Capítulo 1
LOS PERDIDOS
Y ENCONTRADOS
El grupo de Nardo estaba preocupado por el hecho de separarse de sus amigos. Cada uno en silencio estaba preparando su mochila. Todos lo habían acordado, porque era lo correcto que se debía hacer, pero en el fondo querían que todo hubiese salido bien, que todos los chicos de la escuela estuviesen en la montaña, que ninguno se hubiera perdido en lo que tenían que hacer. Les preocupaba el grupo de Pentas, tan alejado ya de la misión para la cual todos estaban de acuerdo realizar desde que salieron de la escuela. Todos sabían los riesgos, todos sabían que no iba a ser fácil y todos firmaron para salvar a la humanidad de perecer ante las catástrofes.
Nardo estaba con la esperanza de encontrar a los chicos perdidos y luego pensar en cómo regresar a los grupos en la correcta dirección que llevaban. Le preocupaba, además, la importancia de tener a todos los grupos para el día determinado. Se preguntaba si el grupo que faltaba en realidad se perdió en medio de alguna catástrofe. Nardo no era tan negativo, pero ante la realidad de lo que había escuchado de los grupos, comenzaba a tener dudas.
Narciso, por otro lado, le preocupaba la fecha. Tenía también sus dudas y aunque hubieran hecho los cálculos nuevamente y la confirmaron todos los que sabían hacerlos, algo no le cuadraba. Se frustraba de que no sabía exactamente que era. Sentía que algo no estaba bien y no había forma de comunicarse con la escuela para confirmar la nueva fecha. Con esto en su mente se despidió sus amigos.
Los compañeros de Hibiscus trataban de que razonara y no fuera a buscar a Zinnia, le decían que era una misión descabellada y peligrosa.
—Hibiscus, yo no creo que Zinnia, Marigold, Crisantemo, Gladiolo y Pepeto se hayan salvado de la erupción del volcán. Yo vi cuando la lava cubrió la zona donde estaban y vi cuando Marigold y Cris se estaban quemando. —Le dijo Melissa, muy sentida porque Pepeto era su novio y Gladiolo era el novio de Dáfodil, su mejor amiga.
—Mira Melissa, si no los busco, nunca lo sabremos, y dile a Dáfodil que vendré con su novio, si todavía no lo ha olvidado. —Le contestó y la hizo a un lado para salir del campamento.
—Pero, es peligroso. —Le dijo Melisa tratando de detenerlo.
—Déjalo, —le dijo Fresno deteniéndola—, es su decisión.
Fresno era un chico que quería el liderazgo del grupo, y aunque ya no era apoyado por haberse perdido en las fiestas de Pentas, seguía tratando de convencer al grupo, y vio la oportunidad de estar a cargo mientras Hibiscus andaba afuera.
—Te veré pronto hermano. —Le dijo Nardo a Narciso— Y tú hermanita cuídate mucho.
—Con Dios de nuestro lado, tenlo por seguro. —Le contestó Rosa.
Después de las despedidas, las dos expediciones comenzaron su camino por diferentes rutas. El de Narciso la ruta del grupo de Mirto, hacia el norte; y el de Nardo la ruta del grupo de Hibiscus, hacia el este.
El grupo de Pentas ni siquiera se había levantado todavía, para cuando salieron los expedicionarios. Se habían desvelado toda la noche celebrando y bebiendo hasta que los efectos del alcohol hicieron que cayeran intoxicados.
En el camino descendiendo la montaña, Nardo iba conversando con Hibiscus.
—¿Qué le ha pasado a tu grupo? ¿Por qué no te apoyan? —Le preguntó Nardo con curiosidad, porque ningún chico se apuntó para ayudar en la búsqueda de sus compañeros.
—Desde el principio tuve dificultades en liderar al grupo porque hay otro chico, Fresno, que quería hacerlo. No sé por qué la directora no lo escogió a él. —Hizo una pausa para pensar—, él siempre trató de dividir al grupo, y lo ha conseguido haciendo que algunos se unan al grupo de los drogadictos y borrachos americanos y canadienses que solo pasan haciendo fiestas. Yo no estaba muy bien después de perder a mi novia, Zinnia, y no tenía ánimos para hacer valer mi liderazgo con el grupo, ese fue mi error, y afronto las consecuencias, pero a veces, ni yo mismo creo en lo que estamos haciendo. —Dijo Hibiscus pensativo.
—Encontraremos a tu novia y a los demás, y recuperarás tu puesto. —Le dijo Nardo muy seguro— Yo te entiendo, porque las cosas que no salen como uno lo espera desalientan y uno quisiera renunciar a todo.
—Exacto, y luego uno se cuestiona ¿por qué Dios nos ha abandonado? ¿Por qué dejó que las cosas pasaran de esa manera? —Le dijo Hibiscus sacando su frustración.
—Bueno, —intervino Cesalpinia que iba detrás de ellos escuchando la conversación—, yo creo que Dios no abandona, sino que quiere confirmar que somos capaces de salir adelante no importando las circunstancias adversas. Lo que significa que Dios está en nosotros para hacerlo. Creo que esa fuerza que emana de nosotros cuando cumplimos algo procede de Él. Lo que sucede es que cuando entran las dudas, uno se debilita y perdemos el enfoque de lo que estamos haciendo y a Dios lo dejamos de lado.
—Exacto, —confirmo Nardo—, yo lo tomo como un reto personal de superar cualquier problema que se presente y confiando siempre en el Gran Arquitecto que nos ha seleccionado para esta misión, las cosas cambian a nuestro favor.
—Sí, creo que tienen razón. —Le contestó Hibiscus pensando en esas palabras, que en realidad, tenían sentido—. Es solo que tener a un grupo que no te apoya, es nadar contra corriente. En tu caso veo que todo el grupo es bien unido. En el mío hay una desunión causada por celos de parte del que no logró ser el líder de la expedición.
—Sí, mi grupo es increíble. —Dijo Nardo volteando a verlos con orgullo quedando su mirada en Queeny, quien le dio una sincera sonrisa—. Creo que me he ganado su apoyo.
El día comenzó despejado de nubes, sin embargo, los vientos traían frío y a medida que el tiempo pasaba las espesas nubes que se iban formando tapaban por largo tiempo los rayos del sol.
Agapanto quería abrazar a Violeteira, pero por respeto a Cesalpinia no lo hacía. Violeteira no le había contado todavía que ya eran novios. Le daba un poco de temor de cómo iba a reaccionar. Cesalpinia siempre había sido muy protector con ella, por lo que decidió esperar el mejor momento para contarle.
La expedición caminó por las montañas del valle inundado con rumbo hacia el noreste para luego bajar. Llegaron hasta un risco desde donde veían un río con playas de arena y piedras. Bajaron la pendiente entre resbalones y tropezones hasta llegar a la ribera del río y acamparon.
Les había llovido toda la noche y la mañana traía un frío paralizador, peor que el día anterior. Se pusieron las sudaderas encima de las túnicas de lana. Nardo dispuso que por el río avanzarían más rápido, según las recomendaciones de Agapanto.
Cesalpinia, Queeny y Violeteira hicieron crecer árboles de madera y Gumbo secó los troncos para hacer una balsa. Los eco arquitectos como Margarita y Nacascolo comenzaron a elaborarla.
—No es tan perfecta, pero funciona. —Dijo Margarita con timidez.
—Está excelente. —Le admiró Nardo—. Dejaremos más árboles en la parte alta, porque el río seguirá creciendo.
