Capítulo 1
LOS PERDIDOS
Y ENCONTRADOS
El grupo de Nardo estaba preocupado por el hecho de separarse de sus amigos. Cada uno en silencio estaba preparando su mochila. Todos lo habían acordado, porque era lo correcto que se debía hacer, pero en el fondo querían que todo hubiese salido bien, que todos los chicos de la escuela estuviesen en la montaña, que ninguno se hubiera perdido en lo que tenían que hacer. Les preocupaba el grupo de Pentas, tan alejado ya de la misión para la cual todos estaban de acuerdo realizar desde que salieron de la escuela. Todos sabían los riesgos, todos sabían que no iba a ser fácil y todos firmaron para salvar a la humanidad de perecer ante las catástrofes.
Nardo estaba con la esperanza de encontrar a los chicos perdidos y luego pensar en cómo regresar a los grupos en la correcta dirección que llevaban. Le preocupaba, además, la importancia de tener a todos los grupos para el día determinado. Se preguntaba si el grupo que faltaba en realidad se perdió en medio de alguna catástrofe. Nardo no era tan negativo, pero ante la realidad de lo que había escuchado de los grupos, comenzaba a tener dudas.
Narciso, por otro lado, le preocupaba la fecha. Tenía también sus dudas y aunque hubieran hecho los cálculos nuevamente y la confirmaron todos los que sabían hacerlos, algo no le cuadraba. Se frustraba de que no sabía exactamente que era. Sentía que algo no estaba bien y no había forma de comunicarse con la escuela para confirmar la nueva fecha. Con esto en su mente se despidió sus amigos.
Los compañeros de Hibiscus trataban de que razonara y no fuera a buscar a Zinnia, le decían que era una misión descabellada y peligrosa.
—Hibiscus, yo no creo que Zinnia, Marigold, Crisantemo, Gladiolo y Pepeto se hayan salvado de la erupción del volcán. Yo vi cuando la lava cubrió la zona donde estaban y vi cuando Marigold y Cris se estaban quemando. —Le dijo Melissa, muy sentida porque Pepeto era su novio y Gladiolo era el novio de Dáfodil, su mejor amiga.
—Mira Melissa, si no los busco, nunca lo sabremos, y dile a Dáfodil que vendré con su novio, si todavía no lo ha olvidado. —Le contestó y la hizo a un lado para salir del campamento.
—Pero, es peligroso. —Le dijo Melisa tratando de detenerlo.
—Déjalo, —le dijo Fresno deteniéndola—, es su decisión.
Fresno era un chico que quería el liderazgo del grupo, y aunque ya no era apoyado por haberse perdido en las fiestas de Pentas, seguía tratando de convencer al grupo, y vio la oportunidad de estar a cargo mientras Hibiscus andaba afuera.
—Te veré pronto hermano. —Le dijo Nardo a Narciso— Y tú hermanita cuídate mucho.
—Con Dios de nuestro lado, tenlo por seguro. —Le contestó Rosa.
Después de las despedidas, las dos expediciones comenzaron su camino por diferentes rutas. El de Narciso la ruta del grupo de Mirto, hacia el norte; y el de Nardo la ruta del grupo de Hibiscus, hacia el este.
El grupo de Pentas ni siquiera se había levantado todavía, para cuando salieron los expedicionarios. Se habían desvelado toda la noche celebrando y bebiendo hasta que los efectos del alcohol hicieron que cayeran intoxicados.
En el camino descendiendo la montaña, Nardo iba conversando con Hibiscus.
—¿Qué le ha pasado a tu grupo? ¿Por qué no te apoyan? —Le preguntó Nardo con curiosidad, porque ningún chico se apuntó para ayudar en la búsqueda de sus compañeros.
—Desde el principio tuve dificultades en liderar al grupo porque hay otro chico, Fresno, que quería hacerlo. No sé por qué la directora no lo escogió a él. —Hizo una pausa para pensar—, él siempre trató de dividir al grupo, y lo ha conseguido haciendo que algunos se unan al grupo de los drogadictos y borrachos americanos y canadienses que solo pasan haciendo fiestas. Yo no estaba muy bien después de perder a mi novia, Zinnia, y no tenía ánimos para hacer valer mi liderazgo con el grupo, ese fue mi error, y afronto las consecuencias, pero a veces, ni yo mismo creo en lo que estamos haciendo. —Dijo Hibiscus pensativo.
—Encontraremos a tu novia y a los demás, y recuperarás tu puesto. —Le dijo Nardo muy seguro— Yo te entiendo, porque las cosas que no salen como uno lo espera desalientan y uno quisiera renunciar a todo.
—Exacto, y luego uno se cuestiona ¿por qué Dios nos ha abandonado? ¿Por qué dejó que las cosas pasaran de esa manera? —Le dijo Hibiscus sacando su frustración.
—Bueno, —intervino Cesalpinia que iba detrás de ellos escuchando la conversación—, yo creo que Dios no abandona, sino que quiere confirmar que somos capaces de salir adelante no importando las circunstancias adversas. Lo que significa que Dios está en nosotros para hacerlo. Creo que esa fuerza que emana de nosotros cuando cumplimos algo procede de Él. Lo que sucede es que cuando entran las dudas, uno se debilita y perdemos el enfoque de lo que estamos haciendo y a Dios lo dejamos de lado.
—Exacto, —confirmo Nardo—, yo lo tomo como un reto personal de superar cualquier problema que se presente y confiando siempre en el Gran Arquitecto que nos ha seleccionado para esta misión, las cosas cambian a nuestro favor.
—Sí, creo que tienen razón. —Le contestó Hibiscus pensando en esas palabras, que en realidad, tenían sentido—. Es solo que tener a un grupo que no te apoya, es nadar contra corriente. En tu caso veo que todo el grupo es bien unido. En el mío hay una desunión causada por celos de parte del que no logró ser el líder de la expedición.
—Sí, mi grupo es increíble. —Dijo Nardo volteando a verlos con orgullo quedando su mirada en Queeny, quien le dio una sincera sonrisa—. Creo que me he ganado su apoyo.
El día comenzó despejado de nubes, sin embargo, los vientos traían frío y a medida que el tiempo pasaba las espesas nubes que se iban formando tapaban por largo tiempo los rayos del sol.
Agapanto quería abrazar a Violeteira, pero por respeto a Cesalpinia no lo hacía. Violeteira no le había contado todavía que ya eran novios. Le daba un poco de temor de cómo iba a reaccionar. Cesalpinia siempre había sido muy protector con ella, por lo que decidió esperar el mejor momento para contarle.
La expedición caminó por las montañas del valle inundado con rumbo hacia el noreste para luego bajar. Llegaron hasta un risco desde donde veían un río con playas de arena y piedras. Bajaron la pendiente entre resbalones y tropezones hasta llegar a la ribera del río y acamparon.
