Capítulo 1
LOS PERDIDOS
Y ENCONTRADOS
El grupo de Nardo estaba preocupado por el hecho de separarse de sus amigos. Cada uno en silencio estaba preparando su mochila. Todos lo habían acordado, porque era lo correcto que se debía hacer, pero en el fondo querían que todo hubiese salido bien, que todos los chicos de la escuela estuviesen en la montaña, que ninguno se hubiera perdido en lo que tenían que hacer. Les preocupaba el grupo de Pentas, tan alejado ya de la misión para la cual todos estaban de acuerdo realizar desde que salieron de la escuela. Todos sabían los riesgos, todos sabían que no iba a ser fácil y todos firmaron para salvar a la humanidad de perecer ante las catástrofes.
Nardo estaba con la esperanza de encontrar a los chicos perdidos y luego pensar en cómo regresar a los grupos en la correcta dirección que llevaban. Le preocupaba, además, la importancia de tener a todos los grupos para el día determinado. Se preguntaba si el grupo que faltaba en realidad se perdió en medio de alguna catástrofe. Nardo no era tan negativo, pero ante la realidad de lo que había escuchado de los grupos, comenzaba a tener dudas.
Narciso, por otro lado, le preocupaba la fecha. Tenía también sus dudas y aunque hubieran hecho los cálculos nuevamente y la confirmaron todos los que sabían hacerlos, algo no le cuadraba. Se frustraba de que no sabía exactamente que era. Sentía que algo no estaba bien y no había forma de comunicarse con la escuela para confirmar la nueva fecha. Con esto en su mente se despidió sus amigos.
Los compañeros de Hibiscus trataban de que razonara y no fuera a buscar a Zinnia, le decían que era una misión descabellada y peligrosa.
—Hibiscus, yo no creo que Zinnia, Marigold, Crisantemo, Gladiolo y Pepeto se hayan salvado de la erupción del volcán. Yo vi cuando la lava cubrió la zona donde estaban y vi cuando Marigold y Cris se estaban quemando. —Le dijo Melissa, muy sentida porque Pepeto era su novio y Gladiolo era el novio de Dáfodil, su mejor amiga.
—Mira Melissa, si no los busco, nunca lo sabremos, y dile a Dáfodil que vendré con su novio, si todavía no lo ha olvidado. —Le contestó y la hizo a un lado para salir del campamento.
—Pero, es peligroso. —Le dijo Melisa tratando de detenerlo.
—Déjalo, —le dijo Fresno deteniéndola—, es su decisión.
Fresno era un chico que quería el liderazgo del grupo, y aunque ya no era apoyado por haberse perdido en las fiestas de Pentas, seguía tratando de convencer al grupo, y vio la oportunidad de estar a cargo mientras Hibiscus andaba afuera.
—Te veré pronto hermano. —Le dijo Nardo a Narciso— Y tú hermanita cuídate mucho.
—Con Dios de nuestro lado, tenlo por seguro. —Le contestó Rosa.
Después de las despedidas, las dos expediciones comenzaron su camino por diferentes rutas. El de Narciso la ruta del grupo de Mirto, hacia el norte; y el de Nardo la ruta del grupo de Hibiscus, hacia el este.
El grupo de Pentas ni siquiera se había levantado todavía, para cuando salieron los expedicionarios. Se habían desvelado toda la noche celebrando y bebiendo hasta que los efectos del alcohol hicieron que cayeran intoxicados.
En el camino descendiendo la montaña, Nardo iba conversando con Hibiscus.
—¿Qué le ha pasado a tu grupo? ¿Por qué no te apoyan? —Le preguntó Nardo con curiosidad, porque ningún chico se apuntó para ayudar en la búsqueda de sus compañeros.
—Desde el principio tuve dificultades en liderar al grupo porque hay otro chico, Fresno, que quería hacerlo. No sé por qué la directora no lo escogió a él. —Hizo una pausa para pensar—, él siempre trató de dividir al grupo, y lo ha conseguido haciendo que algunos se unan al grupo de los drogadictos y borrachos americanos y canadienses que solo pasan haciendo fiestas. Yo no estaba muy bien después de perder a mi novia, Zinnia, y no tenía ánimos para hacer valer mi liderazgo con el grupo, ese fue mi error, y afronto las consecuencias, pero a veces, ni yo mismo creo en lo que estamos haciendo. —Dijo Hibiscus pensativo.
—Encontraremos a tu novia y a los demás, y recuperarás tu puesto. —Le dijo Nardo muy seguro— Yo te entiendo, porque las cosas que no salen como uno lo espera desalientan y uno quisiera renunciar a todo.
—Exacto, y luego uno se cuestiona ¿por qué Dios nos ha abandonado? ¿Por qué dejó que las cosas pasaran de esa manera? —Le dijo Hibiscus sacando su frustración.
—Bueno, —intervino Cesalpinia que iba detrás de ellos escuchando la conversación—, yo creo que Dios no abandona, sino que quiere confirmar que somos capaces de salir adelante no importando las circunstancias adversas. Lo que significa que Dios está en nosotros para hacerlo. Creo que esa fuerza que emana de nosotros cuando cumplimos algo procede de Él. Lo que sucede es que cuando entran las dudas, uno se debilita y perdemos el enfoque de lo que estamos haciendo y a Dios lo dejamos de lado.
—Exacto, —confirmo Nardo—, yo lo tomo como un reto personal de superar cualquier problema que se presente y confiando siempre en el Gran Arquitecto que nos ha seleccionado para esta misión, las cosas cambian a nuestro favor.
—Sí, creo que tienen razón. —Le contestó Hibiscus pensando en esas palabras, que en realidad, tenían sentido—. Es solo que tener a un grupo que no te apoya, es nadar contra corriente. En tu caso veo que todo el grupo es bien unido. En el mío hay una desunión causada por celos de parte del que no logró ser el líder de la expedición.
—Sí, mi grupo es increíble. —Dijo Nardo volteando a verlos con orgullo quedando su mirada en Queeny, quien le dio una sincera sonrisa—. Creo que me he ganado su apoyo.
El día comenzó despejado de nubes, sin embargo, los vientos traían frío y a medida que el tiempo pasaba las espesas nubes que se iban formando tapaban por largo tiempo los rayos del sol.
Agapanto quería abrazar a Violeteira, pero por respeto a Cesalpinia no lo hacía. Violeteira no le había contado todavía que ya eran novios. Le daba un poco de temor de cómo iba a reaccionar. Cesalpinia siempre había sido muy protector con ella, por lo que decidió esperar el mejor momento para contarle.
La expedición caminó por las montañas del valle inundado con rumbo hacia el noreste para luego bajar. Llegaron hasta un risco desde donde veían un río con playas de arena y piedras. Bajaron la pendiente entre resbalones y tropezones hasta llegar a la ribera del río y acamparon.
Les había llovido toda la noche y la mañana traía un frío paralizador, peor que el día anterior. Se pusieron las sudaderas encima de las túnicas de lana. Nardo dispuso que por el río avanzarían más rápido, según las recomendaciones de Agapanto.
Cesalpinia, Queeny y Violeteira hicieron crecer árboles de madera y Gumbo secó los troncos para hacer una balsa. Los eco arquitectos como Margarita y Nacascolo comenzaron a elaborarla.
—No es tan perfecta, pero funciona. —Dijo Margarita con timidez.
—Está excelente. —Le admiró Nardo—. Dejaremos más árboles en la parte alta, porque el río seguirá creciendo.
Dejaron el rastro para el camino de regreso, poblando de árboles la ribera en la parte más alta. Esto le extrañó a Hibiscus y preguntó:
—¿Cómo sabes que el río seguirá creciendo? —Nardo se tardó en contestar porque había escuchado una conversación privada entre Flora y su madre. Y no era una noticia oficial.
—Es obvio que habrá inundaciones porque seguirá lloviendo. —Le dijo evitando decirle sobre el segundo diluvio.
Nacascolo y Margarita eran los que se encargaban de la comida y de dejar plantado un huerto para el regreso. No con el esmero de cuando estaba todo el grupo porque se querían lucir con los platillos, pero en lo que podían, ayudados por Daisy, Gumbo, Kunzea y Kapok, lograban alimentarse bien.
Kapok se encargó del timón de cola, mientras Hibiscus, Gumbo, Cesalpinia y Nardo remaban para avanzar más rápido. El río doblaba en unas montañas y el panorama había cambiado radicalmente. La balsa comenzó a navegar más rápido. Los chicos dejaron los remos y vieron que navegaban sobre unos rápidos y que iban al encuentro de lava ardiendo todavía. Era la zona donde el volcán que mencionó Hibiscus había hecho erupción.
—¡Sujétense! —Les gritó Nardo. Todos se amarraron a la balsa y Kapok logró dirigirla hacia la orilla.
—Estamos cerca de donde nos separamos. —Dijo Hibiscus con excitación. Estaba ansioso por encontrar a su novia y al mismo tiempo temeroso de encontrarse con lo peor.
La humedad que brotaba de la lava ardiendo y evaporarse con el agua era sofocante.
Cuando comenzaron la expedición, la directora le había proporcionado al grupo de Hibiscus máscaras contra gases las que utilizaron cuando el volcán hizo su erupción. Hibiscus logró que se las prestaran porque ciertamente que tenían que pasar de nuevo frente al volcán. También tenía un dosímetro que le había dado la directora para detectar radiación ionizante, ya que algunos países del medio oriente estaban en guerra y las bombas nucleares clamaban por reventar. Se colocaron las máscaras para respirar mejor y siguieron caminando donde la lava se había solidificado y no presentaba peligro.
