce años que notoriamente hacen ganancia con su cuerpo, entregándose a cualquier hombre, haciendo del vicio de la lascivia una profesión con que ganan lo necesario para su subsistencia. —Dijo el diputado suplente, leyendo una copia de la ley que había sacado de la Asamblea.
—Pero eso es horrible decirlo. —Protestó don Teo. —Deberían buscarles otro empleo a esas pobres niñas. ¡Dios mío! —Exclamó. —¡Catorce años y ya prostitutas! —Dijo tomándose la cabeza.
—También lo son las que se presenten voluntariamente a ser inscritas como tales, y que no desistan de su propósito, a pesar de las observaciones que el director de la Policía debe hacerles. También están legislando las casas de tolerancia, para que las prostitutas que trabajan ahí tengan una constancia médica y sean aseadas. —Comentó riéndose con picardía.
—Parece ser un buen negocio. —Dijo otro de los clientes riéndose.
El joven no comentaba.
—Es un bien necesario, ustedes saben. —Dijo otro riéndose con picardía también, viéndose en el espejo y poniéndose colocho el bigote con la pomada húngara.
—Eso es degradante para la mujer y denigrante para su reputación. —Dijo don Teo con desagrado—. Ellas pueden tener otro oficio, son inteligentes.
—Bueno, algunas son taradas por herencia alcohólica de parte de papá, o a veces de mamá, y no saben hacer nada mejor que complacer al hombre por dinero. —Dijo otro cliente riéndose.
—Mejor hablemos del problema con Guatemala. —Dijo don Mateo al ver que don Teo se estremecía con la noticia.
—¿Y cuál es el problema? —Preguntó don Teo que agradeció que se cambiara el tema. Sentía que una cosa tan abominable como la prostitución debía ser un tema personal y no público, ya que, legislándolo, iba a abrirse un libertinaje que iba en contra de la moral y principios y no digamos en contravención de la prédica católica.
—Bueno que Rufino Barrios quiere unir las repúblicas de Centroamérica, y viene haciendo campaña sobre eso desde hace meses en los cinco países, publicando en los diarios de cada país, artículos sobre la gran idea unionista de Morazán. —Dijo el cliente.
Si bien era cierto, y no era un secreto, que entre las miras del presidente de Guatemala era volver a alinear a los presidentes para hacer la unión centroamericana tan soñada, esas ideas no eran tomadas en serio por los presidentes de las cuatro repúblicas. Estos esquivaban sus insistentes comentarios al respecto, dando muchas excusas para no participar de aquel proyecto. El esclarecido general, no contento con las respuestas, les recuerda que él fue el que apoyó sus candidaturas, y en el caso del Dr. Zaldívar, le recuerda con énfasis que fue él quien lo puso en el Poder Ejecutivo.
—A estas alturas, cuando las cinco repúblicas son independientes, ¿está loco o qué? —Preguntó don Teo.
—Ese es el rumor. Pero no se preocupe todavía, mejor vaya a ver la de obras de arte que se están exhibiendo en la Academia de Bellas Artes en el edificio de la Universidad. —Le dijo el diputado para que no se alarmara.
—No me preocupo. —Y cambió el tema— Me da gusto leer sobre los que están pasando los exámenes de la universidad, porque cuando se reconstruyó me recuerdo que no había más que tres o cuatro alumnos, y ahora los hijos de gente importante se ven en estas listas como el hijo del expresidente que lleva su nombre Santiago González, el poeta Alberto Masferrer, Manuel Enrique Araujo, este es hijo del diplomático general Máximo Araujo, Juan José Cañas, hijo, y todos los hijos de los diputados de renombre. Eso me alegra mucho. En esa lista hubiera estado el hijo de don Alejandro. —Dijo don Teo con cierta tristeza, porque no lo había visto en mucho tiempo.
—Sí, esa fue una terrible tragedia. Qué en paz descanse el muchachito. Sabe que los niños que mueren no mueren en realidad, sino que se convierten en ángeles. —Comentó don Mateo, quien se había quedado oyendo la plática.
—Lo dice por experiencia. —Le preguntó don Teo, un tanto dudoso de tocar una tecla sensible en el amigo veterano.
—Sí. —Dijo lacónico. Don Teo entendió el mensaje y ya no siguió con la plática.