Les había llovido toda la noche y la mañana traía un frío paralizador, peor que el día anterior. Se pusieron las sudaderas encima de las túnicas de lana. Nardo dispuso que por el río avanzarían más rápido, según las recomendaciones de Agapanto.
Cesalpinia, Queeny y Violeteira hicieron crecer árboles de madera y Gumbo secó los troncos para hacer una balsa. Los eco arquitectos como Margarita y Nacascolo comenzaron a elaborarla.
—No es tan perfecta, pero funciona. —Dijo Margarita con timidez.
—Está excelente. —Le admiró Nardo—. Dejaremos más árboles en la parte alta, porque el río seguirá creciendo.
Dejaron el rastro para el camino de regreso, poblando de árboles la ribera en la parte más alta. Esto le extrañó a Hibiscus y preguntó:
—¿Cómo sabes que el río seguirá creciendo? —Nardo se tardó en contestar porque había escuchado una conversación privada entre Flora y su madre. Y no era una noticia oficial.
—Es obvio que habrá inundaciones porque seguirá lloviendo. —Le dijo evitando decirle sobre el segundo diluvio.
Nacascolo y Margarita eran los que se encargaban de la comida y de dejar plantado un huerto para el regreso. No con el esmero de cuando estaba todo el grupo porque se querían lucir con los platillos, pero en lo que podían, ayudados por Daisy, Gumbo, Kunzea y Kapok, lograban alimentarse bien.
Kapok se encargó del timón de cola, mientras Hibiscus, Gumbo, Cesalpinia y Nardo remaban para avanzar más rápido. El río doblaba en unas montañas y el panorama había cambiado radicalmente. La balsa comenzó a navegar más rápido. Los chicos dejaron los remos y vieron que navegaban sobre unos rápidos y que iban al encuentro de lava ardiendo todavía. Era la zona donde el volcán que mencionó Hibiscus había hecho erupción.
—¡Sujétense! —Les gritó Nardo. Todos se amarraron a la balsa y Kapok logró dirigirla hacia la orilla.
—Estamos cerca de donde nos separamos. —Dijo Hibiscus con excitación. Estaba ansioso por encontrar a su novia y al mismo tiempo temeroso de encontrarse con lo peor.
La humedad que brotaba de la lava ardiendo y evaporarse con el agua era sofocante.
Cuando comenzaron la expedición, la directora le había proporcionado al grupo de Hibiscus máscaras contra gases las que utilizaron cuando el volcán hizo su erupción. Hibiscus logró que se las prestaran porque ciertamente que tenían que pasar de nuevo frente al volcán. También tenía un dosímetro que le había dado la directora para detectar radiación ionizante, ya que algunos países del medio oriente estaban en guerra y las bombas nucleares clamaban por reventar. Se colocaron las máscaras para respirar mejor y siguieron caminando donde la lava se había solidificado y no presentaba peligro.
El panorama era oscuro, no solo por la lava negra y seca, sino por las nubes de tormenta espesas y negras combinadas con una densa neblina de cenizas que todavía arrojaba el volcán. Daisy y Gumbo se voltearon a ver afligidos.
—No se preocupen, —les dijo Agapanto— los terrenos con ceniza volcánica son los más fértiles del mundo. Y dicho esto, Daisy intentó hacer crecer un árbol de hule. Se admiró que después de hacerlo crecer no se sintió cansada. La tierra fertilizada le ayudó a crecerlo sin mayor esfuerzo.
—Tienes razón —dijo con animación y siguió haciendo crecer un pequeño bosque para protegerse haciendo que el follaje hiciera de techo, y al mismo tiempo hacer el campamento para protegerse de la lluvia, cenizas y el viento.
—Estas máscaras son un alivio, pero ¿por qué se las dieron, que acaso sabía la directora que iba a explotar un volcán? —Le preguntó Nardo a Hibiscus mientras comían y se calentaban en la fogata.
—La directora nos dijo que el Medio Oriente estaba en guerra. —Contó Hibiscus.
—Pero eso es en el medio oriente. —Intervino Agapanto— Muy lejos de aquí.
—Sí, pero nos dijo que los camiones cargados con material radiactivo usaban la ruta de Egipto para pasar al medio oriente. Y tenía razón, porque nosotros vimos un convoy de camiones con el símbolo radioactivo pasar por la ruta en que veníamos. —Les contó Hibiscus.
—Eso es alarmante. —Comentó Agapanto comenzando a preocuparse.
Llevaban dos meses desde que salieron del campamento. Habían subido y bajado montañas y habían bordeado los ríos solidificados de lava. La esperanza de encontrar a los chicos cada vez se iba desvaneciendo, hasta que llegaron a un lugar desde donde divisaban un bosque.
—Allá —señaló Hibiscus emocionado—. ese fue el último bosque que plantamos. —Dijo y comenzó a correr con la ansiedad de encontrar a su novia.
—Ustedes quédense aquí. —Le dijo Nardo al resto del grupo. Algo en los árboles no le convencía. Estaban rojos.
—Ese bosque está envenenado. —Observó Agapanto.
—Eso pensé. —Dijo Nardo comenzando a correr detrás de Hibiscus.
—Colócate la máscara. —Le gritó Agapanto.
—Hay no, debemos hacer algo. —Dijo Daisy con angustia de ver los hermosos pinos color rojo amarillento.
—Primero tienen que ver qué nivel de contaminación tienen. —Le dijo Agapanto. Para Daisy la palabra era nueva y siguió preguntando. Entre Queeny, Cesalpinia y Agapanto trataban de explicar el término, no solo a Daisy, sino a Gumbo también porque no habían asistido a la escuela.
Nardo ya se había colocado la máscara cuando llegó al lugar. Hibiscus andaba desesperado llamando a su novia, sin ningún éxito. Se extraño del lugar tan diferente de como lo habían dejado, y cuando vio a Nardo, de inmediato realizó lo que pasaba. Sacó su máscara y el detector de radiación. En efecto, los niveles eran medios, pero había radiación.
—Mira allá. —Señaló Nardo. Había en uno de los árboles una nota metida en un plástico y amarrada al tronco. La arrancó y se la dio a Hibiscus, quien nerviosamente la abrió.
“Si alguien lee esta nota, somos cinco sobrevivientes del grupo de Hibiscus. Dos chicos están quemados y creemos que todos estamos contaminados. La lava nos impide llegar a nuestro destino, por lo que hemos decidido caminar hacia el sur”.
Llegaron al campamento con la nota. Hibiscus estaba feliz de saber algo de los chicos y triste porque se habían contaminado.
—Creo que la explosión volcánica fue el detonante del plutonio que llevaba los camiones y alcanzó a contaminar esta zona, porque no encuentro otra explicación. —Dijo Hibiscus con tristeza.