El panorama era oscuro, no solo por la lava negra y seca, sino por las nubes de tormenta espesas y negras combinadas con una densa neblina de cenizas que todavía arrojaba el volcán. Daisy y Gumbo se voltearon a ver afligidos.
—No se preocupen, —les dijo Agapanto— los terrenos con ceniza volcánica son los más fértiles del mundo. Y dicho esto, Daisy intentó hacer crecer un árbol de hule. Se admiró que después de hacerlo crecer no se sintió cansada. La tierra fertilizada le ayudó a crecerlo sin mayor esfuerzo.
—Tienes razón —dijo con animación y siguió haciendo crecer un pequeño bosque para protegerse haciendo que el follaje hiciera de techo, y al mismo tiempo hacer el campamento para protegerse de la lluvia, cenizas y el viento.
—Estas máscaras son un alivio, pero ¿por qué se las dieron, que acaso sabía la directora que iba a explotar un volcán? —Le preguntó Nardo a Hibiscus mientras comían y se calentaban en la fogata.
—La directora nos dijo que el Medio Oriente estaba en guerra. —Contó Hibiscus.
—Pero eso es en el medio oriente. —Intervino Agapanto— Muy lejos de aquí.
—Sí, pero nos dijo que los camiones cargados con material radiactivo usaban la ruta de Egipto para pasar al medio oriente. Y tenía razón, porque nosotros vimos un convoy de camiones con el símbolo radioactivo pasar por la ruta en que veníamos. —Les contó Hibiscus.
—Eso es alarmante. —Comentó Agapanto comenzando a preocuparse.
Llevaban dos meses desde que salieron del campamento. Habían subido y bajado montañas y habían bordeado los ríos solidificados de lava. La esperanza de encontrar a los chicos cada vez se iba desvaneciendo, hasta que llegaron a un lugar desde donde divisaban un bosque.
—Allá —señaló Hibiscus emocionado—. ese fue el último bosque que plantamos. —Dijo y comenzó a correr con la ansiedad de encontrar a su novia.
—Ustedes quédense aquí. —Le dijo Nardo al resto del grupo. Algo en los árboles no le convencía. Estaban rojos.
—Ese bosque está envenenado. —Observó Agapanto.
—Eso pensé. —Dijo Nardo comenzando a correr detrás de Hibiscus.
—Colócate la máscara. —Le gritó Agapanto.
—Hay no, debemos hacer algo. —Dijo Daisy con angustia de ver los hermosos pinos color rojo amarillento.
—Primero tienen que ver qué nivel de contaminación tienen. —Le dijo Agapanto. Para Daisy la palabra era nueva y siguió preguntando. Entre Queeny, Cesalpinia y Agapanto trataban de explicar el término, no solo a Daisy, sino a Gumbo también porque no habían asistido a la escuela.
Nardo ya se había colocado la máscara cuando llegó al lugar. Hibiscus andaba desesperado llamando a su novia, sin ningún éxito. Se extraño del lugar tan diferente de como lo habían dejado, y cuando vio a Nardo, de inmediato realizó lo que pasaba. Sacó su máscara y el detector de radiación. En efecto, los niveles eran medios, pero había radiación.
—Mira allá. —Señaló Nardo. Había en uno de los árboles una nota metida en un plástico y amarrada al tronco. La arrancó y se la dio a Hibiscus, quien nerviosamente la abrió.
“Si alguien lee esta nota, somos cinco sobrevivientes del grupo de Hibiscus. Dos chicos están quemados y creemos que todos estamos contaminados. La lava nos impide llegar a nuestro destino, por lo que hemos decidido caminar hacia el sur”.
Llegaron al campamento con la nota. Hibiscus estaba feliz de saber algo de los chicos y triste porque se habían contaminado.
—Creo que la explosión volcánica fue el detonante del plutonio que llevaba los camiones y alcanzó a contaminar esta zona, porque no encuentro otra explicación. —Dijo Hibiscus con tristeza.
—Deben lavarse la cara y manos con este jabón. —Les dijo Kapok entregándoles un jabón hecho de aceite de olivo con aloe y salvia que habían preparado hacía meses, entre él y Kunzea—. Es lo único que se me ocurre por si se han contaminado superficialmente.
Los chicos hicieron crecer caña de castilla para que absorbiera la contaminación del bosque y al mismo tiempo ayudar a que las coníferas y los abedules se recuperaran. Después de varios días trabajando, vieron como algunos de los árboles comenzaban a brotar hojas verdes.
—Es tiempo de seguir. —Dijo Nardo. Daisy sonrió satisfecha.
Siguieron al sur como indicaba la nota y después de varios días se quitaron las máscaras porque ya no detectaban radiación. Iban dejando en el camino un jardín de flores silvestres para la ruta de regreso. Hibiscus vio a lo lejos un punto verde. Siempre que veía algo verde se alegraba y salía corriendo a ver y luego se quedaba frustrado al no encontrar a nadie. Decidió esta vez no salir corriendo y solo seguir caminando hasta llegar a la zona verde.
—Según el mapa estamos en Sudán, esas montañas dividen el país con Egipto y Libia. —Dijo Agapanto señalando el lugar.
—Parece que hay gente ahí. —Dijo Violeteira.
Apresuraron el paso y era cierto. Había un campamento de la Cruz Roja atendiendo a mucha gente que llegaba en estado deplorable, por las catástrofes y por las guerras. Las tiendas y camillas eran interminables e insuficientes con tanta gente que llegaba a diario buscando refugio, comida y sobre todo atención médica.
Nardo y los chicos llegaron caminando despacio viendo hacia todos lados con cierta preocupación. La gente estaba ida, callada, sentada en el suelo solo viendo sin ver, tal vez analizado todavía lo que estaba pasando sin comprender. Muchos habían perdido no solo sus hogares, sino a sus seres queridos. Muchas madres lloraban a sus hijos muertos, otras lloraban abrazando a sus hijos y pensando en el futuro que les esperaba al ver un panorama tan desolador y deprimente.
De pronto, Hibiscus paró al grupo. Había visto a Zinnia salir de una de las tiendas. Su corazón comenzó a latir fuertemente.
—¡Dios mío, Zinnia! —La llamó. Ella volteó a ver y se tapó la boca realizando el milagro de ver nuevamente a su novio, y se puso a llorar de la emoción.
—Creí que nunca te volvería a ver. —Dijo con voz quebrada abrazándola y besándola emocionado—. Te voy a presentar a Nardo y… —Dijo Hibiscus cuando el grupo de Nardo se aproximó para saludarla y saber lo que le había pasado.
—Yo sé quiénes son. —Dijo Zinnia sonriéndoles y saludándolos.
—¿Dónde están los demás chicos? —Preguntó Nardo.
—A Marigold le han tratado las quemaduras de cuarto grado y no está bien y Crisantemo está recuperándose de una quemadura en la pierna cuando salvó a Marigold. —Dijo Zinnia con preocupación por la chica—. A todos nos han tratado con yoduro de potasio por la contaminación radioactiva. Aunque me puse la máscara desde que el volcán comenzó a lanzar la ceniza y lava, siempre me dieron el tratamiento. Lo que sí tengo es la piel irritada por la exposición. También Pepeto. —Dijo mostrándole los brazos y pecho con un tono rojizo—. También hay tres chicas y dos chicos del grupo de Abedul que están en este campamento. Ellos están contaminados también, pero los están tratando y han hecho crecer algunas legumbres que son ricas en proteínas y potasio para disminuir la radiación en el cuerpo. La sopa de legumbres se ha hecho muy popular por aquí, así como las bananas. —Dijo con sonrisa. Nardo y su grupo le sonrieron con complicidad porque ya sabían a que se referían. Ellos habían hecho crecer las bananas y legumbres sin despertar sospechas.
—Tenemos jabón de olivo con aloe y salvia. —Le dijo Kunzea dándole el jabón— Lávate primero y luego te aplicaré sábila en cuanto encontremos un lugar para hacerla crecer. —Dijo viendo para todos lados sin encontrar un lugar que no tuviera gente.
—Es buena idea, gracias. —Le dijo Zinnia, y continuó—: Nos enteramos también de que un meteorito impactó el polo sur y hay inundaciones en zonas bajas y el agua sigue subiendo.
Hibiscus vio a Nardo con preocupación porque ya se lo había advertido.
—Te lo dije. —Dijo Nardo encogiendo los hombros.
Todos tenían tantas preguntas que hacer que mejor dispusieron buscar un lugar alejado del campamento para poder platicar de todo lo ocurrido y hacer crecer plantas medicinales para ayudar a la gente, lo mismo que plantas alimenticias, porque comenzaba a escasear la comida y la ayuda internacional no había llegado todavía.
Después de acampar y organizarse, fueron a ver a la chica quemada. Estaba en una de las tiendas grandes de la Cruz Roja donde tenían a los pacientes en estado crítico. Cuando vieron a Marigold, se les estrujó el corazón. La mitad de su cuerpo estaba con quemaduras de cuarto grado, o sea la piel derretida y expuesta. La tenían sedada todo el tiempo por los terribles dolores que padecía y un suero la alimentaba.
—Busquemos un mopane. —Les sugirió Gumbo acordándose de como hizo que Nardo sobreviviera.
—Buena idea Gumbo. —Le dijo Nardo.
Daisy y Gumbo fueron a un lugar lejos del campamento, para censar las raíces de alguno que estuviese cerca, pero nada consiguieron. La zona era desértica en su mayor parte, solo unos pocos árboles con alguna esperanza de ser grandes algún día se veían desperdigados.