Dejaron el rastro para el camino de regreso, poblando de árboles la ribera en la parte más alta. Esto le extrañó a Hibiscus y preguntó:
—¿Cómo sabes que el río seguirá creciendo? —Nardo se tardó en contestar porque había escuchado una conversación privada entre Flora y su madre. Y no era una noticia oficial.
—Es obvio que habrá inundaciones porque seguirá lloviendo. —Le dijo evitando decirle sobre el segundo diluvio.
Nacascolo y Margarita eran los que se encargaban de la comida y de dejar plantado un huerto para el regreso. No con el esmero de cuando estaba todo el grupo porque se querían lucir con los platillos, pero en lo que podían, ayudados por Daisy, Gumbo, Kunzea y Kapok, lograban alimentarse bien.
Kapok se encargó del timón de cola, mientras Hibiscus, Gumbo, Cesalpinia y Nardo remaban para avanzar más rápido. El río doblaba en unas montañas y el panorama había cambiado radicalmente. La balsa comenzó a navegar más rápido. Los chicos dejaron los remos y vieron que navegaban sobre unos rápidos y que iban al encuentro de lava ardiendo todavía. Era la zona donde el volcán que mencionó Hibiscus había hecho erupción.
—¡Sujétense! —Les gritó Nardo. Todos se amarraron a la balsa y Kapok logró dirigirla hacia la orilla.
—Estamos cerca de donde nos separamos. —Dijo Hibiscus con excitación. Estaba ansioso por encontrar a su novia y al mismo tiempo temeroso de encontrarse con lo peor.
La humedad que brotaba de la lava ardiendo y evaporarse con el agua era sofocante.
Cuando comenzaron la expedición, la directora le había proporcionado al grupo de Hibiscus máscaras contra gases las que utilizaron cuando el volcán hizo su erupción. Hibiscus logró que se las prestaran porque ciertamente que tenían que pasar de nuevo frente al volcán. También tenía un dosímetro que le había dado la directora para detectar radiación ionizante, ya que algunos países del medio oriente estaban en guerra y las bombas nucleares clamaban por reventar. Se colocaron las máscaras para respirar mejor y siguieron caminando donde la lava se había solidificado y no presentaba peligro.
El panorama era oscuro, no solo por la lava negra y seca, sino por las nubes de tormenta espesas y negras combinadas con una densa neblina de cenizas que todavía arrojaba el volcán. Daisy y Gumbo se voltearon a ver afligidos.
—No se preocupen, —les dijo Agapanto— los terrenos con ceniza volcánica son los más fértiles del mundo. Y dicho esto, Daisy intentó hacer crecer un árbol de hule. Se admiró que después de hacerlo crecer no se sintió cansada. La tierra fertilizada le ayudó a crecerlo sin mayor esfuerzo.
—Tienes razón —dijo con animación y siguió haciendo crecer un pequeño bosque para protegerse haciendo que el follaje hiciera de techo, y al mismo tiempo hacer el campamento para protegerse de la lluvia, cenizas y el viento.
—Estas máscaras son un alivio, pero ¿por qué se las dieron, que acaso sabía la directora que iba a explotar un volcán? —Le preguntó Nardo a Hibiscus mientras comían y se calentaban en la fogata.
—La directora nos dijo que el Medio Oriente estaba en guerra. —Contó Hibiscus.
—Pero eso es en el medio oriente. —Intervino Agapanto— Muy lejos de aquí.
—Sí, pero nos dijo que los camiones cargados con material radiactivo usaban la ruta de Egipto para pasar al medio oriente. Y tenía razón, porque nosotros vimos un convoy de camiones con el símbolo radioactivo pasar por la ruta en que veníamos. —Les contó Hibiscus.
—Eso es alarmante. —Comentó Agapanto comenzando a preocuparse.
Llevaban dos meses desde que salieron del campamento. Habían subido y bajado montañas y habían bordeado los ríos solidificados de lava. La esperanza de encontrar a los chicos cada vez se iba desvaneciendo, hasta que llegaron a un lugar desde donde divisaban un bosque.
—Allá —señaló Hibiscus emocionado—. ese fue el último bosque que plantamos. —Dijo y comenzó a correr con la ansiedad de encontrar a su novia.
—Ustedes quédense aquí. —Le dijo Nardo al resto del grupo. Algo en los árboles no le convencía. Estaban rojos.
—Ese bosque está envenenado. —Observó Agapanto.
—Eso pensé. —Dijo Nardo comenzando a correr detrás de Hibiscus.
—Colócate la máscara. —Le gritó Agapanto.
—Hay no, debemos hacer algo. —Dijo Daisy con angustia de ver los hermosos pinos color rojo amarillento.
—Primero tienen que ver qué nivel de contaminación tienen. —Le dijo Agapanto. Para Daisy la palabra era nueva y siguió preguntando. Entre Queeny, Cesalpinia y Agapanto trataban de explicar el término, no solo a Daisy, sino a Gumbo también porque no habían asistido a la escuela.
Nardo ya se había colocado la máscara cuando llegó al lugar. Hibiscus andaba desesperado llamando a su novia, sin ningún éxito. Se extraño del lugar tan diferente de como lo habían dejado, y cuando vio a Nardo, de inmediato realizó lo que pasaba. Sacó su máscara y el detector de radiación. En efecto, los niveles eran medios, pero había radiación.
—Mira allá. —Señaló Nardo. Había en uno de los árboles una nota metida en un plástico y amarrada al tronco. La arrancó y se la dio a Hibiscus, quien nerviosamente la abrió.
“Si alguien lee esta nota, somos cinco sobrevivientes del grupo de Hibiscus. Dos chicos están quemados y creemos que todos estamos contaminados. La lava nos impide llegar a nuestro destino, por lo que hemos decidido caminar hacia el sur”.
Llegaron al campamento con la nota. Hibiscus estaba feliz de saber algo de los chicos y triste porque se habían contaminado.
—Creo que la explosión volcánica fue el detonante del plutonio que llevaba los camiones y alcanzó a contaminar esta zona, porque no encuentro otra explicación. —Dijo Hibiscus con tristeza.
—Deben lavarse la cara y manos con este jabón. —Les dijo Kapok entregándoles un jabón hecho de aceite de olivo con aloe y salvia que habían preparado hacía meses, entre él y Kunzea—. Es lo único que se me ocurre por si se han contaminado superficialmente.
Los chicos hicieron crecer caña de castilla para que absorbiera la contaminación del bosque y al mismo tiempo ayudar a que las coníferas y los abedules se recuperaran. Después de varios días trabajando, vieron como algunos de los árboles comenzaban a brotar hojas verdes.
—Es tiempo de seguir. —Dijo Nardo. Daisy sonrió satisfecha.
Siguieron al sur como indicaba la nota y después de varios días se quitaron las máscaras porque ya no detectaban radiación. Iban dejando en el camino un jardín de flores silvestres para la ruta de regreso. Hibiscus vio a lo lejos un punto verde. Siempre que veía algo verde se alegraba y salía corriendo a ver y luego se quedaba frustrado al no encontrar a nadie. Decidió esta vez no salir corriendo y solo seguir caminando hasta llegar a la zona verde.
—Según el mapa estamos en Sudán, esas montañas dividen el país con Egipto y Libia. —Dijo Agapanto señalando el lugar.
—Parece que hay gente ahí. —Dijo Violeteira.