—Deben lavarse la cara y manos con este jabón. —Les dijo Kapok entregándoles un jabón hecho de aceite de olivo con aloe y salvia que habían preparado hacía meses, entre él y Kunzea—. Es lo único que se me ocurre por si se han contaminado superficialmente.
Los chicos hicieron crecer caña de castilla para que absorbiera la contaminación del bosque y al mismo tiempo ayudar a que las coníferas y los abedules se recuperaran. Después de varios días trabajando, vieron como algunos de los árboles comenzaban a brotar hojas verdes.
—Es tiempo de seguir. —Dijo Nardo. Daisy sonrió satisfecha.
Siguieron al sur como indicaba la nota y después de varios días se quitaron las máscaras porque ya no detectaban radiación. Iban dejando en el camino un jardín de flores silvestres para la ruta de regreso. Hibiscus vio a lo lejos un punto verde. Siempre que veía algo verde se alegraba y salía corriendo a ver y luego se quedaba frustrado al no encontrar a nadie. Decidió esta vez no salir corriendo y solo seguir caminando hasta llegar a la zona verde.
—Según el mapa estamos en Sudán, esas montañas dividen el país con Egipto y Libia. —Dijo Agapanto señalando el lugar.
—Parece que hay gente ahí. —Dijo Violeteira.
Apresuraron el paso y era cierto. Había un campamento de la Cruz Roja atendiendo a mucha gente que llegaba en estado deplorable, por las catástrofes y por las guerras. Las tiendas y camillas eran interminables e insuficientes con tanta gente que llegaba a diario buscando refugio, comida y sobre todo atención médica.
Nardo y los chicos llegaron caminando despacio viendo hacia todos lados con cierta preocupación. La gente estaba ida, callada, sentada en el suelo solo viendo sin ver, tal vez analizado todavía lo que estaba pasando sin comprender. Muchos habían perdido no solo sus hogares, sino a sus seres queridos. Muchas madres lloraban a sus hijos muertos, otras lloraban abrazando a sus hijos y pensando en el futuro que les esperaba al ver un panorama tan desolador y deprimente.
De pronto, Hibiscus paró al grupo. Había visto a Zinnia salir de una de las tiendas. Su corazón comenzó a latir fuertemente.
—¡Dios mío, Zinnia! —La llamó. Ella volteó a ver y se tapó la boca realizando el milagro de ver nuevamente a su novio, y se puso a llorar de la emoción.
—Creí que nunca te volvería a ver. —Dijo con voz quebrada abrazándola y besándola emocionado—. Te voy a presentar a Nardo y… —Dijo Hibiscus cuando el grupo de Nardo se aproximó para saludarla y saber lo que le había pasado.
—Yo sé quiénes son. —Dijo Zinnia sonriéndoles y saludándolos.
—¿Dónde están los demás chicos? —Preguntó Nardo.
—A Marigold le han tratado las quemaduras de cuarto grado y no está bien y Crisantemo está recuperándose de una quemadura en la pierna cuando salvó a Marigold. —Dijo Zinnia con preocupación por la chica—. A todos nos han tratado con yoduro de potasio por la contaminación radioactiva. Aunque me puse la máscara desde que el volcán comenzó a lanzar la ceniza y lava, siempre me dieron el tratamiento. Lo que sí tengo es la piel irritada por la exposición. También Pepeto. —Dijo mostrándole los brazos y pecho con un tono rojizo—. También hay tres chicas y dos chicos del grupo de Abedul que están en este campamento. Ellos están contaminados también, pero los están tratando y han hecho crecer algunas legumbres que son ricas en proteínas y potasio para disminuir la radiación en el cuerpo. La sopa de legumbres se ha hecho muy popular por aquí, así como las bananas. —Dijo con sonrisa. Nardo y su grupo le sonrieron con complicidad porque ya sabían a que se referían. Ellos habían hecho crecer las bananas y legumbres sin despertar sospechas.
—Tenemos jabón de olivo con aloe y salvia. —Le dijo Kunzea dándole el jabón— Lávate primero y luego te aplicaré sábila en cuanto encontremos un lugar para hacerla crecer. —Dijo viendo para todos lados sin encontrar un lugar que no tuviera gente.
—Es buena idea, gracias. —Le dijo Zinnia, y continuó—: Nos enteramos también de que un meteorito impactó el polo sur y hay inundaciones en zonas bajas y el agua sigue subiendo.
Hibiscus vio a Nardo con preocupación porque ya se lo había advertido.
—Te lo dije. —Dijo Nardo encogiendo los hombros.
Todos tenían tantas preguntas que hacer que mejor dispusieron buscar un lugar alejado del campamento para poder platicar de todo lo ocurrido y hacer crecer plantas medicinales para ayudar a la gente, lo mismo que plantas alimenticias, porque comenzaba a escasear la comida y la ayuda internacional no había llegado todavía.
Después de acampar y organizarse, fueron a ver a la chica quemada. Estaba en una de las tiendas grandes de la Cruz Roja donde tenían a los pacientes en estado crítico. Cuando vieron a Marigold, se les estrujó el corazón. La mitad de su cuerpo estaba con quemaduras de cuarto grado, o sea la piel derretida y expuesta. La tenían sedada todo el tiempo por los terribles dolores que padecía y un suero la alimentaba.
—Busquemos un mopane. —Les sugirió Gumbo acordándose de como hizo que Nardo sobreviviera.
—Buena idea Gumbo. —Le dijo Nardo.
Daisy y Gumbo fueron a un lugar lejos del campamento, para censar las raíces de alguno que estuviese cerca, pero nada consiguieron. La zona era desértica en su mayor parte, solo unos pocos árboles con alguna esperanza de ser grandes algún día se veían desperdigados.
Los médicos de la Cruz Roja le dijeron al novio de Marigold que iban a tratar de encontrar quien la llevara a un hospital para hacerle trasplantes de piel, pero que su salud seguiría decayendo mientras se buscaban los medios para llevársela. Ese día le dijeron que ya no había nada que hacer; por las condiciones en que se encontraban no les sería fácil conseguir transporte para trasladarla. Las emergencias tenían la prioridad en esos momentos, y en diferentes partes del territorio. En pocas palabras no había esperanza para ella. Los chicos fueron a buscar a Gumbo y Daisy.
—Ya no sigan buscando, ya no hay nada que hacer por Marigold. —Les dijo Nardo consternado de perder a alguien especial. La chica estaba en sus últimos alientos.
—No, debemos salvarla. —Dijo Daisy con lágrimas en los ojos—. Haremos crecer un mopane, eso es. Rápido. —Dijo con determinación. Nardo y los demás asintieron como un último esfuerzo para salvarla.