Los médicos de la Cruz Roja le dijeron al novio de Marigold que iban a tratar de encontrar quien la llevara a un hospital para hacerle trasplantes de piel, pero que su salud seguiría decayendo mientras se buscaban los medios para llevársela. Ese día le dijeron que ya no había nada que hacer; por las condiciones en que se encontraban no les sería fácil conseguir transporte para trasladarla. Las emergencias tenían la prioridad en esos momentos, y en diferentes partes del territorio. En pocas palabras no había esperanza para ella. Los chicos fueron a buscar a Gumbo y Daisy.
—Ya no sigan buscando, ya no hay nada que hacer por Marigold. —Les dijo Nardo consternado de perder a alguien especial. La chica estaba en sus últimos alientos.
—No, debemos salvarla. —Dijo Daisy con lágrimas en los ojos—. Haremos crecer un mopane, eso es. Rápido. —Dijo con determinación. Nardo y los demás asintieron como un último esfuerzo para salvarla.
Los chicos se apartaron hasta un lugar en los alrededores que no tuvieran gente para hacer crecer un mopane sin despertar curiosidad. Los chicos se concentraron para que creciera hasta una edad de cien años, y en su corazón agitado clamaron por Flora. El hermoso árbol comenzó a proyectar un halo amarillento y místico. Todos estaban desmayados por el esfuerzo. Solo Nardo estaba todavía consciente y vio el árbol iluminado; oyó una voz que decía claramente “traigan a Marigold”. Nardo se paró de inmediato y corrió a buscarla.
Su novio Crisantemo estaba a la par de ella muy consternado tomándole la mano y llorando. Su mejor amigo Gladiolo estaba con él dándole consuelo. Hibiscus, Zinnia, Kapok y Kunzea habían tratado con remedios naturales de aliviarle algunas de las quemaduras, auxiliados por Nacascolo y Margarita que hacían crecer la sábila y otros plantas medicinales que les pedía Kunzea, pero todo esfuerzo era infructuoso porque ya era muy tarde para esos remedios.
—Hay esperanza, tráela al mopane. —Le dijo Nardo en voz baja al novio.
—¿Al mopane? —Preguntó Crisantemo sin entender.
—Luego te explico, pronto. —Le dijo Nardo.
El Crisantemo la cargó en sus brazos. Un enfermero de la Cruz Roja les hizo parada.
—¿A dónde se la llevan? —Les preguntó preocupado viéndolos a todos sin entender. Nardo sacó polen del floripondio y se lo sopló para que no siguiera deteniéndolos. Todos se colocaron alrededor de los chicos para cubrirlos y llegar al lugar sin contratiempos.
Llegaron al mopane y entre Kapok y Nardo la metieron con cuidado en la corteza. El inmenso mopane la absorbió con ternura hasta su corazón, para asombro de Crisantemo. Él había escuchado algo sobre los espíritus de los árboles porque uno de su grupo tomó la clase, pero él lo estaba descubriendo en esos momentos. Nardo le explicó cómo funcionaba y que Flora estaba en el árbol ayudándola. Los chicos se sentaron alrededor del árbol para rezar por ella, mientras Kunzea y Kapok auxiliaban a los que se habían desmayado por el esfuerzo.
—Iré a hablar con los chicos que se fueron del grupo de Abedul. —Dijo Nardo, mientras los chicos acampaban alrededor del árbol. Hibiscus y Zinnia lo acompañaron.
Los cinco chicos estaban en una de las tiendas donde tenían en tratamiento a todos los contaminados por radiación. Les prohibieron entrar por la misma razón. Nardo tomó de escondidas dos de los trajes blancos que cubrían desde la cabeza a los pies para poder entrar junto con Hibiscus. Los chicos se alegraron de verlos y les contaron porque se fueron del grupo de Abedul.
—Abedul nos tenía en un régimen religioso del que nosotros no estábamos de acuerdo y que ni en la escuela nos tenían bajo esa disciplina tan rigurosa. —Dijo Petunia, una de las chicas desertoras.
—Mi hermana Laurel y yo decidimos salirnos del grupo y también nuestros tres amigos quienes tampoco estaban de acuerdo con la forma en que Abedul nos trataba. Al final dijo que ya no íbamos a seguir las indicaciones de la directora sino las de él. Y que nos quedaríamos a vivir en la montaña porque éramos los elegidos. Eso fue lo que nos motivó a salirnos del grupo. —Dijo Brezo viendo a sus amigos.
Bueno, se pueden unir a nuestro grupo si quieren, entiendo que el número de chicos tiene que ser exacto para llevar a cabo la siembra de los hiperiones. —Le dijo Nardo.
—Con relación a eso, Abedul nos dijo que esas semillas de los hiperiones no existían. Nos dijo que era un mito y que solo él tenía el poder de salvarnos. Solo hablaba cosas raras como si él fuera un mesías o algo así. —Le contó Lauro.
—Sí, tiene al grupo bien seducido con sus palabras. —Le contó Laurel.
—Es bien convincente cuando habla. —Dijo la otra chica llamada Eugenia.
—Mi hermano tiene las semillas. Es una larga historia de como las conseguimos, pero debemos sembrarlas y son 120 exactas. —Le dijo Nardo.
Los chicos se vieron como preguntando si seguían con el plan. Tenían expresiones de duda y las chicas negaban con la cabeza, por el hecho de que no querían volver a ver a Abedul.
—Abedul es un fanático religioso y no quisiéramos tener algún altercado con él, si regresamos. —Dijo Eugenia.
—Bueno, si cambian de opinión ya saben dónde queda el lugar. Solo estamos esperando que Marigold salga recuperada del mopane para partir. —Les dijo Nardo.
—¿Del mopane? —Preguntó Laurel.
—Creo que nadie tomó la clase de los espíritus de los árboles. —Le dijo Nardo a Hibiscus.
—Ni yo tampoco, pero después de lo que acabo de ver, me arrepiento de no haberlo hecho. —Le dijo Hibiscus.
Nardo comenzó a explicarles y les dijo que ellos podían también entrar en el mopane para curarse de la contaminación. Los chicos se alegraron con la noticia, aunque su condición había mejorado considerablemente, gracias a los alimentos naturales, convinieron en ir al árbol.
Los días pasaban y Nardo se preocupaba, ya que el camino de regreso les tomaría otros tres meses y con suerte que llegarían para la fecha del equinoccio de septiembre, si la chica salía del árbol. Estaban comentando las fechas con Agapanto, cuando de pronto, vieron una pierna salir del árbol.
—Miren. —Gritó Iris. Todos se acercaron a ver.
Marigold salía repuesta completamente y sin ninguna señal de sus quemaduras en su piel. Crisantemo la abrazó llorando de la alegría. Todos los chicos la rodearon al verla.
—No tiene ni una cicatriz en la piel. —Dijo Queeny admirada y dándole una túnica para que se vistiera.
—Gracias Dios mío, siento que tengo tanta energía como para hacer crecer un bosque entero. —Dijo Marigold con una simpática sonrisa.
—Eso dijo Nardo, también. —Comentó Gumbo.
—Iré a buscar a los cinco chicos contaminados para que entren en el árbol y ojalá que decidan continuar con la misión. —Dijo Nardo.
Los chicos iban escabulléndose de uno en uno para entrar en el mopane y al cabo de una semana todos estaban curados. Los cinco estaban felices y celebrando con el resto del grupo.
Petunia se había unido con Nacascolo y Margarita para hacer la comida. Ella era la cocinera designada en el grupo de Abedul y no la dejaba hacer otra cosa, al igual que Eugenia y Laurel.
Nacascolo llegó con la noticia de que la ayuda internacional había llegado y estaban repartiendo comida, agua, ropa y zapatos. Los chicos consiguieron ropa de las donaciones, porque todos habían crecido un poco y la ropa y los zapatos ya no les quedaba muy bien y aunque habían hecho algunas transacciones de frutas por ropa con las tribus nómadas, necesitaban nuevamente de zapatos y ropa para el frío.
—Le conseguiré a Kadota ropa de niño. —Dijo Iris buscando ropa pequeña entre las donaciones.
—Bueno ha llegado la hora de partir, espero que hayan decidido unirse a nuestro grupo. —Les dijo Nardo a los cinco que habían desertado del grupo de Abedul.
Todos negaron.
—No podemos soportar la idea de verlo de nuevo. Creo que mejor nos quedaremos por aquí a ayudar a esta pobre gente. —Dijo Laurel.
—A menos que nos necesiten desesperadamente, nos uniremos con ustedes. —Dijo Petunia viendo a Nacascolo, con quien había hecho una buena amistad porque sabía cocinar.
—Bueno, ya les dije que el número de hiperiones es 120. Y ustedes cuentan en ese número. Solo les pido que lo piensen, no tienen por qué estar en el grupo de Abedul, se pueden unir con nosotros o con Hibiscus. —Les dijo Nardo como último recurso para que los acompañaran.
—Le daremos pensamiento. —Le contestó Lauro, el hermano gemelo de Laurel.
A pesar de los intentos por convencer a los chicos, ellos estaban determinados a no seguir con la misión por miedo de Abedul. Les afligía el hecho de que los acusara de herejes por haber abandonado el grupo, como solía hacer cuando no le obedecían sus órdenes y los hacía sentir muy mal. Esa era su forma de liderar, solo con amenazas; no existía una buena comunicación, las chicas no tenían derecho a opinar y solo hacían cosas domesticas como lavarles la ropa a todos los chicos y hacer las comidas.
Con esta preocupación en su cabeza, Nardo se despidió y salieron del campamento.