Apresuraron el paso y era cierto. Había un campamento de la Cruz Roja atendiendo a mucha gente que llegaba en estado deplorable, por las catástrofes y por las guerras. Las tiendas y camillas eran interminables e insuficientes con tanta gente que llegaba a diario buscando refugio, comida y sobre todo atención médica.
Nardo y los chicos llegaron caminando despacio viendo hacia todos lados con cierta preocupación. La gente estaba ida, callada, sentada en el suelo solo viendo sin ver, tal vez analizado todavía lo que estaba pasando sin comprender. Muchos habían perdido no solo sus hogares, sino a sus seres queridos. Muchas madres lloraban a sus hijos muertos, otras lloraban abrazando a sus hijos y pensando en el futuro que les esperaba al ver un panorama tan desolador y deprimente.
De pronto, Hibiscus paró al grupo. Había visto a Zinnia salir de una de las tiendas. Su corazón comenzó a latir fuertemente.
—¡Dios mío, Zinnia! —La llamó. Ella volteó a ver y se tapó la boca realizando el milagro de ver nuevamente a su novio, y se puso a llorar de la emoción.
—Creí que nunca te volvería a ver. —Dijo con voz quebrada abrazándola y besándola emocionado—. Te voy a presentar a Nardo y… —Dijo Hibiscus cuando el grupo de Nardo se aproximó para saludarla y saber lo que le había pasado.
—Yo sé quiénes son. —Dijo Zinnia sonriéndoles y saludándolos.
—¿Dónde están los demás chicos? —Preguntó Nardo.
—A Marigold le han tratado las quemaduras de cuarto grado y no está bien y Crisantemo está recuperándose de una quemadura en la pierna cuando salvó a Marigold. —Dijo Zinnia con preocupación por la chica—. A todos nos han tratado con yoduro de potasio por la contaminación radioactiva. Aunque me puse la máscara desde que el volcán comenzó a lanzar la ceniza y lava, siempre me dieron el tratamiento. Lo que sí tengo es la piel irritada por la exposición. También Pepeto. —Dijo mostrándole los brazos y pecho con un tono rojizo—. También hay tres chicas y dos chicos del grupo de Abedul que están en este campamento. Ellos están contaminados también, pero los están tratando y han hecho crecer algunas legumbres que son ricas en proteínas y potasio para disminuir la radiación en el cuerpo. La sopa de legumbres se ha hecho muy popular por aquí, así como las bananas. —Dijo con sonrisa. Nardo y su grupo le sonrieron con complicidad porque ya sabían a que se referían. Ellos habían hecho crecer las bananas y legumbres sin despertar sospechas.
—Tenemos jabón de olivo con aloe y salvia. —Le dijo Kunzea dándole el jabón— Lávate primero y luego te aplicaré sábila en cuanto encontremos un lugar para hacerla crecer. —Dijo viendo para todos lados sin encontrar un lugar que no tuviera gente.
—Es buena idea, gracias. —Le dijo Zinnia, y continuó—: Nos enteramos también de que un meteorito impactó el polo sur y hay inundaciones en zonas bajas y el agua sigue subiendo.
Hibiscus vio a Nardo con preocupación porque ya se lo había advertido.
—Te lo dije. —Dijo Nardo encogiendo los hombros.
Todos tenían tantas preguntas que hacer que mejor dispusieron buscar un lugar alejado del campamento para poder platicar de todo lo ocurrido y hacer crecer plantas medicinales para ayudar a la gente, lo mismo que plantas alimenticias, porque comenzaba a escasear la comida y la ayuda internacional no había llegado todavía.
Después de acampar y organizarse, fueron a ver a la chica quemada. Estaba en una de las tiendas grandes de la Cruz Roja donde tenían a los pacientes en estado crítico. Cuando vieron a Marigold, se les estrujó el corazón. La mitad de su cuerpo estaba con quemaduras de cuarto grado, o sea la piel derretida y expuesta. La tenían sedada todo el tiempo por los terribles dolores que padecía y un suero la alimentaba.
—Busquemos un mopane. —Les sugirió Gumbo acordándose de como hizo que Nardo sobreviviera.
—Buena idea Gumbo. —Le dijo Nardo.
Daisy y Gumbo fueron a un lugar lejos del campamento, para censar las raíces de alguno que estuviese cerca, pero nada consiguieron. La zona era desértica en su mayor parte, solo unos pocos árboles con alguna esperanza de ser grandes algún día se veían desperdigados.
Los médicos de la Cruz Roja le dijeron al novio de Marigold que iban a tratar de encontrar quien la llevara a un hospital para hacerle trasplantes de piel, pero que su salud seguiría decayendo mientras se buscaban los medios para llevársela. Ese día le dijeron que ya no había nada que hacer; por las condiciones en que se encontraban no les sería fácil conseguir transporte para trasladarla. Las emergencias tenían la prioridad en esos momentos, y en diferentes partes del territorio. En pocas palabras no había esperanza para ella. Los chicos fueron a buscar a Gumbo y Daisy.
—Ya no sigan buscando, ya no hay nada que hacer por Marigold. —Les dijo Nardo consternado de perder a alguien especial. La chica estaba en sus últimos alientos.
—No, debemos salvarla. —Dijo Daisy con lágrimas en los ojos—. Haremos crecer un mopane, eso es. Rápido. —Dijo con determinación. Nardo y los demás asintieron como un último esfuerzo para salvarla.
Los chicos se apartaron hasta un lugar en los alrededores que no tuvieran gente para hacer crecer un mopane sin despertar curiosidad. Los chicos se concentraron para que creciera hasta una edad de cien años, y en su corazón agitado clamaron por Flora. El hermoso árbol comenzó a proyectar un halo amarillento y místico. Todos estaban desmayados por el esfuerzo. Solo Nardo estaba todavía consciente y vio el árbol iluminado; oyó una voz que decía claramente “traigan a Marigold”. Nardo se paró de inmediato y corrió a buscarla.
Su novio Crisantemo estaba a la par de ella muy consternado tomándole la mano y llorando. Su mejor amigo Gladiolo estaba con él dándole consuelo. Hibiscus, Zinnia, Kapok y Kunzea habían tratado con remedios naturales de aliviarle algunas de las quemaduras, auxiliados por Nacascolo y Margarita que hacían crecer la sábila y otros plantas medicinales que les pedía Kunzea, pero todo esfuerzo era infructuoso porque ya era muy tarde para esos remedios.
—Hay esperanza, tráela al mopane. —Le dijo Nardo en voz baja al novio.
—¿Al mopane? —Preguntó Crisantemo sin entender.
—Luego te explico, pronto. —Le dijo Nardo.
El Crisantemo la cargó en sus brazos. Un enfermero de la Cruz Roja les hizo parada.
—¿A dónde se la llevan? —Les preguntó preocupado viéndolos a todos sin entender. Nardo sacó polen del floripondio y se lo sopló para que no siguiera deteniéndolos. Todos se colocaron alrededor de los chicos para cubrirlos y llegar al lugar sin contratiempos.
Llegaron al mopane y entre Kapok y Nardo la metieron con cuidado en la corteza. El inmenso mopane la absorbió con ternura hasta su corazón, para asombro de Crisantemo. Él había escuchado algo sobre los espíritus de los árboles porque uno de su grupo tomó la clase, pero él lo estaba descubriendo en esos momentos. Nardo le explicó cómo funcionaba y que Flora estaba en el árbol ayudándola. Los chicos se sentaron alrededor del árbol para rezar por ella, mientras Kunzea y Kapok auxiliaban a los que se habían desmayado por el esfuerzo.