Los chicos se apartaron hasta un lugar en los alrededores que no tuvieran gente para hacer crecer un mopane sin despertar curiosidad. Los chicos se concentraron para que creciera hasta una edad de cien años, y en su corazón agitado clamaron por Flora. El hermoso árbol comenzó a proyectar un halo amarillento y místico. Todos estaban desmayados por el esfuerzo. Solo Nardo estaba todavía consciente y vio el árbol iluminado; oyó una voz que decía claramente “traigan a Marigold”. Nardo se paró de inmediato y corrió a buscarla.
Su novio Crisantemo estaba a la par de ella muy consternado tomándole la mano y llorando. Su mejor amigo Gladiolo estaba con él dándole consuelo. Hibiscus, Zinnia, Kapok y Kunzea habían tratado con remedios naturales de aliviarle algunas de las quemaduras, auxiliados por Nacascolo y Margarita que hacían crecer la sábila y otros plantas medicinales que les pedía Kunzea, pero todo esfuerzo era infructuoso porque ya era muy tarde para esos remedios.
—Hay esperanza, tráela al mopane. —Le dijo Nardo en voz baja al novio.
—¿Al mopane? —Preguntó Crisantemo sin entender.
—Luego te explico, pronto. —Le dijo Nardo.
El Crisantemo la cargó en sus brazos. Un enfermero de la Cruz Roja les hizo parada.
—¿A dónde se la llevan? —Les preguntó preocupado viéndolos a todos sin entender. Nardo sacó polen del floripondio y se lo sopló para que no siguiera deteniéndolos. Todos se colocaron alrededor de los chicos para cubrirlos y llegar al lugar sin contratiempos.
Llegaron al mopane y entre Kapok y Nardo la metieron con cuidado en la corteza. El inmenso mopane la absorbió con ternura hasta su corazón, para asombro de Crisantemo. Él había escuchado algo sobre los espíritus de los árboles porque uno de su grupo tomó la clase, pero él lo estaba descubriendo en esos momentos. Nardo le explicó cómo funcionaba y que Flora estaba en el árbol ayudándola. Los chicos se sentaron alrededor del árbol para rezar por ella, mientras Kunzea y Kapok auxiliaban a los que se habían desmayado por el esfuerzo.
—Iré a hablar con los chicos que se fueron del grupo de Abedul. —Dijo Nardo, mientras los chicos acampaban alrededor del árbol. Hibiscus y Zinnia lo acompañaron.
Los cinco chicos estaban en una de las tiendas donde tenían en tratamiento a todos los contaminados por radiación. Les prohibieron entrar por la misma razón. Nardo tomó de escondidas dos de los trajes blancos que cubrían desde la cabeza a los pies para poder entrar junto con Hibiscus. Los chicos se alegraron de verlos y les contaron porque se fueron del grupo de Abedul.
—Abedul nos tenía en un régimen religioso del que nosotros no estábamos de acuerdo y que ni en la escuela nos tenían bajo esa disciplina tan rigurosa. —Dijo Petunia, una de las chicas desertoras.
—Mi hermana Laurel y yo decidimos salirnos del grupo y también nuestros tres amigos quienes tampoco estaban de acuerdo con la forma en que Abedul nos trataba. Al final dijo que ya no íbamos a seguir las indicaciones de la directora sino las de él. Y que nos quedaríamos a vivir en la montaña porque éramos los elegidos. Eso fue lo que nos motivó a salirnos del grupo. —Dijo Brezo viendo a sus amigos.
Bueno, se pueden unir a nuestro grupo si quieren, entiendo que el número de chicos tiene que ser exacto para llevar a cabo la siembra de los hiperiones. —Le dijo Nardo.
—Con relación a eso, Abedul nos dijo que esas semillas de los hiperiones no existían. Nos dijo que era un mito y que solo él tenía el poder de salvarnos. Solo hablaba cosas raras como si él fuera un mesías o algo así. —Le contó Lauro.
—Sí, tiene al grupo bien seducido con sus palabras. —Le contó Laurel.
—Es bien convincente cuando habla. —Dijo la otra chica llamada Eugenia.
—Mi hermano tiene las semillas. Es una larga historia de como las conseguimos, pero debemos sembrarlas y son 120 exactas. —Le dijo Nardo.
Los chicos se vieron como preguntando si seguían con el plan. Tenían expresiones de duda y las chicas negaban con la cabeza, por el hecho de que no querían volver a ver a Abedul.
—Abedul es un fanático religioso y no quisiéramos tener algún altercado con él, si regresamos. —Dijo Eugenia.
—Bueno, si cambian de opinión ya saben dónde queda el lugar. Solo estamos esperando que Marigold salga recuperada del mopane para partir. —Les dijo Nardo.
—¿Del mopane? —Preguntó Laurel.
—Creo que nadie tomó la clase de los espíritus de los árboles. —Le dijo Nardo a Hibiscus.
—Ni yo tampoco, pero después de lo que acabo de ver, me arrepiento de no haberlo hecho. —Le dijo Hibiscus.
Nardo comenzó a explicarles y les dijo que ellos podían también entrar en el mopane para curarse de la contaminación. Los chicos se alegraron con la noticia, aunque su condición había mejorado considerablemente, gracias a los alimentos naturales, convinieron en ir al árbol.
Los días pasaban y Nardo se preocupaba, ya que el camino de regreso les tomaría otros tres meses y con suerte que llegarían para la fecha del equinoccio de septiembre, si la chica salía del árbol. Estaban comentando las fechas con Agapanto, cuando de pronto, vieron una pierna salir del árbol.
—Miren. —Gritó Iris. Todos se acercaron a ver.
Marigold salía repuesta completamente y sin ninguna señal de sus quemaduras en su piel. Crisantemo la abrazó llorando de la alegría. Todos los chicos la rodearon al verla.
—No tiene ni una cicatriz en la piel. —Dijo Queeny admirada y dándole una túnica para que se vistiera.
—Gracias Dios mío, siento que tengo tanta energía como para hacer crecer un bosque entero. —Dijo Marigold con una simpática sonrisa.
—Eso dijo Nardo, también. —Comentó Gumbo.
—Iré a buscar a los cinco chicos contaminados para que entren en el árbol y ojalá que decidan continuar con la misión. —Dijo Nardo.
Los chicos iban escabulléndose de uno en uno para entrar en el mopane y al cabo de una semana todos estaban curados. Los cinco estaban felices y celebrando con el resto del grupo.
Petunia se había unido con Nacascolo y Margarita para hacer la comida. Ella era la cocinera designada en el grupo de Abedul y no la dejaba hacer otra cosa, al igual que Eugenia y Laurel.
Nacascolo llegó con la noticia de que la ayuda internacional había llegado y estaban repartiendo comida, agua, ropa y zapatos. Los chicos consiguieron ropa de las donaciones, porque todos habían crecido un poco y la ropa y los zapatos ya no les quedaba muy bien y aunque habían hecho algunas transacciones de frutas por ropa con las tribus nómadas, necesitaban nuevamente de zapatos y ropa para el frío.