Capítulo 1
DAISY
La nueva escuela había sido acondicionada en el parque del humedal de Isimangaliso. Estaba ubicada frente a la playa en el Océano Indico a propósito para que los chicos aprendieran biología marina. Linda y Will se quedaron hospedados por dos días por invitación de la directora para que descansaran del largo viaje.
Hortensia les dio un recorrido por la escuela y les comentaba que los estudios hechos por ambientalistas habían determinado que el arrecife de coral estaba en peligro de extinción por la mano del hombre, entre contaminantes que daban al mar, los sedimentos de ríos que desembocan en el mar, turistas que arrancaban un pedazo de coral como suvenires y las temperaturas que habían subido unos grados en los últimos años. Todos esos factores en conjunto habían matado gran parte de la biodiversidad marina. Linda se mostró interesada, ya que era una de las ramas que tenía proyectado seguir estudiando para cuando terminara el trabajo en el Congo.
—En este año, los chicos van a aprender a respetar el mar y sus especies, ya que el recurso marino, si bien es cierto que mucha gente vive de la pesca, éste debe ser explotado con moderación. —Les comentó muy seria.
—Es una de las ramas de la biología que está menos explorada y avanzada que las demás. Es intrigante saber que más podría aportar a la humanidad estas grandes masas de agua. —Comentó Linda— Aunque con la contaminación con plástico y derrames de químicos no se sabe a ciencia cierta que daños están ocasionando a los océanos.
—Bueno, se sabe que las algas aportan al ambiente un buen porcentaje de oxígeno, pero si se continúa con la contaminación como las islas de basura que tapan la entrada de los rayos del sol hacia el fondo marino donde se encuentran las algas, quien sabe cómo nos irá después. —Dijo Hortensia con preocupación—. Los pescadores en varias partes del mundo no respetan el ecosistema marino, y explotan los arrecifes a su antojo. En nuestro caso, esta mala práctica ha hecho que el arrecife y todas las especies que viven en él se encuentre en peligro de extinción como el camarón mantis.
—Eso está muy mal. —Comentó Will.
—Pero no todo está perdido, hay iniciativas y trabajamos con los grupos ambientalistas, y ahora con los chicos aportaremos otro granito de arena. —Dijo sonriente y con esperanza.
La comunidad de estudiantes se iba reuniendo en la cafetería que eran mesas dispuestas debajo de manglares, cocoteros y árboles de gruesa base. Gumbo y Bambú Li no estaban todavía en la escuela.
Después del recorrido, Linda y Will se despidieron de los chicos haciéndolos prometer que se comunicarían con ellos con más frecuencia que el año anterior. Los padres no podían hacer contacto con ellos, por el peligro que corrían, así que los chicos tenían que hacerlo desde la escuela hacia sus padres. En el caso de emergencias, los papás tenían un número al que dejaban mensaje y luego correspondían el llamado.
La primera clase fue nuevamente moral y ética. La señorita Azucena tenía un semblante radiante cuando comenzó su lección.
—¿Alguien me puede decir qué es el amor? —Preguntó pestañeando.
—Rosa —contestó de inmediato Oliver, dándole una mirada tan apasionada que a ninguno le quedaba dudas de su amor por ella. Todos hicieron gestos y sonidos de entusiasmo.
—Cállate Oliver —le dijo Rosa entre dientes y sonrojándose, deseando que la silla la tragara.
—Bien Oliver, describe ¿qué es el amor? —Le dijo Azucena.
—Es un sentimiento que vibra dentro de mi corazón, siento papalotes en mi pecho cuando me besa y produce sensaciones de felicidad cuando estoy con… —no terminó porque la profesora consideró que sus intimidades no iban acordes con el tema en cuestión y lo interrumpió.
—Es un sentimiento —dijo la señorita Azucena— es algo que no lo vemos, pero lo sentimos. Así como el gran Arquitecto del universo nos amó desde que concibió la idea de formar un hermoso espacio decorado con árboles y flores y crear al hombre y la mujer para disfrutarlo. Todo partió del amor y por consiguiente la idea se transformó en algo sólido, puro y perfecto. Así como por amor nacen los niños. Por eso la naturaleza es perfecta. —Dijo con un gran suspiro y prosiguió—: ¿Qué otros sentimientos se derivan del amor?
—Respeto —Contestó Agapanto.
—Lealtad. —Dijo Violeteira.
—Compromiso. —Contestó Iris.
—Hacer el bien. —Contestó Nardo.
—Caridad. —Dijo Baobab.
—Bondad. —Dijo Tulipán.
—Todo lo bueno que el ser humano puede producir, se deriva y es empujado por el amor que sentimos hacia otro ser humano, como el caso de Oliver —dijo guiñándole un ojo—, hacia la naturaleza y la humanidad en general.
—Veo cambiada a la señorita Azucena. —Observó Iris en susurro.
—Me contaron que anda de novia con Ficus. —Dijo Queeny. Las chicas sonrieron.
—Eso explica el decorado de corazones en su escritorio. —Observó Rosa.
Siguieron discutiendo el tema y poniendo ejemplos, cuando se anunciaba un banquete de bienvenida en el parque acuático de diversiones. Anunciaban también que se fueran a cambiar con calzonetas.
—¡Hay otro parque de diversiones! —Exclamaron las chicas con excitación.
—Y es de agua. —Dijo Cesalpinia a Violeteira. Ellos pasaban jugando en el agua a la orilla del río en el pequeño pueblo donde vivían y era uno de sus más preciados recuerdos, por lo que estaban más entusiasmados con la idea del parque acuático.
Los chicos se fueron a cambiar a sus habitaciones que eran búngalos con tres camas cada uno, un baño y tres pequeñas mesas para hacer deberes dentro de los manglares. Eran difíciles de ver por la tupida y enredada vegetación de los mangles, y se dividían por intrincados caminos. Todos los muebles eran de mangle bellamente decorados. Una de las diseñadoras de los dormitorios era la señorita Azucena junto con los gemelos Patel en la parte tecnológica, ya que contaban con energía nuclear para toda la parte eléctrica de una forma eficiente y en armonía con la naturaleza.
Cuando se reunieron todos en el parque se les acercaron las chicas trillizas a Nardo y Narciso.
—Queremos… —comenzó diciendo Margarita.
—Darles… —continuó Dalia.
—Las gracias. —concluyó la oración Begonia.
Las chicas los abrazaron. Nardo y Narciso estaban incómodos porque Orquídea, que en esos momentos llegaba, se hizo la disimulada y fue a la mesa de Rosa. Queeny, que vio a Nardo abrazado por las chicas, se fue disimulada también, a sentarse donde estaba Agapanto. Una de las trillizas fue a traer a Orquídea para darle las gracias, y luego a Rosa que estaba con Oliver.
—Gracias… —comenzó Margarita.
—Rosa y Orqui… —continuó Dalia.
—Por todo. —concluyó Begonia.
Oliver que no podía quedarse callado, las fue abrazando de una en una diciendo:
—Es un… —y abrazó a Margarita— placer…—y abrazó a Dalia— conocerlas. —Y abrazó a Begonia— ¿Siempre hablan en tres partes? —les preguntó.
Las chicas se pusieron a reír. Rosa codeó a Oliver por la ocurrencia, y se quedaron platicando del infortunado evento y el feliz desenlace. Luego se fueron a deslizar en los toboganes, surfear en las olas con tablas, en fin, no paraban de juego en juego.
Rosa y los gemelos estaban deslizándose en el tobogán de agua, cuando al final de la cuesta, estaban los trillizos mejicanos esperándolos para darles las gracias también.
—¡Órale! gracias por habernos rescatado. —Dijo Nacascolo con el típico acento mejicano.
—Sí, esos pinches drogadictos nos tenían bien mensos con la droga. —Les comentó Cuajinicuil.
—Sí, por este güey, nos atraparon. —Dijo Cuajinicuil señalando a Nacascolo.
—¿Y eso por qué? —preguntó Oliver que en esos momentos se incorporaba al grupo seguido de los demás amigos.
—Este güey —dijo señalando a Nacascolo nuevamente—, estaba haciendo crecer un cactus para hacer la broma de puyar a un menso que no se apartaba del lugar donde estaba la vista a las rocas en forma de catedral, y no nos dejaba verlas, porque era alto y gordo. Alguien vio lo que hizo, y luego nos emboscaron detrás de unas rocas que parecen catedrales y nos metieron un jeringazo a cada uno, en un abrir y cerrar de ojos. Lo demás que recordamos es que estábamos en una plantación de marihuana, haciendo crecer la pinche planta. —Contó Cuajinicuil.
—¿Y cómo es que tú sabes todo eso si te inyectaron la droga? —Le preguntó Oliver.
—Es que a mí no me pegaba tanto la droga como a estos dos güeyes —comentó Cuajinicuil— porque me recuerdo haber visto a mis hermanos bien pedos y ellos no se acuerdan de nada. Antes de que ustedes llegaran yo había fingido que estaba menso por la droga, para que no me inyectaran más, y así poder salir de ahí y buscar a mis hermanos, pero cometí el error de insultar a un güey antes de mandarle un cactus para pincharlo. Estaba muy nervioso y por detrás ya tenía a otro matón agarrándome las manos y haciéndome daño. Ya no pude hacer nada hasta que ustedes llegaron en el preciso momento en que me iban a puyar para meterme la droga. De corazón les agradecemos. —Les dijo tocándose el corazón.
—¿Y ustedes de dónde son? —Les preguntó Oliver.
—Somos de la mera Sierra Madre de Chihuahua, México. —Dijo Nacascolo con orgullo.
—¿Y cómo es que aparecieron en esta escuela? —Preguntó Iris.
—Fue porque las otras escuelas ya tenían el número de chicos completo. —Respondió Cuajinicuil.