—Iré a hablar con los chicos que se fueron del grupo de Abedul. —Dijo Nardo, mientras los chicos acampaban alrededor del árbol. Hibiscus y Zinnia lo acompañaron.
Los cinco chicos estaban en una de las tiendas donde tenían en tratamiento a todos los contaminados por radiación. Les prohibieron entrar por la misma razón. Nardo tomó de escondidas dos de los trajes blancos que cubrían desde la cabeza a los pies para poder entrar junto con Hibiscus. Los chicos se alegraron de verlos y les contaron porque se fueron del grupo de Abedul.
—Abedul nos tenía en un régimen religioso del que nosotros no estábamos de acuerdo y que ni en la escuela nos tenían bajo esa disciplina tan rigurosa. —Dijo Petunia, una de las chicas desertoras.
—Mi hermana Laurel y yo decidimos salirnos del grupo y también nuestros tres amigos quienes tampoco estaban de acuerdo con la forma en que Abedul nos trataba. Al final dijo que ya no íbamos a seguir las indicaciones de la directora sino las de él. Y que nos quedaríamos a vivir en la montaña porque éramos los elegidos. Eso fue lo que nos motivó a salirnos del grupo. —Dijo Brezo viendo a sus amigos.
Bueno, se pueden unir a nuestro grupo si quieren, entiendo que el número de chicos tiene que ser exacto para llevar a cabo la siembra de los hiperiones. —Le dijo Nardo.
—Con relación a eso, Abedul nos dijo que esas semillas de los hiperiones no existían. Nos dijo que era un mito y que solo él tenía el poder de salvarnos. Solo hablaba cosas raras como si él fuera un mesías o algo así. —Le contó Lauro.
—Sí, tiene al grupo bien seducido con sus palabras. —Le contó Laurel.
—Es bien convincente cuando habla. —Dijo la otra chica llamada Eugenia.
—Mi hermano tiene las semillas. Es una larga historia de como las conseguimos, pero debemos sembrarlas y son 120 exactas. —Le dijo Nardo.
Los chicos se vieron como preguntando si seguían con el plan. Tenían expresiones de duda y las chicas negaban con la cabeza, por el hecho de que no querían volver a ver a Abedul.
—Abedul es un fanático religioso y no quisiéramos tener algún altercado con él, si regresamos. —Dijo Eugenia.
—Bueno, si cambian de opinión ya saben dónde queda el lugar. Solo estamos esperando que Marigold salga recuperada del mopane para partir. —Les dijo Nardo.
—¿Del mopane? —Preguntó Laurel.
—Creo que nadie tomó la clase de los espíritus de los árboles. —Le dijo Nardo a Hibiscus.
—Ni yo tampoco, pero después de lo que acabo de ver, me arrepiento de no haberlo hecho. —Le dijo Hibiscus.
Nardo comenzó a explicarles y les dijo que ellos podían también entrar en el mopane para curarse de la contaminación. Los chicos se alegraron con la noticia, aunque su condición había mejorado considerablemente, gracias a los alimentos naturales, convinieron en ir al árbol.
Los días pasaban y Nardo se preocupaba, ya que el camino de regreso les tomaría otros tres meses y con suerte que llegarían para la fecha del equinoccio de septiembre, si la chica salía del árbol. Estaban comentando las fechas con Agapanto, cuando de pronto, vieron una pierna salir del árbol.
—Miren. —Gritó Iris. Todos se acercaron a ver.
Marigold salía repuesta completamente y sin ninguna señal de sus quemaduras en su piel. Crisantemo la abrazó llorando de la alegría. Todos los chicos la rodearon al verla.
—No tiene ni una cicatriz en la piel. —Dijo Queeny admirada y dándole una túnica para que se vistiera.
—Gracias Dios mío, siento que tengo tanta energía como para hacer crecer un bosque entero. —Dijo Marigold con una simpática sonrisa.
—Eso dijo Nardo, también. —Comentó Gumbo.
—Iré a buscar a los cinco chicos contaminados para que entren en el árbol y ojalá que decidan continuar con la misión. —Dijo Nardo.
Los chicos iban escabulléndose de uno en uno para entrar en el mopane y al cabo de una semana todos estaban curados. Los cinco estaban felices y celebrando con el resto del grupo.
Petunia se había unido con Nacascolo y Margarita para hacer la comida. Ella era la cocinera designada en el grupo de Abedul y no la dejaba hacer otra cosa, al igual que Eugenia y Laurel.
Nacascolo llegó con la noticia de que la ayuda internacional había llegado y estaban repartiendo comida, agua, ropa y zapatos. Los chicos consiguieron ropa de las donaciones, porque todos habían crecido un poco y la ropa y los zapatos ya no les quedaba muy bien y aunque habían hecho algunas transacciones de frutas por ropa con las tribus nómadas, necesitaban nuevamente de zapatos y ropa para el frío.
—Le conseguiré a Kadota ropa de niño. —Dijo Iris buscando ropa pequeña entre las donaciones.
—Bueno ha llegado la hora de partir, espero que hayan decidido unirse a nuestro grupo. —Les dijo Nardo a los cinco que habían desertado del grupo de Abedul.
Todos negaron.
—No podemos soportar la idea de verlo de nuevo. Creo que mejor nos quedaremos por aquí a ayudar a esta pobre gente. —Dijo Laurel.
—A menos que nos necesiten desesperadamente, nos uniremos con ustedes. —Dijo Petunia viendo a Nacascolo, con quien había hecho una buena amistad porque sabía cocinar.
—Bueno, ya les dije que el número de hiperiones es 120. Y ustedes cuentan en ese número. Solo les pido que lo piensen, no tienen por qué estar en el grupo de Abedul, se pueden unir con nosotros o con Hibiscus. —Les dijo Nardo como último recurso para que los acompañaran.
—Le daremos pensamiento. —Le contestó Lauro, el hermano gemelo de Laurel.
A pesar de los intentos por convencer a los chicos, ellos estaban determinados a no seguir con la misión por miedo de Abedul. Les afligía el hecho de que los acusara de herejes por haber abandonado el grupo, como solía hacer cuando no le obedecían sus órdenes y los hacía sentir muy mal. Esa era su forma de liderar, solo con amenazas; no existía una buena comunicación, las chicas no tenían derecho a opinar y solo hacían cosas domesticas como lavarles la ropa a todos los chicos y hacer las comidas.
Con esta preocupación en su cabeza, Nardo se despidió y salieron del campamento.
Capítulo II
1855
Por decreto del Presidente José María San Martín, la capital se había trasladado a Cojutepeque, que iba concentrando a la mayoría de capitalinos, apoyando al gobierno y afianzando sus residencias en aquel pueblo, y por ende las fiestas y tertulias. Y también por decreto presidencial, se comenzaba a construir la nueva capital en la Hacienda Santa Tecla, a la que llamarían Nueva San Salvador.
Agitaba a la floreciente sociedad, la guerra de Nicaragua contra los filibusteros, cuya situación ya se había tornado desesperada.