—Le conseguiré a Kadota ropa de niño. —Dijo Iris buscando ropa pequeña entre las donaciones.
—Bueno ha llegado la hora de partir, espero que hayan decidido unirse a nuestro grupo. —Les dijo Nardo a los cinco que habían desertado del grupo de Abedul.
Todos negaron.
—No podemos soportar la idea de verlo de nuevo. Creo que mejor nos quedaremos por aquí a ayudar a esta pobre gente. —Dijo Laurel.
—A menos que nos necesiten desesperadamente, nos uniremos con ustedes. —Dijo Petunia viendo a Nacascolo, con quien había hecho una buena amistad porque sabía cocinar.
—Bueno, ya les dije que el número de hiperiones es 120. Y ustedes cuentan en ese número. Solo les pido que lo piensen, no tienen por qué estar en el grupo de Abedul, se pueden unir con nosotros o con Hibiscus. —Les dijo Nardo como último recurso para que los acompañaran.
—Le daremos pensamiento. —Le contestó Lauro, el hermano gemelo de Laurel.
A pesar de los intentos por convencer a los chicos, ellos estaban determinados a no seguir con la misión por miedo de Abedul. Les afligía el hecho de que los acusara de herejes por haber abandonado el grupo, como solía hacer cuando no le obedecían sus órdenes y los hacía sentir muy mal. Esa era su forma de liderar, solo con amenazas; no existía una buena comunicación, las chicas no tenían derecho a opinar y solo hacían cosas domesticas como lavarles la ropa a todos los chicos y hacer las comidas.
Con esta preocupación en su cabeza, Nardo se despidió y salieron del campamento.
Capítulo I
Una herencia misteriosa
—¿Mamá dime quién era mi padre? —Preguntó Charles, en un tono decidido a romper el silencio que por tantos años su madre había celosamente guardado. Arrinconado en lo más profundo de sus archivos secretos, ese pasado aterrador que no se atrevía a sacar a la luz, mucho menos contarlo a su hijo. Su adoración, su primogénito, producto de aquel amor fogoso, apasionado, pero tormentoso con su padre.
—El murió, ya te lo he dicho muchas veces. —Le contestaba Vanesa con evasivas y continuando con la preparación del suflé, en la gran cocina enchapada con mármol italiano color marrón claro.
—Madre tengo derecho a saberlo, sabes que ya soy grande y debes hablarme de mi padre, —y bajando el tono de voz, dijo—: de Iza Al Cafquil. —Le soltó a decir con un poco de duda, porque no estaba seguro de que ese era su nombre.
Vanessa palideció. Lo volteó a ver incrédula, dejó la mezcla que estaba haciendo, porque ella nunca le había mencionado su nombre, por seguridad, para no despertar en Charles la curiosidad de querer investigar más acerca de su misterioso padre. Era un joven inteligente, y averiguaría datos registrados en periódicos, revistas y noticieros. No quería que se enterase de esa forma.
—¿Pero cómo lo sabes?, ¿cómo sabes su nombre? —Preguntó prestándole atención, era imposible que lo supiera, no había dejado pistas o cabos sueltos. Se había preocupado de quemar todo: fotos, revistas, periódicos, toda esa etapa de su vida, la hizo desaparecer como si nunca pasó.
—Sólo lo sé. —Contestó esquivando la mirada inquisidora de su madre.
Charles, el hijo de Iza y Camila, se había convertido en un apuesto joven de diecisiete años, moreno, de facciones parecidas a San Antonio, un cutis impecable, igual al de Iza, su padre, pero de ojos almendrados gris oscuro profundos y vivaces como los de su madre, enmarcados en cejas y pestañas espesas y negras, que hacían una combinación exótica y atractiva a las jóvenes compañeras que lo pretendían en la escuela. Era dedicado a sus estudios y al deporte. Le apasionaban las artes marciales, practicaba el karate a niveles competitivos. Cuando cumplió catorce años, ya era cinta negra, y se estaba especializando en armas marciales. Había ganado muchas competencias a nivel regional, y se preparaba para las nacionales. En los estudios era brillante y líder entre sus compañeros.
Camila había tenido dos hijos varones más, Gerald Cuarto, nombre dado para seguir la dinastía de la familia de abogados de su esposo Gerald, y Oswald, ambos muy parecidos al padre, trigueños, ojos verdes y rubios.
Vivían en una preciosa residencia de dos plantas de persianas francesas en forma de arco, muy elegantes, y con un extenso jardín al frente, adornando su entrada; y en el traspatio tenía piscina y jardines que era la debilidad de Vanessa. Estaba ubicada en las afueras de la ciudad, Nueva Orleans, donde vivían familias con un ingreso moderado alto, y que se podían permitir mejores comodidades.
—Cuando cumplas los dieciocho te hablaré de tu padre. —Le dijo en un tono terminante, volviendo al suflé, pero muy en su interior se rehusaba a hablarle del tema.
—No madre, háblame ahora. Ya estoy grande tengo casi los dieciocho puedo entenderlo. Además mamá, solo falta un mes para que los cumpla, no hará mucha diferencia. —Le decía casi perdiendo el control. No comprendía cómo su madre se oponía a contarle sobre su verdadero padre. Tenía derecho a saberlo.
—Si me dices ¿quién te dijo su nombre? —Lo condicionó.
—No fue nadie mamá. —Dijo con un gran suspiro. Y era cierto, porque por las noches soñaba con ese nombre.
En ese momento llegaban sus dos hermanos, haciendo un ruido cual si fuese una estampida de toros.
—¡Hola mamá! ¡hola Char!, —saludó Gerald a viva voz porque era muy ronco, y dándole un sonado beso en la mejilla a Vanessa— ¡Qué bien huele eso! —Exclamó al momento de meter la mano en la mezcla para probarla. Así era Gerald, no perdía oportunidad de meter mano en las comidas que le llamaban la atención. Era de buen apetito.
—¡Hola mamá!, ¡hola idiota! —Saludó Oswald dirigiéndose a Charles. Ese era el saludo normal hacia sus hermanos, siempre despectivo y ofensivo—. A Gerald lo castigaron. —Agregó de inmediato. Siempre trataba de opacar a su hermano, para ganar, según él, méritos con su madre, y causarle un mal momento a Gerald. Era tendencioso y mal intencionado.
—¡Soplón imbécil, ¡ya verás! —Replicó furioso Gerald, y comenzó a corretearlo para darle una paliza.