—O sea, que vienen a parar a esta escuela todos los sobrantes. —Dijo Chilacayote tirándose una sonora carcajada.
Todos se pusieron a reír de la forma folklórica de hablar de los mejicanos. Oliver los adoptó como sus seguidores cuando tenían recreos o eventos de la escuela, y los incorporaba al grupo para que contaran historias de su pueblo. Disfrutaban de esos momentos, haciendo reír a los chicos, porque tenían unas risas tan contagiosas que a todos agradaba.
Durante sus vacaciones, los trillizos habían llegado con sus padres a visitar a un pariente que vivía en Colorado y habían salido a explorar la ciudad de Denver y conocer sus vecindarios y lugares turísticos. Llevaban un par de meses viviendo en el lugar con el pariente, cuando sucedió la tragedia. Sus padres se volvieron locos buscándolos. Dieron parte a las autoridades y la búsqueda continuaba sin mucho éxito, hasta que los gemelos y Rosa los encontraron.
Platicando amenamente sobre sus vidas estaban cuando Rosa los interrumpió.
—Algo ha pasado. —Comentó Rosa cuando estaban reunidos para almorzar.
—¿Por qué? —Preguntaron las chicas.
—Flora está en la escuela. —Dijo con intriga cuando la vio pasar.
Flora había llegado a la escuela y estaba platicando con Hortensia, la directora, para un asunto urgente.
Después del almuerzo, la directora llamó a Violeteira, Cesalpinia, Nardo y Narciso. Uno de los alumnos que faltaba y de cuyo paradero no sabían nada había aparecido.
En el Amazonas había ocurrido algo inusual que hizo a las autoridades mandar un equipo de investigación, pero se devolvieron sin tener explicaciones.
En el corazón del Amazonas había crecido una barrera de árboles que se habían fusionado entre ellos formando una fortaleza impenetrable en un terraplén de una montaña rocosa. La investigación había hecho que varios grupos de científicos fueran al lugar para tomar fotografías y tomar muestras, pero todos habían sido repelidos por la barrera de juazeiros que no permitían ser escalados, cortados o apartados para investigar que había del otro lado, o que era lo que estaban ocultando.
—Tenemos algo que discutir con ustedes. —Dijo la directora en tono grave.
—Tenemos informes que una de las chicas que falta vive en el corazón del Amazonas. —Comenzó diciendo Hortensia.
—El asunto se ha complicado porque la chica fue abandonada en la selva por su padre, y se ha criado a la buena de Dios. Ella tenía seis años cuando la dieron por desaparecida. —Dijo Flora.
—Nuestros informes nos decían que la niña no estaba muerta, porque Flora la visitó en varias ocasiones, pero nunca pudimos conseguir los permisos para buscarla y luego hubo una tragedia en la tribu donde ella vivía y no supimos más. Ahora que sabemos por ciertos fenómenos que ha pasado en la zona y que solo puede ser hecho por alguien especial, nos hace pensar que es la niña extraviada la que vive ahí. —Les contó la directora. Los chicos se sorprendieron.
—Lo más difícil ha sido hacer contacto con ella, porque no deja entrar a nadie, ni a mí. —Dijo Flora con marcada frustración—. Logramos dar con el padre de la niña quien nos dijo que la abandonó para protegerla. Él está pagando una condena por haber dejado perder a la niña.
—¿Para protegerla o hacerla desaparecer? —Preguntó Cesalpinia.
—No juzgues tan a la ligera, después de oír la explicación, tiene sentido desde su punto de vista, y no tiene sentido desde el punto de vista moral. Él es una persona de origen muy humilde. Me comentaba que la niña comenzó a demostrar el don de la naturaleza desde los tres años, haciendo que las plantas que los rodeaban crecieran, se movieran, se trasladaran, la levantaran, la transportaran, en fin, que él no sabía, en aquel momento, de qué padecía la niña. Ellos tenían que moverse de casa seguido porque los vecinos le ponían quejas de la niña, diciéndole que estaba loca o poseída de algún demonio. La ignorancia hace al ser humano creer en supercherías. Lo cierto es que no pudiendo educarla como normalmente se educa a un hijo, optó por abandonarla en la selva donde estaría mejor protegida de las miradas curiosas y de otras personas de baja reputación. La niña tenía entonces seis años. —Explicó Flora.
—Ella tiene que entender que existen otros chicos con el don de la naturaleza igual que ella. Es por eso de que necesitamos de ustedes. —Dijo la directora viéndolos con sonrisa.
—¿Qué podemos hacer? —Preguntó Nardo extrañado, porque si Flora no pudo hacer contacto con ella, como iban a lograrlo cuatro chicos inexpertos.
—Solo que logren romper la barrera que ha creado entre la realidad y su fantasía. —Dijo la directora— Ella habla portugués, por eso necesitamos a Violeteira y Cesalpinia. Y ustedes dos serán los refuerzos en la selva, ya que poseen más experiencia en conducirse por la selva que el resto del grupo. incluso que los chicos americanos, porque preguntamos si ellos podrían rescatarla y dijeron que no se sentían calificados. —Les comentó la directora.
Los chicos asintieron. Ese mismo día, la directora se puso en contacto con Linda y el papá de los gemelos del Brasil para informarles de la misión de los chicos. Flora los iba a acompañar después de resolver otros asuntos que tenía pendiente.
Así lo hicieron, y a la semana los cuatro chicos más Will y Linda estaban navegando por el río Amazonas para entrar en la selva sin presentar sospechas. Se quedarían en una cabaña en las afueras de Manaos, y que según las coordenadas de los hermanos Patel, estaba a diez días de camino a pie hacia el lugar donde se encontraba la chica. La cabaña la habían rentado por veinte días, considerando que eso les tomaría llegar, convencerla de que se integre a la escuela y regresar. Will y Linda los esperarían ahí para regresarse todos junto con la chica.
La selva era lo que esperaban. Espesa, impenetrable, compleja, peligrosa, pero ciertamente hermosa. Apuntaron en sus pulseras la ubicación del lugar para el regreso. Confiando en su buen juicio para finalizar con éxito la misión, los cuatro chicos se despedían de Will y Linda.
—Bueno, comencemos, yo digo que vayamos por aire para llegar más pronto. —Dijo Nardo cargando al hombro su mochila.
Todos aceptaron y comenzaron a balancearse y transportarse por las lianas entre árbol y árbol, hasta llegar a un claro para volver a chequear la ubicación. En el camino Cesalpinia y Violeteira les mostraban las especies animales que había en la salva. Ellos estaban fascinados de volver a sus recuerdos de su niñez cuando entraban en la selva y se divertían con las plantas.
—¡Miren las guaras! —Señaló Violeteira a un grupo de aves con un hermoso plumaje azul con toques en rojo y amarillo.
—Solo las había visto en la computadora. —Dijo Nardo—. Guau, son grandes y qué colores más vibrantes.
Llegaron a una poza de agua, no tan profunda porque podían ver los peces color azul con panza roja que nadaban alegres por todo el ojo de agua. La poza era alimentada por una pequeña cascada. El lugar parecía un paraíso virginal, porque no había sido tocado por la mano del hombre.
—No toquen el agua. —Les advirtió Cesalpinia, porque Nardo iba a refrescarse un poco.
—¿Por qué? —Preguntó Narciso.
—Tiene pirañas. —Dijo Cesalpinia.
En efecto, los pececillos que habían visto eran en realidad pirañas feroces cuando tenían hambre.
Narciso optó por echarse agua en la cabeza de su cantimplora.
—Escalemos el risco, creo que podemos seguir ese río hasta el lugar donde se encuentra la chica, porque según lo que marca la brújula de la pulsera es hacia el noroeste, justo arriba de esta cascada. —Dijo Nardo.
Violeteira comenzó a escalar la piedra seguida de los tres chicos, cuando un rugido los sacó de concentración y entraron en pánico.
—¡Sigan subiendo! —Les gritó Narciso que iba por último—. Hay un leopardo siguiéndonos. —dijo afligido. Cesalpinia volteó a ver.
—Es un jaguar. —Le corrigió.
—Eso no importa, está hambriento. —Dijo Nardo subiendo a prisa.
Un jaguar los había rastreado y estaba comenzando a subir la roca también para darles alcance con la esperanza de que fueran su comida del día.
Violeteira aligeró la escalada y llegó a la cima, donde había espesa vegetación, ayudó a su hermano y a Nardo, quien esperaba por Narciso, pero este estaba tratando de espantar al jaguar tirándole piedras, y en una de esas se zafó de la piedra donde estaba agarrado. Nardo, sin perder tiempo, se tiró de la cima con una liana para rescatar a su hermano que iba a caer en las garras del animal, y al que se le habían sumado otros tres. Lo cachó antes de que llegara al suelo y fuera atrapado por el jaguar. La manada comenzó a correr por otro camino hacia la cima.
—Eso estuvo cerca, bro. —Dijo Narciso con el corazón descontrolado.
Se hacía de noche y decidieron acampar en la copa de un frondoso angelim rojo, de los más altos que había en el lugar, y estilizado en sus retorcidas raíces que parecían serpentines gigantes. Arriba, evitarían a los depredadores.
—¡Guau, qué alto es este árbol! —Exclamó Nardo. El árbol los acogió en sus ramas y los envolvió para que no sufrieran por los mosquitos y el frío húmedo que de pronto se comenzó a sentir.
A la mañana siguiente, los despertó una expedición compuesta por hombres armados y otros que cargaban equipos y unas cajas color negro. Los chicos se quedaron callados observando como avanzaban abriéndose paso con machetes para poder penetrar en la selva.