Don Mateo había perdido dos hijos en diferentes años, uno a la edad de seis y el otro de siete años. Y en algunas ocasiones los había visto como seres de luz en su cuarto sonriéndole en sus momentos de terrible tristeza. Tanto los había amado que pensaba que se había vuelto loco y en su alucinación los había visto. Abatido por estas experiencias y que no las podía revelar a nadie, había ido a platicar con el párroco de catedral. Este le entregó un libro católico acerca de los ángeles, y se había dado cuenta que eran reales, pero era difícil de explicar y menos de creer. Sin embargo, se sintió reconfortado al saber que sus pequeños eran unos angelitos al servicio del Dios Padre Todopoderoso.
Se había publicado en el Diario Oficial la visita que hizo el presidente Zaldívar a España y que fue recibido como corresponde por el Rey Alfonso XII en una de sus cortes.
A las siete de la mañana del 22 de septiembre, fondeaba el vapor "San Juan" en Acajutla, trayendo a bordo, a los señores presidentes Dr. Rafael Zaldívar y don Luis Bográn, de Honduras, los individuos que le acompañaban, y don Tomás Ayón representante de Nicaragua, de regreso todos de la República de Guatemala, donde habían sido invitados por el general Justo Rufino Barrios para la inauguración oficial del ferrocarril del sur.
Después de las fiestas de rigor por la bienvenida del presidente, los trabajos sobre leyes y reglamentos eran puntos de discusiones en todas las tertulias y eventos.
En Guatemala vivían los opositores que el gobierno del Dr. Zaldívar había exiliado, después que se levantaran en armas cuando quedó por tercera vez en la presidencia de la república. Estaban en una reunión en la casa del Dr. Manuel Estévez para hablar sobre el derrocamiento de Zaldívar.
—Hoy deberíamos aprovechar para darle golpe de estado a Zaldívar. —Decía el coronel Estévez al general Francisco Menéndez.
—Sabemos que todo se ha profanado en su administración, se ha falseado hasta el capricho. Las más hermosas teorías de libertad y progreso se han manchado de libertinaje y corrupción. Los ideales más levantados con que comenzó su período se han tornado peligrosas realidades en manos de sus sanguijuelas; observándose que ellos son pródigos en prometer, y económicos, absolutamente económicos en cumplir; prometen cuando están abajo y olvidan lo prometido tan pronto como están arriba. —Comentaba el sabio general Menéndez indignado.
—Es que la política, en la actualidad, no significa la ciencia de gobernar para hacer la felicidad de los pueblos. Política, quiere decir, farsa, pitanza, latrocinio, crímenes, falta de honradez; y con tan errado concepto, no debe extrañarse que ante ella, el filósofo escolle, el estadista vacile, el justo sucumba, y el patriota desfallezca. —Decía acalorado el Dr. Gallardo, otro de los exiliados salvadoreños que se había salvado de morir en el patíbulo.
—Es que ese pueblo ha perdido sus antiguas energías; el despotismo con sus crueldades y concupiscencias ha gastado las virtudes que hicieron de los salvadoreños los héroes del honor, los heraldos de la libertad centroamericana. —Dijo inspirado el Dr. Loucel, otro de los expatriados.
Ciertamente, habían denunciado abiertamente la corrupción en las diferentes carteras del estado por medio de la prensa, pero el gobierno los había callado enviándolos al exilio en Guatemala.
—Debemos esperar. El general Justo Rufino Barrios me ha prometido ayudarme a derrocarlo, porque ya lo tiene enfermo de que no se decide a darle su aprobación para hacer la unión centroamericana. Se lo ha prometido muchas veces, según me ha manifestado, pero no lo hace realidad. —Dijo el general Menéndez.
—Pero yo tampoco estoy de acuerdo en la unión, es un ideal difícil de cumplir por los celos territoriales que existen. —Comentó el Dr. Gallardo.
—Eso es verdad, pero se puede hacer la unión teniendo un consenso con todas las repúblicas, pero mientras las tendencias políticas estén cambiando de liberales a conservadoras o viceversa, es imposible que exista unión, por lo que creo que eso no se llevará a cabo a corto plazo. Deberá existir una madurez política antes de dar ese paso. —Decía el general Menéndez.