Así pasaban todos los días, discutiendo, peleando e insultándose entre sí. Pero ambos se unían para molestar a Charles. Este no les daba oportunidad de molestarlo porque se encerraba en su cuarto a estudiar, o cuando andaba con ganas de corresponder, les hacía unos movimientos de karate para derribarlos y dejarlos quietos, para que no siguieran molestándolo. Pero en general, se llevaban muy bien cuando jugaban unidos, o cuando estaban en alguna actividad familiar. Y en la escuela era Charles el que los defendía de algún compañero que los molestaba. Como siempre hay en todas las escuelas niños matones. Casi siempre era en defensa de Oswald, porque se metía en problemas rápidamente, por su forma de ser tan engreído y arrogante, creyéndose siempre superior a otros. En la casa, los hermanos molestaban a Charles, diciéndole insultos como: el hijo adoptado, por su color de piel, o le decían el turco, y le hacían chistes alusivos a los turcos, que a Charles no le importaba, de alguna manera sentía que no estaban lejos de la realidad.
Vanessa fue a deshacer la pelea y a castigar a cada uno por su lado. Gerald era de complexión robusta, con mucha tendencia a la obesidad; gracioso como nadie, hacía chistes de todo, era el divertido de la clase y muy popular por eso. Iba mal en sus materias, muy despreocupado de sus obligaciones, pasaba la vida con tranquilidad. Era la adoración de Vanessa porque era muy dulce y cariñoso con ella, honesto y sincero. Aunque de carácter juguetón, era muy confiable. Poseía aquella calidez humana que hace al hombre carismático. Oswald, por el contrario, trataba de llamar la atención de su mamá. Era delgado, cabello rubio y liso, muy inteligente, pero le costaba adaptarse. Tenía una tendencia hacia la maldad, como el hermano de Gerald padre, que era arrogante y engreído. A Vanessa le costaba entenderlo, trataba de prestarle atención, pero en cuanto la tenía, él se volvía soberbio y se aprovechaba de la situación, tratando de tomar ventajas en su favor. Estaban en una edad difícil de manejar, aunque no imposible, cumplirían 13 y 14 años respectivamente.
A Vanessa se le notaban ya los inevitables surcos de la madurez, pero no le interrumpían tanto su belleza, seguía siendo una mujer muy bella y elegante. Trabajaba con su esposo en la firma medio tiempo, para dedicarle a sus hijos la tarde. Le gustaba llegar a recogerlos al colegio y que le fueran contando todo lo que habían hecho en la escuela, luego llevarlos a sus actividades después de clases, y siempre se quedaba a verlos practicar. Y para que no se molestaran, había organizado quedarse un día con cada uno, a Charles lo veía practicar karate, a Gerald en las prácticas de tenis, y a Oswald en su entreno de natación, ya que pertenecía al equipo. Pero ahora que estaban más crecidos, no les gustaba mucho que su madre se quedara a verlos, aunque a Charles no le importaba si se quedaba o no, había superado la etapa de lucirse ante su madre; a Gerald sí, porque ya andaba de conquistador con las jovencitas que llegaban a las prácticas de tenis, y él se lucía para ellas, y ya no para su madre. Vanessa entendía perfectamente, y ya no se quedaba, únicamente cuando tenía competencia; y para Oswald rendía mejor cuando su madre estaba en las prácticas, aun la quería impresionar.
Charles se aburrió de esperarla y se fue a sus clases de armas marciales, tomando, en forma violenta por la frustración, su mochila con el equipo.
Vanessa estaba intrigada de cómo Charles sabía el nombre de su padre. Gerald, su esposo, le había dado tanto amor, para que no sintiera que era su padrastro, sino su padre verdadero, lo había apoyado en todo lo que el niño se había propuesto emprender. Asistía a todas sus competencias de karate sin faltar a ninguna; mejor Vanesa, en más de alguna ocasión había faltado por atender a sus otros dos hijos. Para Gerald, Charles era un niño fascinante que lo había hipnotizado desde la primera vez que lo cargó en sus brazos. Sin embargo, Charles nunca lo sintió así, le tenía un gran respeto por ser la figura paternal, pero en el amor que se le tiene a un padre, un abismo los separaba, porque no le correspondía igual, había un vacío que a Charles no le permitía ser un verdadero hijo para Gerald.
Esa noche, Vanessa iba a entrar al dormitorio de Charles, cuando la detuvo una voz. Al parecer platicaba con alguien. Se quedó detrás de la puerta para escuchar.
«Sí papá voy a insistir en que me diga toda tu historia».
Vanessa se puso pálida, un vuelco le dio el corazón, abrió un poco la puerta para ver con quien estaba hablando su hijo. Pero no había nadie con él. Hablaba dormido. Fue de inmediato al baño, presa de una descompostura estomacal por la impresión.
Se dirigió misteriosa a su armario, se le había cruzado por su mente una de esas cosas inexplicables de la vida. En alguna ocasión había visto un programa por la televisión, donde aparecían fantasmas en las fotos, sombras confusas a la par de los sujetos fotografiados, y se acordó de las fotografías de Charles cuando era pequeño donde siempre salía una sombra a la par del niño, salvo cuando aparecía con Gerald. Revisó todas hasta las últimas fotos, y era una constante. Recordó que había cambiado de cámara porque Oswald se la había arruinado, e igual salía la sombra fantasmal. Fue a la computadora, donde tenía grabadas las últimas imágenes de una competencia de karate, y ahí estaba la sombra, trató de ampliarla, para tener una mejor visión, y su sorpresa fue grande al descubrir que la sombra confusa, poco a poco fue tomando forma con el rostro de Iza. Era algo increíble, su mente no alcanzaba a analizar una cosa así, en este siglo donde todo tiene una explicación lógica, se topaba con una interrogante del tipo misterioso e inexplicable. Su imaginación le jugaba una mala broma, se decía, lo quería creer porque su mente estaba condicionada a ver el rostro de Iza.
Respiró profundo, trató de calmarse y aclarar su mente para lo que seguiría después. Tenía que preguntarle muchas cosas a Charles, y ser de mente abierta para no espantarse. Pero era imposible, se enfrentaría al miedo de lo inexplicable, y eso le aterraba. Y luego contarle a su hijo su historia completa. Meditó unos instantes y luego se dijo a sí misma y en voz alta: —no lo haré, no debe saber nada, es muy cruel mi pasado, y él está viviendo una vida tranquila en un ambiente cargado de amor y no de odio.
«Debes hacerlo, es mi heredero y me lo prometiste». Apareció este mensaje en su computadora. Vanessa se espantó, y casi se cae de la silla, miró para todos lados. Estaba sola. Vio la pantalla una vez más, otra vez su imaginación la estaba martirizando, pensaba que quizás lo escribió inconscientemente. Apagó nerviosamente su computadora y se levantó para ir a la terraza y tomar aire fresco. Se tomó la cabeza en un intento por ordenar sus pensamientos. Sabía que los traumas sufridos en años anteriores, con el tiempo pueden causar alguna clase de trastornos inconscientes en la mente, algo que su cerebro racional no alcanza a cubrir y que el inconsciente guarda para cuando llegue la oportunidad. Como son eventos inconclusos, llegan a ser escupidos como una bomba, cuando se toca el detonador correcto. En este caso: Iza Al Cafquil, el papá biológico de Charles.