—Espero que no lleven nuestra misma ruta. —Dijo Nardo.
—La caja negra me parece familiar. —Observó Cesalpinia.
—Yo creo que andan buscando a la chica como nosotros. —Concluyó Violeteira.
—Miren los leopardos. —Dijo Nardo señalando la manada que habían dejado atrás.
—Son jaguares, —le volvió a corregir Cesalpinia y Violeteira al mismo tiempo.
—Ok, en el Congo los conocimos como leopardos. —Dijo Nardo.
—Bueno, no importa son de la misma familia de felinos, —dijo Narciso con cierto estrés porque no sabía cómo se iban a bajar del árbol para continuar con su misión.
—Calma bro, tengo una idea. —Le dijo Nardo con tranquilidad, porque sabía que su hermano se había puesto nervioso—. Miren allá, esos son los árboles que caminan. —Dijo señalando unas palmeras cuyas raíces estaban en el aire y solo las puntas se veían metidas en la tierra.
—La socratea exorrhiza. —Dijo Narciso admirado.
—La misma. —Dijo riéndose Nardo porque el nombre científico nunca se le quedaba en su memoria.
Con una liana llegaron hasta los pequeños árboles. Cada uno se posicionó en la copa y se agarraron de las palmas y a sus órdenes comenzaron a caminar, sacando una raíz de la tierra y enterrándola en el tramo siguiente avanzando diez metros a la vez. Los jaguares se asustaron y corrieron en otra dirección. No los molestaron más durante la travesía. Llegaron a un claro y los árboles se sintieron bien de recibir la luz del sol y se detuvieron.
—Hey ¿por qué se detuvieron? —Pregunto Cesalpinia.
—Ellos se mueven solo para recibir la luz del sol, cuando el follaje de los demás árboles les tapa la luz. —Les explicó Narciso.
Si continuaban iban a entrar en la espesa selva donde apenas se veían los rayos del sol penetrar entre el follaje. Fue por eso de que los árboles decidieron quedarse donde se sintieron a gusto.
Continuaron avanzando, por ratos por aire, por ratos por tierra. Se aproximaban a otra fuente de agua, cuando fueron sorprendidos por una anaconda que viajaba en busca de una presa.
Violeteira lanzó un grito. Todos voltearon a ver el reptil, que al grito paró su camino para voltear a ver y sacar su lengua para censar la presencia de algo que pudiera interesarle. Cesalpinia tomó a su hermana que se había quedado petrificada viendo al reptil.
—¡Corran! —Gritó Cesalpinia.
Los cuatro chicos subieron por las lianas nuevamente para huir del lugar.
—Lo siento, me salió por sorpresa. No pude evitar gritar. —Dijo Violeteira.
—Hey, no te preocupes, cualquiera se asusta con esa culebra, si era enorme. —Dijo Narciso impresionado.
—Silencio, oí algo. —Dijo Nardo en el momento en que les hacía señas de que se escondieran entre el follaje de un árbol de hule.
Al grito de Violeteira los hombres se pusieron alertas también y buscaron en el lugar donde habían estado los chicos. Alguien gritó al ver la culebra y se oyeron disparos.
—Ya saben que hay alguien más en la selva. —Concluyó Narciso.
—Fue mi culpa, —dijo en susurro Violeteira— no debí ser tan escandalosa.
—No te culpes, yo me asusté también, esa culebra era gigantesca. —Dijo Nardo—. Tratemos de alejarnos lo más que podamos de esos hombres.
—Era una anaconda. Esta es la segunda vez que nos asusta. —Dijo Cesalpinia auxiliando a su hermana con agua—. La primera vez teníamos siete años cuando apareció en el pueblo justo frente a nosotros. Mi papá le dio con un machete en el justo momento en que su cola nos iba a agarrar.
—Dios mío, eso debió ser aterrorizante. —Exclamó Nardo de solo imaginárselo.
Ya repuestos del susto, los chicos comenzaron a volar por las lianas otra vez alejándose de los matones, pero procurando no cambiar mucho la ruta que llevaban.
Era el día cuatro de su expedición y estaban al pie de la montaña donde supuestamente habitaba la chica. La montaña tenía tres terrazas, al parecer la chica vivía en la terraza del centro, donde se veía una fortaleza formada por la corteza de árboles que se habían fusionado unos con otros para proteger el lugar y un espeso follaje cubría toda la terraza.
—¿Y cómo vamos a penetrar esa fortaleza? —Preguntó Violeteira al ver los impresionantes árboles que se habían unido entre sí formando una pared tan tupida, que ni un agujero se podía ver por donde pudieran colarse. Su follaje estaba tapando todo el contorno del lugar. Los árboles habían escalado el risco, sin dejar tampoco, un espacio para poder escalarlo.
—Flora dijo que ella posee el don tanto para el bien, como para el mal. Por alguna razón puedo sentir esa vibra mala. —Dijo Narciso tocando la tierra.
—¿Y si intentamos tocarlos para que nos lleven hacia arriba? —Preguntó Cesalpinia; y diciendo esto tocó la raíz de uno de esos árboles gigantes, y de inmediato fue empujado como si una explosión hubiera sucedido frente a él.
Nardo rápidamente hizo crecer un colchón de monte para que no se golpeara.
—¿Cesal estás bien? —Preguntó Violeteira yendo a auxiliarlo.
—Sí, gracias por el colchón, eso fue fuerte. —Dijo levantándose aturdido.
—Creo que debemos hacer crecer nuestro propio bejuco para subir hasta el tope sin tocar los árboles. —Dijo Nardo viendo hacia arriba. La altura era como la del edificio más grande del mundo y tenía una caída de agua que alimentaba un pequeño río.
—Por el lado de la caída de agua sería conveniente, porque el agua nos ayudará. —Dijo Narciso analizando el contorno.
Comenzaron a hacer crecer una madreselva de las más fuertes, con los que las tribus del Amazonas fabrican muebles, balsas entre otras cosas. Los cuatro se habían tomado de las manos para hacerla crecer y subir. El rocío del agua que caía les daba energías para continuar.
—Nos falta poco. —Dijo Nardo animando al grupo que se veía cansado. Llevaban ya dos horas haciendo crecer el bejuco para subir. Por arriba divisaron un agujero entre el follaje de los árboles.
—Por ahí — Les señaló Nardo. El bejuco que no paraba de crecer se dobló para llevarlos al agujero, pero el follaje de los árboles les cerró el paso y solo Cesalpinia, quien iba en la punta, se soltó y cayó dentro de la fortaleza en una poza de agua. Su hermana lo siguió, pero fue agarrada por una rama. Violeteira gritaba porque la rama la tenía fuertemente atrapada.
Estimulado por el agua del manantial, Cesalpinia tocó el suelo para hacer crecer un árbol y llegar hasta su hermana; pero en ese momento vio una figura que aparecía deslumbrante frente a él y le impedía que hiciera crecer el árbol. Cesalpinia estaba con la boca abierta. La chica era de una rara belleza, blanca impecable, cabello rubio casi blanco largo y ondulado, cejas negras y ojos pardos. Vestía una especie de calzoneta de dos piezas hecha con el algodón que sale de la semilla de la ceiba y tal vez confeccionada por ella misma porque la costura se veía un poco burda.
—Daisy —La llamó Cesalpinia. Ella bajó sus vibras al escuchar que alguien la conocía y el árbol dejó de apretar a su hermana— Daisy, yo soy Cesalpinia, ella es mi hermana Violeteira, tenemos la marca de la naturaleza igual que tú. —Le dijo con tacto mostrándole el antebrazo y viendo el de ella con el lunar en forma de hoja.
Daisy volteó a ver hacia arriba y aflojó la presión de la rama que tenía a Violeteira sujeta, cual si fuese una mano gigante, pero no la soltó.
—Pruébalo. —Dijo con una voz imperiosa.
Cesalpinia no se le ocurrió otra cosa que hacer crecer una hermosa orquídea, tal vez inspirado por su belleza.
—Ves. Deja suelta a mi hermana. Por favor.
Daisy solo lo observaba.
—Daisy, escucha, hay gente mala que quiere atraparnos y utilizarnos para hacer cosas…
—Ya lo han intentado. —Dijo interrumpiéndolo, como diciendo no me impresionas, ni me da miedo.
—Daisy, tú eres de los nuestros, debes venir con nosotros a la escuela, ahí estarás protegida y aprenderás muchas cosas. —Le dijo Cesalpinia.
Daisy subía por las ramas que iban creciendo a medida que ella iba subiendo, como una escalera, hasta llegar donde Violeteira.
—Hola Daisy, yo soy Violeteira, y afuera están dos de nuestros amigos. Venimos a llevarte a la escuela, donde estamos todos los que tenemos este don de la naturaleza. Ahí estarás protegida y te sentirás en familia. —Le dijo para tratar de convencerla.
—Todos creen que estoy loca. —Dijo bajando nuevamente.
—No, no lo estás. —Dijeron los gemelos al mismo tiempo.
—Será mejor que se vayan. —Les dijo haciendo que una rama cogiera a Cesalpinia para tirarlo al otro lado, pero él se esquivó y envió una enredadera a atrapar a Daisy.
—Escucha Daisy. No nos iremos sin ti. La naturaleza te necesita. —Le dijo autoritario tomándola de los hombros y viéndola fijamente. Su belleza lo debilitó por un momento.
Ella se lo esquivó y secó la enredadera que la tenía atrapada. Lo hizo con tanta furia que Cesalpinia la soltó. Daisy comenzó a correr.
—Ah no, venga para acá, señorita rebelde. —Dijo Cesalpinia más determinado a atraparla.