—El Dr. Zaldívar es un hombre muy inteligente, diplomático, un hombre sagaz, pero ha matado la moral del pueblo con un gobierno tan corrupto desde sus raíces hasta el último de sus empleados. Debemos pararlo o seguirá en un poder vitalicio como lo han sido los presidentes de Guatemala. Eso no lo podemos permitir. —Dijo categórico el Dr. Estévez.
—Estoy de acuerdo, se ha perdido el sentido de la honradez y la decencia. Mienten y roban descaradamente y lo disfrazan con que está permitido por la ley. —Concluyó Menéndez.
—Sin embargo, si el general Barrios nos ayuda, estaremos en deuda con él y nos puede condicionar a que lo apoyemos en su gran idea de unión centroamericana. —Dijo preocupado el Dr. Gallardo.
—Hablaré y razonaré con él de que se puede hacer sin derramamiento de sangre, de eso despreocúpense porque la idea es buena, pero no por la fuerza. —Dijo el general Menéndez a quien el general J.R. Barrios lo tenía ocupado en uno de sus batallones.
Y en la barbería…
—¿Ya vieron que le erigieron una estatua al benemérito general Trinidad Cabañas en Honduras? —Preguntó un cliente iba entrando con el diario oficial en sus manos.
Se encontraba en la barbería don Mateo, quien había conocido al general Cabañas en una de tantas batallas comandadas por Morazán cuando apenas tenía diecisiete años. Tenía el cabello blanco, cara ovalada y con prominentes ojeras, usaba gafas que se las acentuaban aún más, y a pesar de que ya contaba con sesenta y cinco años, todavía era un erguido guerrero de las pasadas contiendas de las que había sobrevivido y podía dar testimonio de todos esos acontecimientos con el orgullo del militar y el corazón del valiente.
—Me alegro de que por fin le rindan homenaje a tan valiente y auténtico guerrero. A pesar de haber sido militar nunca su nombre se ha mancillado por crímenes. Limpio y diáfano como el cristal jamás empañado, él tiene la gloria de las glorias, el haber vivido en el campo de la lucha sin nunca verse envuelto en los obscuros pliegues de la infamia, de la crueldad y tampoco de la ingratitud. —Observó con animación el veterano.
—¡Qué hermosas palabras para ese gran hombre! —Le observó don Teo.
—Yo les voy a contar una anécdota que viví con él cuando comandaba nuestro batallón. —Continuó hablando con voz pausada y ronca— Este combate tuvo efecto en el punto llamado La Arada, Departamento de Chiquimula, de la República de Guatemala. Al saberse la noticia de aquel desastre, porque ya ustedes saben que fue la última batalla y derrota que acabó con la unión centroamericana. Los habitantes de esta capital llenos de pavor huyeron en todas direcciones, porque se decía que el enemigo venía tras el ejército derrotado. En efecto, el general Carrera con su ejército llegó a Santa Ana, sin pasar de allí porque el paso estaba interceptado por e1 general Cabañas que se hallaba situado en la Villa de Coatepeque. Pues una noche de tantas, los abnegados patriotas que se hallaban entre nosotros, no dependiendo de ninguna fuerza organizada, dispusieron ir a molestar a las avanzadas del enemigo. El general Cabañas junto con otros cuatro aguerridos llegaron hasta el centinela de la avanzada enemiga que se hallaba situada en el punto llamado Las Quesadillas. Era de noche, cuando oyendo el centinela que alguien se aproximaba preguntó “¿Quién va?”, y aquellos contestaron: “el demonio”. Al oír la voz de ultratumba toda la avanzada enemiga se puso en fuga, dejando muerto al centinela.
Don Teo y los clientes se pusieron a reír.
—Literalmente murió del susto. —Les aseguró don Mateo. —Ustedes saben que a los guatemaltecos les dicen cachurecos porque se fingen de muy devotos religiosos y se espantan de cualquier cosa. —Todos asintieron— Esta calaverada, dio por resultado que esa misma noche los cachurecos evacuaran la plaza de Santa Ana hasta el muy bizarro y victorioso de La Arada. Se había cumplido el pronóstico de don Enrique Hoyos, quien al ver desfilar aquel gran ejército salvadoreño, en la esquina de Bustamante, exclamó: “He allí señores un gigante con cabeza de sanate”. Hoy hace, pues, 33 años que tuvo lugar aquel acontecimiento.