Comenzó a llorar al acordarse de todo lo que le había pasado, era cierto que en la víspera de la muerte de Iza, le prometió que le hablaría al niño sobre él. Nunca lo hizo. Ella quería pasar la página negra, comenzar de nuevo y olvidarlo todo. Pero ahora lloraba desconsolada, sin poderse controlar, era como limpiar ese rincón acumulado de penas y malas experiencias que tenía apretado en su corazón. No se había sentido así en muchos años, por el contrario su sufrimiento le había formado una coraza en su ser, que la había dotado de más fuerza para enfrentar los retos de la vida. Había sacado la carrera de Leyes y graduado con honores de la Universidad. Se decía que Dios le había regalado una segunda oportunidad, al haber sobrevivido a un terrorista, y que nunca volvería su cara atrás. El solo pensar que su hijo correría ese riesgo, se ponía erizada, y una corriente cargada de angustia le recorría todo su cuerpo, y por lo mismo se negaba a decirle todo lo que había sufrido.
Lo que Vanessa no sabía, era que Iza había hecho otro testamento, y el abogado tenía instrucciones de anunciarlo cuando Charles cumpliera los dieciocho años.
El abogado de Iza, el Dr. Sixto Pinacotti había seguido, en el más absoluto secreto, la pista del niño, cuando Vanessa renunció a la herencia que le había dejado Iza al morir. Tomó nota de su nombre y personalmente siguió todos sus pasos, porque sabía que era una protegida por el gobierno de los Estados Unidos. El Dr. Pinacotti no podía confiar en que alguno de sus empleados fuera a aprovecharse de tal situación, si le encargaba el trabajo de seguirla; por el riesgo de que un asunto con personajes tan importantes, se revelara por culpa de un empleado suyo. Por mucha confianza que tuviera en su gente, consideraba este asunto, encomendado por su cliente y amigo, Iza, como algo de sumo cuidado y delicadeza, y que merecía su atención personal. Vanessa pensó que ahí terminaba todo, en renunciar a la herencia que le había dejado Iza, pero éste había dejado todo preparado para su hijo, y eso nunca se lo dijeron a ella.
Charles cumplió sus dieciocho años el veintiocho de mayo, el último día de su High School, y Vanessa volvió a negarse a contarle sobre su padre.
—Tú me lo prometiste mamá. —Le reprochó enojado.
—Es por tu seguridad Charles, no me preguntes más. —Le dijo cortante, esperaba que Charles entendiera. Porque ella no sabía cómo explicárselo, era muy complicado.
—¿Mi seguridad? ¿De qué hablas? No te entiendo mamá, háblame claro. —Le preguntaba indignado por la negativa de Vanessa.
—Hijo algún día entenderás solo confía en mí. Te lo suplico Charles confía en mí. —Le decía con una expresión de apremiante súplica, como si presintiese algo, su sexto sentido no se equivocaba.
—Pero mamá quiero respuestas, sé que me pasará algo y no entiendo nada. —Dijo por fin.
En las últimas semanas había estado muy inquieto, sus sueños se hicieron más frecuentes y lo acosaban pesadillas sobre situaciones irreales para su comprensión.
—Dime ¿quién te dice que te pasará algo? —Le preguntaba intrigada. Ella no creía en fantasmas, aunque la vivencia sufrida hacía un mes la había dejado inquieta, pensaba que debía haber algo más que Charles le ocultaba.
—Mi papá verdadero.
Vanessa palideció.
—No puede ser, él está muerto.
—Sé que no me lo creerás, pero mi papá me habla en las noches, me dice cosas que no entiendo. Estoy confundido, madre, necesito que me expliques, ¡me estoy volviendo loco! Soy el único que oye voces en las noches, últimamente se han hecho más frecuentes. ¿Por qué? —Preguntó Charles con impaciente angustia, se notaba que estaba confundido y asustado por el tema sobrenatural.
En eso tocaron a la puerta. Vanessa se sobresaltó, y con cautela abrió la ventana. Había una limusina contratada blanca Mercedes Benz nuevo modelo 2022, con un estilo futurista, enchapados color oro, digitalizado en su totalidad, y equipado con todas las extras de lujo que un carro puede tener, frente a la puerta de la casa. La mucama bajó para abrir la puerta, pero Vanessa le dijo que ella lo atendería. Abrió la puerta, y un sujeto alto entrado en años con uniforme de chofer y guantes blancos le preguntó, después de saludar cortésmente levantando su gorra.
—¿Vive aquí Charles Wenwood?
—No, está equivocado. —Respondió Vanessa al ver, según ella, que se trataba de algún regalito caro, que no era de su marido, obviamente.
—Quizás me dieron mal la dirección, debo corroborarla. Disculpe madame. —Se despidió con otra reverencia colocándose nuevamente la gorra de chofer.
Vanessa vio como desapareció y cerró la puerta, pero en la esquina de la cuadra se paró para preguntarle a los hermanos de Charles, que en esos momentos se dirigían a su casa, después de estar jugando con el vecino de la vuelta, y le confirmaron donde vivía. El vehículo retrocedió y volvió el chofer a insistir. Vanessa no había terminado de subir las gradas del segundo nivel, cuando volvió a sonar el timbre.
—Con el perdón madame, pero debo insistir en que me acompañe el joven Charles Wenwood. —Le dijo después de volver a saludar cortésmente.
—Ya le dije...
Pero fue interrumpida por Charles, y sus otros hijos que llegaban curiosos de saber de dónde procedía tan misterioso y lujoso vehículo.
—Yo soy. —Dijo Charles detrás de ella.
—Esta es la persona que desea verlo. —Dijo entregándole un sobre cerrado.
Vanessa se lo arrebató y trató de romperlo.
—¿Mamá qué haces? —Le preguntó indignado tratando de recuperar su carta.
Vanessa cerró la puerta de portazo.
—Charles, solo confía en mí hijo por Dios, no le hagas caso a estas cosas, por favor, por lo que más quieras. —Le decía suplicante.
—Mamá estás fuera de control, debes decirme todo, o no confiaré en ti. —Dijo retándola.
Con un gran suspiro, Vanessa movió la cabeza en negativa.
—Entonces —dijo Charles en tono grave—, disculpa pero no puedo confiar. —Le arrebató nuevamente la carta. Corrió escaleras arriba a su habitación y se encerró con llave a leerla.
Vanessa aguardaba afuera. Sus otros hijos la veían curiosos del misterio que los envolvía.
—¿Qué pasa mamá? —preguntó por fin Gerald con cara de preocupación.
—Vayan a hablarle a su padre, pronto que se venga, que es urgente.
Gerald hizo lo que dijo su madre, y el otro se quedó haciendo preguntas.
—Oswald no puedo responderte en estos momentos cariño, por favor, ve a hacer tus deberes que luego te contaré.