Afuera, los gemelos estaban luchando por mantenerse en la enredadera, la que se iba secando poco a poco, luego se detenía.
—¿Qué estará pasando? —Preguntó Nardo casi cayéndose.
—Creo que ella está en una lucha interna con sus sentimientos. —Dijo Narciso apenas sostenido de una de las guías.
Nardo, en esos momentos caía al vacío por el lado contrario por el que habían subido, cuando la rama en que estaba sostenido se secó completamente.
—¡No, Nardo! —Gritó Narciso y comenzó a bajar, pero la planta se secaba y se caía con él. Cayó en un pequeño claro a la par de la cascada. La enredadera se había atascado entre dos árboles que le dieron la oportunidad de saltar sin mayor daño. Pero cuando cayó, fue atrapado de inmediato por los hombres que habían visto en el camino. Lo metieron en una caja negra con un pequeño respiradero.
Nardo se reponía de la caía. En el último tramo antes de tocar el suelo, uno de los árboles que mandaba Daisy sacó una rama para cacharlo y depositarlo suavemente en el suelo, a su grito de ayuda.
—Por aquí cayó el otro. —Dijo uno de los matones.
Nardo se confundió con la maleza. Cuatro hombres armados pasaron frente a él. Sintió la angustia de su hermano y se fue sigiloso siguiéndolos hacia el campamento donde lo pusieron en custodia de dos matones. Narciso golpeaba fuertemente la caja. Nardo vio que los hombres estaban armados hasta los dientes. Vio a su alrededor si podía utilizar alguna planta en su favor, pero era solo maleza. Apartó unos troncos de un árbol caído y ahí estaban, hongos de todo tipo. ¿Qué le había explicado el profesor de Botánica sobre los hongos? Pensó en que debió poner más atención, en lugar de estar pensando en las chicas. Al ver un hongo con cabeza roja, de inmediato se le vino el hongo que hacía crecer Tulipán, el alucinógeno. Lo hizo crecer para que las esporas fueran respiradas por los matones y esperó. Momentos después, uno de ellos comenzó a cantar.
—Qué bella es la selva —Dijo el otro matón dejando el arma y abrazando un árbol.
—Si, se mueve —Dijo el otro viendo hacia arriba y comenzando a dar vueltas como una bailarina.
—Ush, eso es raro. —Dijo Nardo para sí. Luego aprovechó que los dos habían bajado la guardia sobre el cajón negro haciendo y diciendo cosas divertidas y sin sentido. Se fue sigiloso a sacar a su hermano.
Narciso salió del cajón en silencio y volvieron a ponerle el pasador.
—¿Hay noticias de Cesalpinia y Violeteira? —Preguntó Narciso alegre de ver a su hermano.
—Nop. —Dijo con preocupación.
—Debemos ir a ayudarlos. —Dijo Narciso y vio a los matones bailando y hablando tonterías—¿Qué les diste a esos hombres? —Le preguntó subiendo una ceja.
—El hongo alucinógeno. —Dijo Nardo divertido.
—¡Eso es! —Exclamó Narciso con renovada esperanza de penetrar la fortaleza que había construido Daisy—. El hongo que pudre la madera. —Le dijo viendo a su hermano.
—¿El moho? —Preguntó Nardo sin entender.
—Por simple que parezca. —Le dijo Narciso y se colocó bajo la caída de agua. Entre los dos comenzaron a hacer crecer una tela verde de moho que iba cubriendo el árbol. Los chicos comenzaron a escalar por el tronco que se deshacía a medida que el moho lo iba atacando de una manera acelerada.
Los hombres regresaban sin haber encontrado a los chicos, y confiados en que Narciso todavía estaba en la caja, les dijo a los otros que llamaran por el helicóptero, para explotar la copa de los árboles y penetrar en el refugio que había creado Daisy.
Mientras tanto, Cesalpinia trataba de razonar con ella. Le mandó una enredadera para detenerla y derribarla. En el suelo, Cesalpinia se puso sobre ella para detenerle las manos y que no hiciera contacto con la tierra. Al contacto con sus manos ella sintió las vibras de Cesalpinia y se le quedó viendo.
—Somos iguales. Ves, somos hermanos. —Le dijo Cesalpinia que también la había sentido. Ella ya no opuso resistencia y se soltó. Cesalpinia la ayudó a levantarse.
En esos momentos, el árbol atacado por el moho había hecho un pequeño espacio y entraban rodando Nardo y Narciso. Los dos se quedaron viéndola boquiabiertos. Los rayos del sol que penetraban por el pequeño orificio la iluminaban como si fuese una escultura de museo.
—Ah, ellos son Nardo y Narciso. —Dijo Cesalpinia presentándolos.
Violeteira, que en esos momentos era soltada por el árbol, caía sin poder detenerse. Nardo reaccionó enviándole un colchón de monte.
—Pensé que nadie se ocuparía de mí. —Dijo viendo a los tres en estado de contemplación como si Daisy fuese una obra de arte.
En esos momentos, un fuerte impacto abría un agujero entre los árboles que formaban la fortaleza.
—¡Huyamos! —Dijo Nardo.
Violeteira corrió al agujero donde los gemelos habían entrado. Cesalpinia le tomó la mano a Daisy para salir por el agujero, pero ella estaba petrificada por el estruendo. Se había acurrucado y tapado los oídos. Un disparo que lanzaba una red los atrapó y otro atrapó a los gemelos. Solo Violeteira había logrado salir por el agujero. Y vio con horror como le inyectaban algo en la nuca y los dormían.
A Flora se le había hecho tarde para acudir a ayudar a los chicos, su salud se degradaba cuando un bosque agarraba fuego o lo cortaban para hacer casas, o grandes proyectos como aeropuertos, estadios o fábricas. Los incendios estaban ocurriendo con más frecuencia y ella estaba bien débil para salir. Los doctores que trabajaban de voluntarios en el núcleo la estaban atendiendo para reanimarla.
Violeteira estaba petrificada, sin su hermano se sentía impotente. Su cabeza no le mandaba buenas ideas, solo estaba en pánico y sola. Una de las enredaderas la abrazó al sentir su tristeza y la subió a uno de los árboles para darle protección. Ella reaccionó.
—Debo seguirlos—, pensó. Ahora que las malas vibras se habían ido, podía manejar la naturaleza. Vio con horror como el helicóptero subía a los cuatro chicos adormecidos en las redes.
—No, debo hacer algo. —Se dijo. Tocó uno de los cedros para que una rama agarrara las redes. Se sorprendió de sentir la fuerza que emanaba de su corazón al hacerlo. Comenzó a confiar en sí misma de que podría rescatarlos.
—Hay alguien más. —Gritó uno de los matones. —Vayan a buscarlo.
Los cuatro matones armados registraron la fortaleza sin encontrar quien hacía que la naturaleza se opusiera a sus propósitos.
Violeteira estaba escondida entre el follaje mientras hacía que la rama halara a los chicos y se trajera el helicóptero. Al sentir que iban a estrellarse, el piloto soltó las dos redes con los chicos, y salió de ahí. La rama los depositó suavemente en el suelo.
El cabecilla de la banda estaba furioso. Comenzó a disparar a todos los árboles alrededor haciéndoles tanto daño, que Violeteira recibió un impacto y casi se cae de donde estaba escondida, pero una rama la agarró y la protegió. Los otros matones lo imitaron, y dispararon a diestra y siniestra, pero Violeteira seguía escondida entre el follaje. Asustada por los disparos, se tocó el hombro, porque le dolía mucho. Vio con horror que sangraba con profusión. Le habían dado en el hombro y al poco rato se desmayó por la pérdida de sangre. El piloto ya no regresó y los matones tuvieron que cargar a cada chico para poder bajar de la montaña con los lazos.
Habían pasado unas dos horas, cuando Violeteira se levantó desubicada. Las imágenes comenzaron a inundar su mente. Ya nadie estaba en el lugar. Vio su mochila tirada en el suelo y una rama la bajó con cuidado. Comenzó a buscar semillas de plantas curativas y encontró cola de caballo (Equisetum robustum) y la hizo crecer, rápidamente se aplicó a la herida un paño con el tallo machacado que ayudaba a la cicatrización. Luego se lo vendó como pudo. Cuando iba bajando, también la luz del atardecer se iba apagando y sintió miedo. Los ruidos de la noche, como el graznido de aves nocturnas, le erizaban la piel. Llegó al campamento donde habían estado los matones y vio con desesperación que ya lo habían levantado. Ya no tenía esperanzas de alcanzarlo, no sabía cuánto tiempo había pasado.
—¿Para dónde se fueron? —Preguntó con una voz quebrada, a punto de llorar, cuando un camino hecho de hongos bioluminiscentes se le presentó enfrente.
Alegre por su descubrimiento, comenzó a seguirlo por aire, porque tenía miedo de los animales salvajes. Iba despacio porque solo podía agarrarse de las lianas con una mano. Después de unas horas de camino y cansada de tanto esfuerzo, divisó a lo lejos una luz. Los matones habían acampado y estaban descansando. Con renovado esfuerzo se fue acercando y vio que dos matones estaban custodiando las cajas negras.
Violeteira vio que su pulsera dio señales de vida y se dispuso a enviar un mensaje a los gemelos Patel. Ya que eso significaba que estaban cerca de alguna población y ya en la ciudad le iba a ser difícil rescatarlos. Los Patel se pusieron en contacto con una organización de amigos del Amazonas. Después de un buen rato, Violeteira recibió la mala noticia de que no pudieron conseguir voluntarios para rescatar a los chicos, porque el riesgo era bien grande. El hecho de enfrentarse a matones armados no era para los voluntarios algo habitual. Por otro lado, la policía que patrullaba los parques había sido comprada por los matones, de otro modo no hubieran podido introducir armas, ni entrar en la selva.