—Sanate por pícaros. —Dijo don Teo riéndose.
—La verdad es que muy poco se sabe de este gran hombre. Me recuerdo que el furor de Malespín, digno émulo de Carrera, para la persecución y exterminio de los liberales, provocó la emigración de muchos caballeros liberales como el general Gerardo Barrios y Trinidad Cabañas que pudieron salvar las fronteras del Salvador. En Honduras y Guatemala se hacía lo mismo y sólo quedaba el asilo de Nicaragua, a donde concurrían los perseguidos. Cabañas y Barrios perseguidos a muerte llegaron a León; Malespín los reclamó y no logrando su extradición, hizo la guerra a Nicaragua, la guerra más salvaje que se conoce, la cual concluyó por el asalto de la plaza de León. —Hizo una pausa para lamentarse y continuó—: Barrios y Cabañas lograron salvarse de la matanza y a marchas forzadas llegaron al puerto de la Unión. Como vicepresidente en el Poder Ejecutivo, por ausencia de Malespín, se encontraba el general don Joaquín Eufrasio Guzmán, quien después sería el suegro del general Barrios, pues mi general Barrios concibió el ingenioso proyecto de hacer valer que Malespín había sido derrotado en Nicaragua, para levantar el espíritu abatido del general Guzmán, el cual estaba rodeado y vigilado por los mismos hermanos de Malespín que tenían en absoluto el mando de las armas. Pues el general Guzmán se pronunció contra Malespín, y el país entero se levantó contra los hermanos Malespín acuerpando al general Guzmán. Barrios sabía lo que vale el pueblo cuando alza el brazo contra los déspotas. Cabañas comprendía que aquella mentira era la salvación de la patria, pero se negó a propagarla, prefiriendo sucumbir antes que proferir una falsedad. Barrios condicionó a Cabañas a guardar silencio e hizo valer la supuesta derrota que dio lugar al pronunciamiento del 2 de Febrero del año 1845 que fue la caída de Malespín. Indigno habría sido de Cabañas aceptar una mentira que jamás se oyó de sus labios ni en las circunstancias más extremas de su azarosa vida. —Dijo don Mateo tomando un largo suspiro—: No, la política no era, para este grande hombre, el arte de engañar, como lo es en nuestros días.
—Aunque mi General Barrios levantó un falso, fue para salvar al país que tanto amaba de la tiranía de Malespín y dio resultado. —Intervino don Teo justificando el proceder del General.
—Sí, en aquel tiempo de desesperación, esa mentira ayudó a salvar la patria de las garras de Malespín. Solo quiero dejar en claro hasta qué punto mi general Cabañas se rehusaba a mentir. —Dijo el veterano.
—Sí, queda claro que el general Cabañas no le era dado el arte de mentir, aun si esta mentira iba a ayudar a salvar un pueblo. ¡Eso es impresionante! —Exclamó el cliente que estaba oyendo la historia.
—El presidente de Guatemala Rafael Carrera siempre tenía palabras ásperas que prodigaba a los liberales, pero habló siempre con mucho respeto del general Cabañas, admirando la grandeza de aquel genio, en que brillaban todas las cualidades del soldado, las virtudes del ciudadano, la abnegación del patriota, el desinterés por la ambición y la lealtad a los principios. —Describió con orgullo al patriota— Cuando fue presidente de Honduras, en un principio se negaba a tan alto puesto, pero las comisiones lo llegaron a buscar en San Miguel para llevarlo ante las cámaras quienes no aceptaron su renuncia. Y como hombre de honor que sabe cumplir con las leyes, dirigió el país el período que le correspondía y entregó el mando al siguiente presidente. —Dijo el veterano con orgullo y comenzó a toser. Don Teo se apresuró a darle agua.
—¡Vaya qué historias! —Exclamó el cliente.
—Sí, y doña Petronila Barrios, la esposa de don Trinidad y hermana de don Gerardo Barrios, no se quedaba atrás. Esta virtuosa dama era la bondad andando, desde que era una jovencita y no se había casado con don Trinidad, ella ayudaba a los que estábamos en campaña y ya nuestras fuerzas nos habían abandonado, ella nos daba alimento, refugio y consuelo con su dulce voz. —Comentó el veterano ya repuesto de su tos.
—Bien dicen que detrás de un gran hombre hay una gran mujer. —Dijo don Teo.