William Walker un ambicioso médico americano y aventurero pirata, había fraguado una invasión al territorio mejicano y hacerlo formar parte de los estados americanos para anexar tierras en nombre de la federación. Por ignorancia de los tratados con México, la invasión fue un fracaso. No contento con esta derrota, y llevando como bandera la doctrina del “destino manifiesto”, en la que, cualquier territorio en disputa, y conquistado a nombre de la Unión Americana, era justificable anexarlo como estado de la Unión. Según el ambicioso manifiesto, la Unión Americana era una nación destinada a la expansión de su territorio, por un designio especial del cielo, para el desarrollo del gran experimento de libertad y autogobierno, liberándose de las manos dominadoras de las monarquías europeas. Inspirado en esta fantasía, armó otro ejército de aventureros y fue a Nicaragua aprovechando la discordia política entre sus dos grandes pueblos: León y Granada, que no solo los separaba un lago, sino la disputa de un poder absoluto que el orgullo de castas por ambos bandos, no les permitía ceder. Walker se alió con el gobernador de León que lideraba el partido Legitimista liberal para invadir Granada de corte conservador, y asegurar, según su gobernante, su subsistencia política. La facilidad de la contienda elevó a Walker a proclamarse presidente de Nicaragua. Los vientos a su favor, como las leyendas indígenas que decían: “vendría de tierras lejanas un libertador de ojos azules”, hicieron que el Obispo creyera que Walker era el enviado de la Providencia, para curar heridas y reconciliar a la familia nicaragüense que se había dividido por las inclinaciones políticas. El obispo, ingenuo como todos, de las verdaderas intenciones del filibustero, le decía: “iris de concordia”, “ángel tutelar de la paz” y “estrella del norte”, apelativos que cacareaba desde el púlpito, y que lograron subir a Walker a un pedestal. Y no aguantando la población vivir en la anarquía constante por las disputas por el poder entre los dos bandos políticos: los legitimistas conservadores de Granada y los liberales democráticos de León, aceptaron al caudillo. Pero tarde despertó el pueblo nicaragüense de lo que había hecho. Walker daba tierras a cuantos norteamericanos ambiciosos llegaban a Nicaragua para esclavizar a los indígenas y hacer riquezas instantáneas. Pero también se ganó enemigos, entre sus mismos compatriotas, al expropiar la Trasatlántica del Comodoro Cornelius Vandervilt, quien tenía una flota de embarcaciones que transportaban por el río San Juan, a los que de Nueva York querían ir a California, picados por la fiebre del oro, y ahorrándose la vuelta por el Cabo de Hornos. Se embarcaban en San Juan del Norte, y al llegar a los grandes lagos, los pasaban en carretas o mulas al otro puerto de San Juan del Sur, en el océano Pacífico, y ahí los embarcaba para el puerto de San Francisco, en California. Pero al ser expropiado por el filibustero, Cornelius juró vengarse.
Walker anunciaba abiertamente su intención de conquistar los demás países centroamericanos y Cuba, y anexarlos a la Unión de Estados Americanos. El Presidente de Costa Rica, Juan Rafael Mora, temeroso de que la invasión se extendiera a sus tierras, fue de los primeros en atender los llamados desesperados del gobierno de Nicaragua, que había formado una resistencia y necesitaba aliados. Y envió a su cuñado el General José María Cañas, al frente de un considerable ejército.
Esta noticia circulaba en territorio salvadoreño, cuando había pasado un año desde la fiesta en la Hacienda, y Cojutepeque era el centro de las tertulias, después del terremoto. Aunque algunos capitalinos, no habían querido moverse y las oficinas de la gobernación de San Salvador estaban siendo reconstruidas. Todo esfuerzo del señor Gobernador Don Ciriaco Choto, quien luchaba y hacía gestiones para que nuevamente se trasladara la capital, eran inútiles y no hacían eco.
Don Juan del Pilar y Someta, convertido en político, como Diputado y gobernador de Cojutepeque, daba una fiesta de presentación de sus hijas Catalina y Violeta en su gran casa de construcción estilo colonial, de un solo nivel y gran patio interno, adornado de arcos de medio punto, situada en las afueras del pueblo. Estaba muy animada, y era diferente a las fiestas de las haciendas. Por ser en el pueblo, los invitados asistían y se iban a las doce para sus respectivas casas. En cambio en las haciendas, la fiesta se prolongaba hasta la madrugada porque se quedaban a dormir en la hacienda hospedera, las que disponían de muchas habitaciones para los invitados.
A Rocío le encantó la fiesta, y por ser la mejor amiga de Catalina, se quedó hospedada con ellas, e igual Alejandro, a quien le tenían un especial cariño, porque le habían echado el ojo para pretendiente de Catalina. Pero Alejandro tenía otros planes.
La abuela se excusó, porque tenía que pagar la planilla de trabajadores ese fin de semana, y surtir la tienda que había dentro de la hacienda, para que sus trabajadores compraran en ella el remanente de productos producidos en la misma hacienda, más otras cuantas cosas que Doña Francisca encargaba a los mercaderes del puerto de Acajutla, como algodones de la india de diferentes colores, sombreros de palma, procedentes de Panamá, y jergas para los catres. Las fichas de hacienda eran de plata, y tenían una R grabada en una cara, de Real, y CG acuñada en la otra, representando las iniciales de los apellidos de la familia Cotera y Galés. Y las monedas de oro tenían acuñado un escudo formado por cinco volcanes que representaban la federación. El sistema monetario aún se mantenía como en la época colonial. Eso sí, que ningún trabajador de hacienda ganaba una moneda de oro, solo el dueño, como Doña Francisca, con su venta de leche, quesos, carne, caña de azúcar, añil y hortalizas. Estas monedas de oro, las guardaba celosamente en un doble compartimento dentro de la inmensa cómoda que había en su habitación. La demanda de sus productos se hizo más fuerte, y tuvo que ampliar la ruta hasta San Salvador. Nacho, su fiel ayudante, nacido en la casa y criado desde pequeño en el seno de la familia, era el encargado de organizar la distribución; y ese día, iba a cargo de tres carretas repletas de productos y dos con reses para el matadero del centro, y vender en los mercados al mayoreo, y luego pasaba al Montepío de la caña de azúcar a guardar los reales de la venta.
Alejandro no quería trabajar en la hacienda, él era de ciudad, y más con el puesto que había conseguido en la Cámara de Diputados, como Secretario suplente, el campo no le interesaba. Doña Francisca solo tenía una salida, casar a Rocío con un hijo de hacendado, para que manejara la hacienda y llevara las riendas del negocio.
Entre sus vecinos los Herrera, Lemus y Durán había buenos prospectos para casar a Rocío, sin embargo, la abuela no la iba a entregar tan fácil a cualquiera, debía ser muy cuidadosa al elegir, y ninguno de esos muchachos cumplía sus requisitos, además que las inclinaciones políticas habían tirado una brecha entre la sociedad. Aunque ella se sentía cansada y vieja para continuar con la hacienda, no la vendería como le decía Alejandro, porque era el patrimonio de la familia, y la herencia de sus nietos. Había un orgullo en ello, raigambres, recuerdos, un gran esfuerzo y dinero invertido como para dejarla ir.