Violeteira había sido informada de que no contaría con ayuda, a menos que Flora apareciera y por el momento ella estaba recuperándose. Ella cerró los ojos para concentrarse en un plan. Subió a un árbol para ver mejor el panorama. Había cuatro cajones negros y dos sujetos sentados en dos de ellos. Estaban fumando y prestando atención a cualquier ruido. Repartidos en las tiendas de campaña estaban los otros seis. Violeteira hizo que dos enredaderas los picaran como si fuesen serpientes. Los sujetos se asustaron y comenzaron a chillar y despertar a los demás, diciéndoles que habían sido mordidos por serpientes. Al escándalo, Violeteira bajó con una rama para abrir el primer cajón. Saltó Daisy del cajón y comenzó a correr para perderse en la selva.
—Hey espera. —Le gritó Violeteira indignada.
Uno de los matones vio que se escapaba Daisy. Ordenó que iluminaran todo el lugar y la buscaran. Los seis matones comenzaron a correr detrás de las chicas.
Violeteira se fue corriendo detrás de ella también. Se perdieron de los matones cuando Violeteira les envió pista falsa, haciendo que la maleza se moviera en otra dirección como si hubieran pasado por ahí.
—Daisy. —La llamó en voz baja— Sé que estas allí —le dijo viendo un arbusto donde estaba mimetizada— Tienes que ayudarme a rescatar a los demás.
—Ustedes los trajeron. —Le dijo enojada.
—No, los encontramos en el camino. Eres noticia, en todos lados está el video de cuando despachaste con la rama de un cedro al sujeto que quería penetrar tu fortaleza. Supimos entonces que eras de los nuestros y nos comprometimos con Flora para rescatarte antes que esos matones. —Le contó Violeteira.
—¿Flora? —Preguntó acordándose que se le había aparecido en varias ocasiones; ella pensaba que eran alucinaciones y no le daba importancia. La razón era que, en varias ocasiones, y antes que la dejara su padre abandonada en la selva, los familiares de su padre le habían dicho que ella presentaba síntomas de locura.
—Supongo que la conoces. —Dijo Violeteira con suspicacia.
Daisy no contestó.
Comenzaba a amanecer y sería más difícil el rescate porque estarían expuestas.
—Bien, si no quieres ayudarme, entonces espérame aquí. Iré a rescatar a mi hermano y mis amigos. —Le dijo Violeteira volviendo a sentirse débil por la pérdida de sangre y sosteniéndose del árbol cercano a ella. La herida se le había abierto de nuevo.
—¿Estás herida? —Le preguntó Daisy saliendo del arbusto donde se había mimetizado y viendo la venda sangrada.
—Sí, una de las balas me pasó rozando el hombro. —Le dijo tocándosela y sintiendo mojado por la sangre que brotaba sin parar.
Daisy tocó la tierra y comenzó a crecer un arbusto. Cortó las primeras hojas y le cambió la venda por otra con achiote, una planta medicinal que la utilizaban los nativos del Amazonas para las infecciones y las heridas.
—Gracias. —Le dijo sintiendo el alivio de inmediato.
Violeteira se acercó nuevamente al campamento para analizar sus opciones. Estaban levantando las tiendas mientras esperaban a los otros que habían salido tras ellas. Los tres chicos habían despertado y trataban en vano de abrir las cajas.
Los tres matones regresaban y ayudaban a cargar las cajas, mientras los otros llevaban los demás bultos. Violeteira vio la oportunidad de rescatarlos por aire con las lianas. Se adelantó al camino para emboscarlos más adelante. Se concentró en tres lianas para que agarraran las cajas y las subieran.
Los matones que las llevaban se quedaron desconcertados. El plan dio resultado y las lianas subieron las cajas hasta donde estaba Violeteira. Los hombres alumbraron donde estaba subida y apuntaron con sus armas. Había sido descubierta.
—Bien señorita, bájelos ahora o le disparamos a tus amigos. —Dijo el cabecilla apuntando a una de las cajas.
En esos momentos, una fuerza invisible envió a los matones fuera del lugar. Luego las enredaderas los hicieron viajar a través de la selva para perderlos por diferentes direcciones. Violeteira pensó que había llegado Flora al rescate, pero vio con sorpresa que fue Daisy.
—¡Guau, Daisy, eso fue asombroso! —Le dijo Violeteira admirándola.
Sacaron a los chicos un poco desubicados por la droga, pero contentos de verlas. Cesalpinia abrazó a su hermana con alegría de que estuviera a salvo y se preocupó de la herida. Daisy solo los veía. Sentía algo que nunca había experimentado en su vida. Era atractivo para ella el cariño que se profesaban los cuatro. Ya que también Nardo y Narciso se abrazaban con alegría.
—Ella me la curó con achiote. —Le dijo Violeteira con alegría.
—Gracias Daisy. —Le reconoció Cesalpinia dándole la mano.
—Sí, gracias por ayudar a salvarnos. —Le dijeron los gemelos dándole la mano también.
Ella solo los vio y vio las manos extendidas. Despacio extendió la mano también. Sintió las buenas vibras de los tres chicos, la sinceridad y el cariño, algo que ella nunca había sentido en su vida.
—Bueno, regresemos entonces. —Dijo Violeteira.
—No he dicho que iré con ustedes. —Dijo Daisy quedándose atrás.
—Ah no Daisy, ¡No arriesgué el pellejo por nada! —Le dijo bruscamente Violeteira. Cesalpinia le hizo señas de que se callara y se regresó para platicar con ella.
—No tienes opción Daisy. —Le dijo Cesalpinia. —Ya viste lo que esos hombres pueden hacer. Vendrán otros y otros. Esto no terminará. Además, no estás aquí solo para defenderte, sino que tu vida tiene otro propósito. El más hermoso de todos. —Le dijo Cesalpinia.
—¿Cuál? —Preguntó sin entender de que le estaba hablando, pero oírlo hablar era como un estimulante y le gustaba su voz.
Él se le acercó.
—¿Quieres que toda esta inmensa selva se pierda? —Le dijo viéndola a los ojos.
—¡No! —gritó con angustia.
—Bien, porque tú con tu fuerza y tus dones ayudarás a que eso no pase, porque todo esto está en riesgo de perderse.
—¡No! —Dijo con horror de imaginárselo y lo abrazó instintivamente para sentir su protección.
Cesalpinia fue tomado por sorpresa por ese efusivo abrazo. Los gemelos le hacían señas de que la abrazara también.
—Bien, ahora tenemos que regresar porque hemos perdido tiempo. En el camino te contaremos todo acerca de la escuela y los otros chicos del grupo. —Le dijo separándola.
Oyeron a lo lejos que los matones estaban disparando, como para ubicarse de nuevo y volver a reorganizarse.
—Vamos por este lado. Alejémonos de ellos. —Dijo Nardo.
Cesalpinia ayudaba a su hermana a viajar por las lianas para ir más rápido, porque su brazo aun le dolía. Daisy era una experta en viajar por lianas, según habían observado los gemelos. Cuando se detenían para tomar agua y comer, Cesalpinia y Violeteira le explicaban a Daisy sobre la escuela. Los gemelos solo observaban y sonreían porque no sabían portugués.
La selva era como un supermercado, encontraban frutas frescas para comer y darse energía para continuar. Daisy les mostraba las frutas que se podían comer. Les contó cómo vivió un tiempo con los indígenas del lugar y aprendió mucho sobre las plantas medicinales, y como tuvo que huir de ahí cuando alguien descubrió que podía hacer cosas que nadie más podía y se la querían llevar. Torturaron a los de la tribu para que dijeran donde se había escondido Daisy y todo terminó en tragedia. Ella tenía diez años. Desde entonces decidió vivir sola.
—Es impresionante cómo pudiste vivir sola en la selva. —Le admiró Cesalpinia.
Daisy le sonrió. Por primera vez la vieron que sonreía y volvieron a quedarse boquiabiertos por la expresión de dulzura que tenía al hacerlo.
—Es una belleza. —Exclamó Nardo suspirando.
—Gracias. —Le contestó Daisy en inglés.
—Espera, ¿sabes hablar inglés? —Le preguntó Nardo.
—Un poco. Un misionero americano que llegó a la aldea me lo enseñó. —Les contó con marcado acento.
Violeteira le dijo que debía cambiarse con ropa apropiada porque pronto llegarían a la ciudad y Daisy asintió. Sacó de su mochila una mudada extra que llevaba y se la dio. Comenzó a cambiarse a la vista de todos. Los chicos no hallaban para donde ver.
—No delante de ellos. —Le dijo Violeteira llevándola detrás de arbustos. No entendiendo porque, Daisy solo la seguía. Entendía que había cosas que debía aprender del mundo que había olvidado y dejado atrás. Ella apenas recordaba sus años que vivió con su padre y que se cambiaban de casa seguido. Las costumbres de las personas de ciudad se le habían borrado de su mente por la furia que sentía de haber sido abandonada, sin mayores explicaciones. Solo recordaba que llamaba a su padre llorando por toda la selva y pidiéndole perdón por algo que no entendía que había hecho mal, y prometiéndole que no lo volvería a hacer. Después de años llorándolo, decidió borrar el pasado y vivir recluida en su fortaleza.
DESCRIPCION DEL LIBRO
Los chicos con la marca de la hoja deberán enfrentar un reto grande, no solo reforestar las partes mas agrestes de Africa, sino tambien llevar a cabo un rescate que no estaba en los planes.