—Hay otro episodio que me viene a la mente, cuando el general Gerardo Barrios decidió regresar al país para recuperar el poder que el Lic. Dueñas le había usurpado, yo no vacilé ni un segundo en combatir a su lado. Don Trinidad nos había llamado a todos los que habíamos combatido con él y nadie se negó. Al llamado del deber todos sin excepción estábamos al frente, pues confiábamos ciegamente en este caballero. Pues en un día como este, las fuerzas del Gobierno acaudilladas por el mariscal Santiago González habían llegado a San Miguel; y mi general Cabañas no tomó ninguna clase de precauciones, porque habiendo una distancia de doce leguas, más o menos, entre aquella ciudad y La Unión donde estábamos esperando al general Barrios, no se podía en un solo día recorrer esa distancia con tropas cansadas. Sin embargo, el mariscal González realizó una marcha forzada y rápida, a fin de no dar lugar a que el general Cabañas se atrincherara en La Unión y sorprender a aquel caudillo. Lo cual ocurrió, se oyó en este lugar el tiroteo de las avanzadas. Como no se esperaba en La Unión al enemigo, sino pasados los días, al oírse los primeros tiros hubo una gran confusión entre los compañeros de la revolución; y de este desorden se aprovechó el mariscal González, para emprender por diferentes puntos un sostenido ataque que nos desconcertó, y emprendimos la fuga por todo camino posible. Mi general Cabañas, viendo que las tropas del gobierno perseguían a sus soldados, se lanzó sobre el general Florencio Xatruch, que era el segundo del mariscal González en esa campaña, y le disparó sobre su cabeza sin dañarlo, pues en la mente de este caudillo estaba la de hacer una distracción sobre Xatruch para que se salvara su tropa, y así fue como yo me salvé de una muerte segura, pues las tropas del Mariscal ya nos tenían en emboscada. Lo vimos correr hacia el mar mientras nos poníamos a salvo y una escolta lo perseguía, pero Xatruch detuvo la persecución dejando que también se salvara aquel encanecido héroe quien en muchas ocasiones había impuesto respeto hasta a sus mismos enemigos. —Contó don Mateo suspirando.
—De no haber sido informado el Mariscal que se preparaba una ofensiva, creo que mi general Barrios hubiera ganado con las tropas de la revolución, porque se le hubieran sumado en el camino muchísimos simpatizantes. —Dijo el cliente que simpatizaba con el general Gerardo Barrios. Don Teo asintió orgulloso.
—¿Y cómo se salvó don Trinidad? —Le preguntó don Teo.
—Fue recogido en una lancha y llevado a bordo de una fragata norteamericana surta en aquel puerto. La fragata llevó al general Cabañas a Puntarenas, en donde desembarcó. Me contaron después que se hallaban en aquel lugar el Dr. Manuel Cáceres y su señora doña Angela Buitrago de Cáceres, quienes prodigaron al general herido toda clase de cuidados. El Dr. Manuel Cáceres, por cierto, guardaba por el general Barrios un gran respeto y admiración.
—Ciertamente que eran de la raza de los grandes varones, aguerridos, valientes y patriotas. —Comentó don Teo.
—Y saben ustedes que la palabra catracho que les decimos a los hondureños es porque los indios de Nicaragua no sabían pronunciar el nombre de Xatruch cuando este general estuvo en la contienda contra los filibusteros, y deformaron el nombre a catracho. —Dijo riéndose el cliente.
Se encontraba Charles en el bar de don Luis van Dyck Santa Tecla hablando sobre negocios. Charles quería mudarse a Santa Tecla y le habían contado que el dueño de algunos terrenos frecuentaba el bar. Estaban también en el bar, don Otto von Niebecker con quien Charles había hecho una buena amistad y que por pertenecer a la Junta de Caridad del hospital se enteraba de todo lo que se andaba cocinando en la administración de Zaldívar.
—He sabido que los exiliados se están organizando. —Le dijo don Otto en voz baja.
—Me imagino, porque a mucha gente la veo descontenta con el nuevo período que se recetó el presidente. —Comentó Charles.
—Modificó la constitución a su conveniencia. La asamblea está abierta como una almoneda de conciencias y hasta se ha creado una ley para que las demandas que les afecten no sean con cárcel como se venía practicando y que gocen de fuero mientras estén en el ejercicio de sus funciones, y va aplicable desde el presidente hasta los sacerdotes. —Le explicó don Otto.