La Nana le avisó además que había gente enferma entre sus colonos. En el campo, la medicina era solo aplicada por curanderos y sobadores. El médico solo atendía a los dueños de haciendas. Había, entre los colonos, una hermana de la Nana Cande, llamada Milagro, mejor conocida por Ña Mila quien se había especializado en el arte de la curandería. Y tenía, en su pequeño solar, toda una botica de pócimas y menjunjes que ella misma preparaba para todos los males y dolencias; donde no podía faltar el balsamito, extraído del árbol de bálsamo que servía para el cólico saturnino; hojas de eucalipto, cuyas infusiones servían para el resfriado; la ruda que aplicaba en la frente, cuando se tenía congestión nasal; semillas de tempate que usaba como purgante; hasta para el mal de ojo, que decían las cuenteras, les hacía la gente mala a los recién nacidos, y les colocaba una semilla de irayol, la que le llamaban ojo de venado, amarrada a la muñeca, con una pulsera hecha de frijoles rojos, porque se decía que lo rojo espantaba a los espíritus inmundos. Ña Mila, muy parecida a su hermana en lo físico, era menos hablantina y más observadora, atenta a las dolencias de la gente, y muy acuciosa en aplicar el remedio correcto. Siempre andaba en la búsqueda de nuevos remedios. A veces se iba al puerto de Acajutla para conocer de primera mano los remedios que traían en los barcos. En esa semana tuvo mucha clientela, uno de los chiquitos se había enfermado de la garganta, y Ña Mila le había preparado una infusión de los pétalos de amapola para desinflamarla. Otro pequeño se había dado un buen golpe en la rodilla, y fue a buscar las hojas de siguapate, en un pequeño solar, donde Doña Francisca le había dado a las dos hermanas para que cultivaran sus hierbas y especies para las comidas, como la hierbabuena, cilantro, romero, orégano, menta, cebollas, ajos, moras, entre otras. Estas hojas de siguapate aplicadas en una compresa caliente, servía para la desinflamación del golpe.
Y en la recepción de la familia del Pilar y Someta, en el salón principal estaba congregada toda la gente mayor, y en la terraza, bullía el mocerío que ya estaba en edad para bailar y hacer compromisos. Entre ellas Catalina, quien se veía realizada y feliz con su vestido color rosa con el pecho blanco cargado de encajes. Su madre lo había mandado a bordar con la modista del pueblo. Violeta se veía menos elegante, porque era algo obesa, pero tenía un rostro angelical, que iluminaba cuando entraba a cualquier salón donde había gente.
Llegó Guadalupe con Tomás, en representación de la familia Aycinenas, porque Doña Consuelo se sentía indispuesta. Y se quedarían hospedados con familiares que vivían en Cojutepeque. A Rocío no le agradó ver a la familia Aycinenas, como a la mayoría de chicas, pero debía saludarlos por cortesía.
Don Juan del Pilar había invitado al señor Presidente de la República Don José María San Martín, y algunos otros distinguidos, como el Lic. Francisco Dueñas, Don José María Peralta, quienes habían desempeñado el cargo de Presidente provisional en algunos períodos anteriores.
—La fiesta está de lo más distinguido. —Comentó Doña Rafaela, quien siempre era de las primeras en llegar, con sus cuatro hijas, para ir viendo quienes iban entrando y hacer las críticas respectivas, sacarles toda la historia, y luego saludarlas.
—Sí, y dicen que vendrá también el Señor Presidente. —Comentó Doña Isabel de Ávila—. Es un hombre que trae en sus venas la de ser político, porque su padre Don Joaquín de San Martín, fue Presidente también allá por el año de 1833, si no me equivoco, y a él se le debe que sofocó la insurrección del famoso Indio Aquino.
—Sí, me recuerdo que mi papá me hablaba de él, que viene de la estirpe de grandes varones hondureños y radicados en la Hacienda de Chalatenango. Murió el año pasado. Bueno, de tal palo tal astilla. —Concluyó Doña Rafaela.
—Y hablando de Chalatenango, dicen que la fiesta que hicieron cuando lo convirtieron en Departamento de la República, estuvo bien concurrida. Yo no pude asistir, porque tenía enfermo a José Miguel. —Comentó Doña Isabel.
La conversación fue interrumpida por Doña Conchita de Pilar y Someta, quien llegó muy agitada a decirles que venía el Sr. Presidente, y que se acercaran para aplaudirle y saludarlo cuando entrara al salón.
Entraba en esos momentos, con su característica sencillez, al salón principal, y todos los concurrentes se apresuraron a aplaudirle. Don José María San Martín, saludaba a cada uno y agradecía las muestras de amabilidad; las damas le hacían una pequeña inclinación de cabeza, como era la costumbre heredada del período colonial.
Después de los discursos de rigor, los asistentes se fueron sentando, distribuyéndose en grupos, los caballeros que siempre rodeaban al Presidente, en uno de los salones, y las damas en otro.
—Pues lo que les quería contar, —abrió el diálogo doña Rafaela— es que la Nueva San Salvador, va a todo meter. Los Dueñas se apresuraron a hacer una inmensa casa en los terrenos que les regaló el gobierno. Yo ya no puede obtener nada, para cuando llegué, todo se lo habían repartido. —Dijo con desconsuelo.
—Yo fui a la inauguración. —Intervino Doña Ingrid—, habían hecho una ermita provisional, muy linda donde el Obispo Pineda y Zaldaña bendijo la nueva ciudad y sus habitantes.
—Yo no me enteré, hasta después. —Dijo Doña Rafaela— Me dio mucho coraje, porque yo tenía derecho a un terreno, porque salí muy afectada con el terremoto. Lo que paso fue que me vine para acá, donde mi hermano, y por eso no logré llegar a la repartición.
—Bueno, ahí está el señor Presidente, vaya a pedirle. —Le dijo con malicia Doña Ingrid.
—¡Ay no!, me da pena. Pero voy a ir con mi hermano a ver si todavía hay terrenos. Porque dicen que están edificando unas casas de dos plantas bellísimas. —Dijo con entusiasmo.
—¿Y de quiénes? —Le preguntaron curiosas.
—Bueno del señor gobernador de San Salvador, el Coronel Ciriaco Choto, la otra dicen que es de Don Santiago Vilanova, y de una señora Elena San Juan, que no la conozco. La del Licenciado Dueñas, por supuesto, la de un hijo del Señor Borja Bustamante, de Don Facundo Chávez, de Don Francisco Meléndez, la del señor Obispo, no se podía quedar atrás, le están construyendo un palacio. —Comentó Doña Rafaela.
—Yo pensé que se quedaría en San Salvador. —La interrumpieron.
—No, dicen que tiene miedo a otro terremoto. —Contestó en voz baja.
—Bueno, dicen que han repartido como 143 solares para casas de barrios y 300 o más para las del centro, es mejor que se apure Doña Rafaela para que obtenga su solar. —Le aconsejaron.
—Los indígenas no están muy felices, dicen que les quitaron los ejidos que tenían para cultivar, y ahora ya no van a poder hacerlo, porque la ciudad ya se trazó sobre ellos, pero sin estorbar las orillas del río según dijeron los inteligentes. —Comentó con intriga Doña Ingrid.
—Sí, pero el presidente les ha dado donde construir y materiales también, según me han contado. —Le contestó Doña Isabel, quien era la mejor enterada de todas.
—¿Y ya supieron que el Sr. Presidente ha decretado un nuevo departamento? —Preguntó Doña Conchita.
—Sí, de eso estábamos hablando, como él es de Chalatenango, lo hizo Departamento. —Comentó con malicia Doña Ingrid.
—Bueno, según el discurso que dio es porque cumple con los requisitos para ser departamento, porque tiene cuatro poblaciones de más de 500 indígenas con cabildo, escuela y una iglesia, y su cabecera tiene más de 5mil habitantes. —Comentó Doña Isabel—. Y hablando de los indígenas, ¿ya supieron lo que encontraron en Izalco durante unas excavaciones?
—No, ¿qué encontraron? —Preguntaron curiosas. Algunas ya sabían de las excavaciones que se estaban realizando en esa zona, pero querían oírlo de Doña Isabel, porque era un tema que le apasionaba.
—Osamentas, y un edificio muy bien construido.
—¡Hay Dios mío! —Dijo Doña Conchita persignándose.