—Muy conveniente, porque sabe la clase de sanguijuelas que manejan las carteras. —Comentó Charles.
—Si bien es cierto que el país va en un progreso seguro, hay cosas que no me cuadran, como la justicia, el uso del dinero de los contribuyentes y el orden. Creo que un presidente debe no solo hacer cumplir la ley, sino cumplirla él mismo. Pienso que el período presidencial debe quedarse en cuatro años sin reelección inmediata, o sea, dejar pasar un período. Es mucho trabajo llevar la administración de un país y eso se presta a lo que acaba de ocurrir, que le dan licencia para ausentarse y además le sueltan 50mil pesos para que disfrute y en el presupuesto le agregan una partida de 12mil para que la gaste a su conveniencia sin dar detalles. —Se quejaba don Otto.
—Si está cansado, mejor que se retire y le deje el asiento a otro con más energía para gobernar. —Comentó Charles.
—Exacto, porque eso crea descontentos —hizo una pausa para señalarle al dueño de los terrenos— ese es Molina Guirola, dicen que todos los terrenos que antes eran ejidos los adquirió cuando se repartieron Santa Tecla durante la administración de San Martín, luego durante la administración de Rafael Campo y se terminaron de repartir durante la de Dueñas.
—Los adquirió baratos entonces.
—Sí, creo que la manzana la dieron a cinco reales que no hacen ni un peso hoy en día.
—¡Guau! —exclamó acompañado de un silbido— ¿y en cuánto cree que los venda hoy? —Preguntó Charles.
—Conociéndolo como es de comerciante, creo que le sangrará el cuerpo. —Dijo con sonrisa maliciosa.
—Bueno, ya veremos. Y hablando de leyes, ya vio que las legaciones en Guatemala han levantado una pública protesta por las leyes de extranjería que no favorecen mucho al extranjero residente, y la petición se ha extendido a esta república. —Le preguntó Charles.
—Sí, la verdad es que no nos ampara mucho los artículos concernientes a los extranjeros, pero creo que solo es cuestión de interpretación, porque cuando se me quemó la botica en el centro, obtuve una indemnización de parte del gobierno para volver a construir y lo mismo para los otros comercios —Le dijo don Otto.
—Sí, pero ese incendio fue por accidente, a lo que se refiere es que si una facción le hiciera daño a su propiedad, el gobierno se libra de toda responsabilidad. —Argumentó Charles.
—Mm, en eso no había pensado, bueno en ese caso es bueno que se proteste, aunque no creo que vayan a cambiar la constitución solo por esa protesta. —Dijo don Otto como diciendo es una pérdida de tiempo.
—Yo tengo todo inscrito a nombre de mi esposa e hijos. Si algo pasara a las propiedades ellos tendrían que hacer el reclamo, no yo. —Dijo Charles.
—Esa es buena medida. —Le observó don Otto.
Al final de la noche, Charles tenía consolidado el trato con el señor Molina Guirola a quien le había comprado una manzana por el valor de 8mil pesos.
La exposición nacional de industria y bellas artes que se llevó a cabo en la Universidad Nacional tenía al pueblo entretenido. La variedad de objetos y productos nacionales y extranjeros así como las bellas obras de arte y manualidades de las señoritas de la Academia de Bellas Artes que participaban en la exhibición robaron los comentarios de la sociedad.
—Que de talento se ve hoy en día, y me alegra que le den oportunidad a las mujeres de exhibir las bellas cosas que hacen. —Comentó doña Rafaela cuando se encontró con sus amigas en la exhibición nacional.
—Aquí entre nos, mi hija hace mejores bordados que la que exhibía —Dijo doña Ingrid con malicia.
—¿Y por qué no participó? —Le preguntó con suspicacia.
—Está esperando otra vez. —Dijo con suspiro.
—Pero las máquinas y sobre todo la que hace sorbete me encantó. Qué rico se siente en la boca —Comentó Catalina refiriéndose a la máquina para hacer sorbete. Habían traído al país 10 máquinas para hacer nieve, las cuales consistían en utilizar sal nitro y cloruro de calcio que produce en el agua una baja en su temperatura manteniendo así el sorbete por mucho tiempo.