—¡Gran Poder de Dios! —Exclamaron.
—¿Y usted ha visto eso? —Le preguntaron curiosas.
—No pero voy a ir la otra semana, me han invitado y quiero ver si me llevo algunos cuencos que han sacado de ahí. Yo creo que fueron enterrados cuando hizo erupción, la primera vez, el volcán de Izalco, porque dicen que todo está puesto como si hubieran estado comiendo y la lava los sorprendió. —Les explicó con entusiasmo.
Las señoras se persignaron al oír la explicación.
En el otro extremo del salón, los señores que habían rodeado al Presidente, comentaban las lamentables noticias de Nicaragua.
—¿Ya se enteraron de las últimas noticias de lo que pasa en Nicaragua? —Preguntó Don Juan.
—Sí, estoy al día con todo. —Comentó el Presidente.
—Ya entró el ejército de Costa Rica al mando del General Mora, hermano del presidente, y General José María Cañas, su cuñado, para ayudarles a combatir en contra del ejército de Walker. Porque según me han informado, unos vecinos que tengo, que tienen familiares por allá, el filibustero se cree dueño del país y también quiere adueñarse de Honduras y El Salvador. ¿Qué piensa de eso Sr. Presidente? —Preguntó Don Juan, que quería presumir de que tenía mejores informantes.
—Si nos llegase a provocar, no dude que le daremos pelea. —Dijo el Presidente con calma.
—Pero ya hay una franca provocación, se puede decir que es un casus belli, porque el hombre ya lo declaró abiertamente en un discurso, en el que deja claras sus pretensiones, la de conquistar el territorio centroamericano y Cuba. —Insistió.
—No hay causa para que entre El Salvador. Hasta donde sé Nicaragua tiene una desorganización política interna, que este hombre ha utilizado en su favor. No podemos entrar en una guerra hasta que ellos no tengan paz en su propia guerra política. Además, no nos han hecho una invitación formal a la intervención. —Dijo con una franca sonrisa.
Abrieron el baile y todas las señoritas salieron al compás de las contradanzas y zapateados que la filarmónica interpretaba. Alejandro no se separaba del grupo de políticos que rodeaba al Presidente, para desánimo de Catalina. La deliciosa noche pasó entre risas, arreglos políticos, compromisos matrimoniales y habladurías.
El Licenciado Dueñas, uno de los ilustres invitados, aprovechaba para impulsar las ideas de su partido Conservador, y hacer publicidad de sus intenciones, haciendo alusión a sus anteriores períodos presidenciales, y las mejoras hechas durante su gestión administrativa. Muchos de los que lo rodeaban estaban con el partido Conservador, en su mayoría grandes terratenientes, y que congeniaban excitados con las ideas del Licenciado, y estaban más acostumbrados a los sistemas colonialistas centralizados.
En Nicaragua, Walker, para la buena marcha de su negocio, necesitaba de un órgano de publicidad, que diera a conocer sus conquistas en su país, a quien tenía engañado que Nicaragua pronto se anexaría a la Unión Americana. Y el 20 de Octubre de este año fundaba un periódico bilingüe, que llamó El Nicaragüense, escrito, una cuarta parte en un español bárbaro y las restantes en buen inglés.
El “Nicaragüense” retrataba fielmente el carácter de los filibusteros americanos. Era muy frecuente encontrar en un mismo número palabras de aliento para el pueblo de Nicaragua en la parte escrita en español, mientras en la inglesa, destinada a los Estados Unidos, se hablaba de conquista y esclavitud, y se refería a los nativos con los epítetos más odiosos y despreciativos, como: negros degradados, afeminados o grasientos.
El “Nicaragüense” solía tener artículos con un estilo bufo de mal gusto para el pueblo: "Fallecimiento de Old Aguardiente. Un caballo bien conocido, perteneciente al Coronel Frank Anderson, murió súbitamente el domingo en la noche y el Coronel le enterró con pompa. Pocos caballos había en Nicaragua superiores a él, ya por su velocidad, ya por su fortaleza, hermosura y docilidad. Paz a sus orines".
Para hacerle frente a la resistencia en el mes de octubre, el vapor Cortés de la Compañía de Tránsito trajo de San Francisco, un refuerzo de seiscientos americanos reclutas y una compañía más, organizada, armada y a las órdenes del Capitán Davidson. La condición de los nicaragüenses por este tiempo, no podía ser más triste y angustiosa.
El “Chronicle de New York” publicó correspondencias de su reportero en Nicaragua, que relataban la vida y costumbres de los filibusteros. Que robaban, asesinaban, incendiaban y violaban con la mayor imprudencia. Cuando el corresponsal del Chronicle les hacía reflexiones sobre lo perjudicial que podía serles en lo porvenir una conducta semejante, contestaban, escogiéndose de hombros: "que los grasientos no tenían sentimiento, ni eran de la misma especie que los blancos." La condición de los nicaragüenses por este tiempo, no podía ser más triste y angustiosa.
Capítulo III
1856
Cumplido el período presidencial de Don José María San Martín, se retira a su hacienda en Chalatenango, y entra a tomar el mando en febrero, por voto popular: don Rafael Campo, un hombre sencillo y cándido, de gran popularidad por sus aciertos y sabiduría, durante ocupó el cargo de Diputado Propietario por Sonsonate. Y como Vice-Presidente designado por la suerte durante la insaculación: el Lic. Francisco Dueñas.
Don Rafael Campo se rehusaba a aceptar el más alto cargo, y rechazó durante varios días las comisiones que llegaban con súplicas y reflexiones a tratar de convencerlo. Comprendiendo las comisiones la imposibilidad de hacerle aceptar, le sugirieron que llegara personalmente ante la Asamblea General para que le aceptara la renuncia. Así, lo hicieron salir de Sonsonate hacia Cojutepeque, y llevaba en su faltriquera su renuncia escrita y firmada. Las comisiones se habían puesto de acuerdo con el Obispo para que agotara el último razonamiento, para que aceptara aquel cargo. El Obispo Pineda y Zaldaña se le unió en el camino antes de llegar a Cojutepeque, para platicar largo y tendido sobre la situación; y algo en su conciencia le hizo reflexionar sobre su decisión. Talvez el alto patriotismo que pesó en su corazón, lo hizo aceptar por fin, un cargo que para él era un sacrificio. Después de los actos de juramentación, y la entrega del Poder Supremo de manos del Lic. Dueñas, dijo las siguientes palabras:
—“Recibo de vuestras manos las riendas del Gobierno, lleno de desconfianza en mi insuficiencia, aunque alentado con la esperanza de que los buenos salvadoreños no me abandonarán en la empresa de labrar la común felicidad que es lo que me propongo en cuanto mis fuerzas alcancen. Con repugnancia he venido a este puesto de que me alejan mis hábitos, mi carácter genial y mi profesión, pero una vez que, poderosas razones que no me ha sido dado desatender, me han conducido hasta él, procuraré obrar con la rectitud y religiosidad que corresponde… Me propongo mantener y hacer que sean mantenidas y respetadas las garantías del hombre, y que el goce de ellas continúe siendo como hoy es, una realidad en el Estado. Me propongo mejorar la milicia principalmente en su parte moral. La carrera de las armas es la del honor, y no lo tiene aquel empleado que se descuida en aprender los deberes de su cargo, y que por consiguiente cumple mal con ellos. La instrucción y la moralidad en los jefes y oficiales son el primer paso para la victoria: las tropas corrompidas jamás triunfan. Me propongo velar sobre el importante ramo de la instrucción pública, y en este menos que en ninguna, consentiré la negligencia de los instructores y empleados…”.[i]
Estas palabras conmovieron a la ciudadanía presente en el acto de entrega de la banda presidencial. Todos coincidían que era un ejemplo de modestia y sinceridad, por lo cual fue aplaudido y apoyado por la gran mayoría presente.