—Sí, es delicioso. Me cuenta mi marido que van a hacer cuartos de hielo. Yo seré una que iré a hacer fila para que me den hielo, con estos terribles calores, me caerá de perlas y mejor a mis rubores. —Exclamó doña Ingrid abanicándose con desesperación.
—Los jabones de cacahuananche huelen muy bien, compré para las muchachas del servicio dicen que ayudan a mejorar el cabello. —Dijo doña Rafaela—. Aparte de que ayuda a que no tengan piojos. —Agregó en voz baja.
—Bueno, ¿y Bartola que se ha hecho? ya no la hemos visto acompañándola a ningún evento. —Le observó Catalina.
—Ay esa hija, está asustada por el volcán que hizo erupción y sepultó en el océano a toda una isla con sus habitantes. —Dijo doña Rafaela al acordarse de como se puso de histérica cuando leyó la noticia y se posesionó de la idea de que venía el fin del mundo y no la hacía salir de ese pensamiento.
—Ay sí, yo leí la noticia. Creo que fue un terremoto que causó la erupción del Krakatoa y sucedieron muchos fenómenos raros como la subida de los oleajes, y que según la noticia, eran olas de 30 a 40 metros que se llevaron de encuentro a la población y encallaron barcos tierra adentro. —Comentó Catalina.
—Sí, yo también la leí. Según los sesudos, dicen que hubo un número considerable de manchas en el sol, crepúsculos y coloraciones irregulares en el cielo. Dicen que no ha habido algo igual en la historia, que fue un fenómeno único. Pobrecita gente, fueron alrededor de 45mil almas las que se perdieron en la isla de Java. —Comentó doña Ingrid.
—Sí, yo leí que el polvo volcánico se esparció por la atmosfera creando puestas de sol únicas, pero que también causó que se registraron inviernos extremadamente templados en Europa, y veranos demasiado calientes en Suramérica. Dice la noticia que el oleaje llegó hasta Panamá. —Comentó Rocío.
—Exactamente por eso es que está asustadísima, que cree que el mundo se va a acabar. —Dijo doña Rafaela encogiendo los hombros.
—Pero esa noticia es del año pasado, y estamos vivitas y coleando todavía. —Le dijo Rocío con una gran sonrisa.
—Ay eso no sabía, porque acaba de leer en el Diario Oficial esa noticia de ultramar. Hoy le digo para que se le quite el miedo. —Dijo doña Rafaela agradecida con Rocío porque ya tenía un argumento para calmarla.
Había en la exposición artesanías de Guatemala muy coloridas y atractivas que las señoras se quedaron un rato admirando, tocando y preguntando sobre los materiales y precios.
—¿Y ese general Justo Rufino Barrios es pariente del finado Gerardo Barrios? —Preguntó doña Ingrid acordándose de los artículos que se publicaban sobre el mandatario chapín.
—Nada que ver. —Se apresuró a decir doña Rafaela con cierta indignación que a Gerardo Barrios lo relacionaran con el de Guatemala—. El abuelo de Gerardo Barrios era francés, don Pedro Joaquín Barrios, hermano de Claudio Barrios uno de los jefes de la primera revolución francesa. Me contaron que el abuelo le hablaba siempre en francés y por eso lo aprendió muy bien. Se recuerdan que fue plenipotenciario en España y estando ahí se fue a Francia a presentarse con su amigo don Luis Napoleón Bonaparte que fue el primer presidente de Francia. Porque este señor pasó por El Salvador allá por el año de 1852 cuando Gerardo Barrios era gobernador de San Miguel y le prodigó excelentes atenciones. Y le dijo que cuando él pesara en los destinos de Francia que fuera a verlo. Y no me lo estoy inventando, esto fue contado por Juan José Cañas quien era en ese entonces el secretario del general Barrios. Y dicho y hecho, cuando fue a Francia don Luis lo trató con grandes honores como a un príncipe. No, este de Guatemala es un tirano y criminal hijo de un agricultor de Quezaltenango. No mamita, no se confunda. Nuestro Gerardo Barrios tenía clase. Ese de Guatemala, dicen que tiene mucha ambición y el de nosotros tenía visión hacia el futuro y ciertamente que todo mejoró cuando él gobernó.