La guerra contra los filibusteros en Nicaragua continuaba encarnizada. El Gobierno del señor Patricio Rivas, habiendo caído en cuenta que estaba a merced de la impiedad del filibustero, urdió un plan sacando una proclama, en que protestaba sus sentimientos pacíficos para con los Gobiernos de Centro América, para agradar a Walker; en seguida y en secreto, nombró comisionados ante los gabinetes de El Salvador y Honduras, a los señores don Gregorio Juárez, y don Máximo Jerez, respectivamente, con instrucciones para celebrar dos tratados: uno público que engañara a Walker, y otro reservado, en el que se estipulara la alianza de estos dos países para combatir contra él.
El Presidente Rafael Campo, reservado, analítico y discreto como siempre, no lo recibió oficialmente. En lo privado, sin embargo, le manifestó que no podía reconocer al señor Patricio Rivas como Presidente de Nicaragua, mientras obrara bajo la presión de Walker, y que si salía de Granada y se trasladaba a León, como muestra de que los dos pueblos lo apoyaban como Presidente de Nicaragua, y daba un decreto reasumiendo la Comandancia General, no sólo le ofrecía reconocerlo, sino que le prestaría el apoyo de quinientos hombres situados en Choluteca, y procuraría, además, obtener el concurso de Guatemala y Honduras que estaba dispuesto a conseguir para liberar a Centro América del despotismo del filibustero, y asegurar la independencia de cada país.
El Sr. Juárez quedó de comunicar todo aquello; pero en caso de que Walker descubriera el plan, serían fusilados en el instante; se convino entonces, en que el proyecto no se le revelaría a nadie, y en que Don Gregorio Juárez se retiraría a San Vicente, y se expresaría en desagrado del señor Campo. Todo se hizo como se convino, y la prensa amiga de lo sensacional, y engañada por las apariencias, se desató en injurias contra el mandatario salvadoreño. Tan luego como Don Patricio Rivas se enteró de la condición del Presidente Campo, llamó a Don Máximo Jerez, que estaba en complot formando el ejército aliado revolucionario, y ambos exigieron de Walker la traslación del Gobierno a León, como medida previa de conciliación, siempre haciendo creer al filibustero que estaban con él.
Al suscribir la proclama de Don Patricio Rivas como Presidente de Nicaragua, Don Rafael Campo, cumplió su promesa, y envió la Primera División de 500 soldados, a cargo del General Ramón Belloso. Los aliados sitiaron al filibustero en Granada, pero Walker recibía ayuda de los estados sureños de la Unión Americana, que tenían los ánimos exaltados en contra de los abolicionistas de la esclavitud, y que Walker usaba como justificación de la usurpación, y anzuelo atractivo para los hacendados sureños, que habían obtenido propiedades y vastas extensiones de tierra de parte del filibustero. Cuba, creído de que Walker lo ayudaría en su batalla a favor de la independencia, le envía doscientos cincuenta soldados para combatir a los aliados, con la promesa del filibustero, o más bien un pacto de caballeros entre éste y Goicuria, líder del movimiento cubano, que le ayudaría después a recuperar Cuba de la invasión. Y así, con el refuerzo cubano, caen en manos de Walker el Coronel Valderrama y el Capitán Allende, caballeros de superior cultura, de modales corteses y delicados, quienes estaban al mando de los aliados costarricenses, y ordena pasarlos por las armas. Y cuando estaban a punto de vendarlos, uno de ellos dijo: “bien merece la muerte que nosotros la recibamos de pie, sin vendas, pues es una dama, y sería descortesía que no la miráramos de frente”. Tremenda época aquella de grandes caballeros sin miedo a la muerte, satisfechos y orgullosos del cumplimiento de su deber.
Los generales aliados de Costa Rica, Nicaragua y El Salvador, no se ponían de acuerdo en la estrategia de la contienda, ya que los egos inflados de cada uno de los adustos generales, ponía al borde del abismo toda campaña. El General nicaragüense Máximo Jerez nombra al General Ramón Belloso, como jefe de los aliados al saber de la muerte de Valderrama y Allende, para unificar las fuerzas y defender Granada, pero demasiado tarde, y la bella ciudad fue perdida y quemada con saña por el General Henningsen, uno de los generales americanos que combatían al lado de Walker. Y quien para rematar en la desgracia, cuando estaba a punto de abordar su barco, colocó un letrero en la playa que decía: “Aquí estuvo Granada”.
En la fiesta de bienvenida que le daba Don Juan del Pilar y Someta al nuevo Presidente, se hacían los comentarios de la contienda en Nicaragua contra el filibustero.
—Dice el General Don José María Cañas, el Gobernador de Puntarenas, que la gente emigra por miles por esa frontera en un estado deplorable y lastimoso. —Comentó el Señor Peralta.
—¿Y cómo lo sabe? —Le preguntaron,
—Es que el General Barrios es bien amigo del General Cañas, por eso es que estamos enterados.
El General Gerardo Barrios se hacía oír su nombre por todo medio posible. No era un secreto que ostentara la Presidencia de la República. Había comenzado su vida política en San Miguel, como Gobernador, luego como Ministro Plenipotenciario en Europa, y como Senador, cargo que ocupaba actualmente. Publicaba en La Gaceta, los métodos de extracción del añil, para hacer eficiente el tratamiento de extracción, y al mismo tiempo rentable, dada la caída de los precios en el mercado internacional. Así también, fundaba por esos años el primer cafetal experimental en Cacaguatique para promover su cultivo. Su amistad con el General José María Cañas había comenzado desde que combatían junto al General Francisco Morazán. Y en varias ocasiones, había sido invitado a Costa Rica, lo que para el General fue una revelación sobre el cultivo del café, al enterarse que en ese país se exportaba al Reino Unido desde 1830 y con unas exorbitantes ganancias.
[i] Ver discurso completo en el Diccionario Histórico Enciclopédico de la República de El Salvador, Tomo IX, pág. 345.

El Salvador, a través de su historia, tuvo hombres maravillosos, héroes, pensadores, que pusieron su piedra de fundamento para construir una sociedad en un país que estaba en constante transformación. Pero en ese proceso de esta historia, se dieron también notas tristes y decepciones que ayudaron a madurar las ideas de convivencia política y social, utilizando de esa manera desde el derecho de la fuerza, hasta la fuerza del Derecho.
Los ilustres hombres como Don José María San Martín, Don Rafael Campo, el Padre Isidro Menéndez, que aportaron al país bases morales y jurídicas, tuvieron un papel preponderante en su tiempo, porque sembraron la buena semilla para las futuras generaciones de políticos y pensadores. El derecho de la fuerza que se ejercía en un período de pugnas entre dos bandos políticos como los conservadores y liberales, marcaron una época de debates, donde las ideas, aunque se combatían con armas, no quedaron enterradas, y fueron combinadas para dar como resultado una carta magna con ideas liberales, en el año de 1871.
Los constantes conflictos entre los países vecinos no hacían fácil la labor de los presidentes, y bajo ese teatro beligerante, crecía una sociedad que se debatía entre la religión, libertinaje, costumbres, novedades y raigambres coloniales.