—Bueno, pero no se ponga al brinco doña Rafaela, solo era curiosidad por la coincidencia del apellido. —Dijo sonrosada doña Ingrid.
—Usted es de las que creyó en todo lo que Dueñas publicaba acerca de él, donde lo nombraba tirano, que había robado en su huida y ¡uf!, no sé cuántas mentiras más, porque para inventar, Dueñas tenía al fanfarrón adecuado, y hasta a doña Adelaida la involucraron en un delito de contrabando. Lo increíble es que nadie firmaba esos artículos. Puras mentiras de mentes enfermas y fanáticas por Dueñas. —Le recalcó.
—Doña Rafaela, yo sé que lo calumniaron hasta más no poder por el gobierno de Dueñas. Le confieso que las publicaciones me tomaron por sorpresa, pero yo estuve en muchos de sus actos y por mil referencias sé que fue un hombre muy avanzado, ordenado y culto. —Se defendió doña Ingrid porque sentía que doña Rafaela iba a dar por terminada su amistad solo por esa pregunta.
—Bueno, no se hable más y ese Rufino no está relacionado con el general Gerardo Barrios, se lo repito para que quede claro. —Aclaró dejando de abanicarse y caminando hacia el puesto de conservas, las que eran su debilidad.
—Es verdad, y hasta dicen que se casó con una joven de apenas 14 años. —Agregó Rocío.
—Bueno, es que como dicen, para gato viejo ratón tierno. —Comentó doña Ingrid.
—Esa edad es muy tierna para casarse. —Dijo Rocío muy seria.
—Es la costumbre. —Enfatizó doña Ingrid.
—El hombre le duplicaba la edad. —Le dijo Rocío indignada.
—Bueno, ¿nos interesa su vida? No, ¿verdad? —Dijo doña Rafaela poniendo punto final a la discusión.
Rocío se quedó callada pensando en lo difícil que la tienen las mujeres en aceptar hombres que no son de su agrado para casarse. Aunque el tema de la esposa de Justo Rufino no era de su incumbencia, era el hecho de que fue obligada a aceptar a alguien a quien no quería, y le vendieron la idea de que era el presidente de Guatemala quien había pedido su mano. La entregaron a un tirano. Concluyó en su mente.
SOBRE EL CONTENIDO
El ideal de gobierno había movido una pléyade de analistas, literatos y estudiosos de los resultados de las administraciones republicanas contra las tiranías, y aunque eran bien pocos, se unieron a la prensa para hacer valer sus ideas; pero el abuso del poder ejecutivo era intocable en toda la región centroamericana. Estos héroes de la pluma soportaron con valentía los embates de la prensa del gobierno y con un lenguaje ilustrado criticaban con energía los desmanes del presidente.
No había forma de combatir ideas con ideas, ni de razonamientos, ni debates. Las cámaras, una vez más, se dejaron embrujar por obtener riquezas en el nombre de la prosperidad, obtener beneficios en el nombre de la democracia, obtener privilegios en nombre de la industrialización; y al menor síntoma de oposición a los desmanes del gobierno eran mandados a callar en forma delicada y sin levantar polvo, pero aun desde el exilio dedicaron sus vidas a la crítica constante a los desvaríos del poder ejecutivo, logrando con ello que el pueblo despertara de su embrujo por la adulación atolondrada que se le hacía al gobernante.
Se aseguraba un cambio después de la independencia, pero el país seguía siendo esclavo de los vicios políticos. Casi nunca salieron de la urna electoral el nombre del candidato presidencial. El pueblo como figura decisiva en sus destinos, era suprimido en su voluntad. Todos defendían la constitución y todos la violaban. En ese escenario político, surge un hombre que estaba determinado a cortar la corrupción desde sus raíces y hacer valer las instituciones y la constitución.
La fuerza volvió a ocupar el lugar de la palabra. La guerra cobró protagonismo nuevamente y el suelo centroamericano se cubrió con sangre, cuando al presidente de Guatemala se le antoja unir, por la fuerza, las repúblicas de Centro América, como el general Francisco Morazán lo intentó hacer hacía cincuenta años. Una causa fallida, cuya muralla de prejuicios e intereses había sellado cada frontera, pero que en la mente del inspirado general estaba latente y pretendía que esta vez sí tendría éxito, comenzando por El Salvador. Y el luto nuevamente ostentó su lugar en la moda.