—Ya salí de clases mamá. —Contestó Oswald.
—Bueno ve a hacer algo, por favor. —Le dijo para quitárselo de encima. No la dejaba pensar bien las cosas, ¿qué le diría a Charles, para que no acudiera a esa cita? Se preguntaba. Presentía algo malo.
Charles salió de su cuarto y miró a su madre de una forma tan conocida para ella, que le trajo a su memoria miles de recuerdos. Era la mirada de Iza cuando estaba muy molesto.
—Adiós mamá. —Le dijo terminante.
—Charles por piedad piénsalo, no debes hacerlo, ¿que acaso no eres feliz aquí?, somos una familia, no necesitas más. —Dijo suplicante, tratando de retenerlo.
—¡Tú qué sabes si no necesito más! —Le respondió en subido tono—. Yo no pertenezco aquí mamá, y lo sabes.
—Le romperás el corazón a tu padre, tú sabes cuánto te ama. —Dijo utilizando hasta el último recurso para detenerlo.
—Él no es mi papá. —Dijo categórico.
—Charles no seas frío. Te enseñamos a amarnos, no te puedes voltear, eres nuestro hijo adorado. —Lo sacudió Vanesa indignada por esta respuesta tan frívola.
—Debo saber en realidad quién soy, y tú nunca me has respondido con la verdad. —Le dijo tajante y terminante.
—¡Charles, hijo mío, no lo hagas! —Le suplicaba tomándolo de la camisa.
Charles la apartó, y se fue con el chofer con paso decidido, igual a Iza. Llevaba su pasaporte y su licencia que ese día había tramitado temprano por la mañana, tal como decía la carta, y que saliera con un pequeño equipaje.
Vanessa se quedó en el umbral de la puerta llorando del agudo dolor de ver partir a su primogénito hacia el mundo de Iza, su padre. Sentía muy dentro de su corazón que lo había perdido para siempre.
Gerald llegó minutos después, y encontró a Vanessa inconsolable. Estaba encerrada en su habitación, pensando en que mejor le hubiera contado todo su pasado. Se reprochaba una y otra vez, quizá así hubiera evitado que se fuera, pero ya era tarde para lamentaciones.
—Mi amor, ¿qué pasó? —Preguntó con ternura Gerald al verla llorar.
—¡Se fue, se fue para siempre, Gerald, se fue nuestro hijo, lo hemos perdido! —Y rompía a llorar.
—Pero... ¿cómo, quién, que pasó? —Preguntaba poniéndose más preocupado pensando en lo peor.
—Al parecer Iza hizo testamento antes de morir, —y entregándole el pedazo de sobre, agregó—: éste es el abogado de Iza, me quedó este pedazo de sobre cuando le arrebaté la carta que le traían, un chofer elegante y en un vehículo del año, típico de Iza para impresionar. —Le explicó.
Gerald le tomó el papelito, y trató de recordar donde había visto el logotipo de la firma de abogados.
—Ven mi amor, tenemos que ir ahí, estoy seguro que está en Nueva York. Recuperaremos a nuestro hijo. — Le dijo decidido.
Empacaron algunas cosas rápidamente. Vanesa solo obedecía automáticamente lo que su esposo le decía que hiciera. Estaba tan desolada que no pensaba con claridad.
Los otros dos estaban escuchando detrás de la puerta, y fueron sorprendidos cuando la abrieron para salir.
—Quédense aquí en casa, nosotros iremos de viaje urgente por unos dos días a New York, no se vayan a ninguna parte, estaremos en contacto con ustedes. No quiero pleitos, ahora quiero que se apoyen y nos ayuden, les explicaremos a nuestro regreso. ¿Entendido? —Les ordenó Gerald.
Asustados los dos hermanos asintieron.
Se dirigieron al aeropuerto para abordar el vuelo de la tarde que salía para Nueva York.
Mientras esperaban en el aeropuerto la salida del avión, Gerald habló a la oficina para que le enviaran a su correo todos los bufetes de abogados con sus respectivos logotipos de color oro que hubiera en Nueva York, y que descartaran los de otros colores. La lista era interminable, y entre los dos buscaban en la tableta portátil el que se parecía al del papelito rasgado.
Cuando llegaron a Nueva York ya tenían el lugar, tomaron un taxi, y se fueron directo a las oficinas del abogado.
La oficina estaba en uno de los tantos rascacielos que había en la gran manzana. Subieron hasta el piso setenta y cuatro, donde estaba la oficina. Todo un piso decorado con maderas oscuras clásicas, con relieves labrados artísticamente y cuadros pintados al óleo, adornando las paredes de la gran sala, con muebles de cuero oscuro que tenían para los clientes. Vanessa se acordó del nombre del abogado que mencionaba Iza cuando hablaba con él, al verlo grabado en la puerta de la oficina. Una gran angustia le oprimió el pecho al ver el nombre.
—Él es el abogado de Iza —señaló triunfal—, el Dr.Pinacotti.
—Vamos querida entremos. —Dijo Gerald viéndola con esa mirada tierna de un decidido e incondicional apoyo. Ambos agarrados de la mano nerviosamente entraron al gran salón de espera, una elegante secretaria se apresuró a atenderlos.
—Queremos hablar con el Dr. Pinacotti, sabemos que vino hacia acá un joven para hablar con él. —Solicitó Gerald, porque Vanessa no podía hablar de la angustia, esperaba oír lo peor.
—Lo siento mucho pero el Dr. Pinacotti acaba de salir hacia Turquía a una reunión urgente. —Explicó la secretaria seriamente.
Vanessa rompió a llorar, desplomándose derrotada en el ancho sofá de la sala. Gerald se quedó preguntando los detalles del vuelo. La secretaria le explicó que era un vuelo privado, y que no podía dar más detalles.
Capítulo II
El multimillonario más joven del mundo
Viajaban en el jet privado del Dr. Pinacotti que lo había acondicionado con mucho lujo y comodidad, para sus viajes internacionales de visitas a clientes importantes en Europa y Asia. Charles se sentía transportado a un mundo totalmente desconocido. Todo estaba pasando muy de prisa. ¡Iría a Turquía!. En su vida se lo hubiera imaginado de dónde procedía su padre; aunque sus hermanos le hacían chistes árabes, por sus facciones y su cabello, él solo lo celebraba como chiste. Sentía un poco de aversión por el mundo árabe, de donde procedían los más despiadados terroristas que azotaban al mundo desde hacía más de seis décadas, y que sus “guerras santas” como le llamaban, nunca terminaban.
—El parecido con tu padre es impresionante Charles, Iza sabía lo que estaba haciendo. —Observó el Dr. Pinacotti con sonrisa aprobatoria—. Tu padre te bautizó como Iza Abdul Al Cafquil, por lo que tendrás que cambiar tu nombre americano. Haremos un juicio de identidad con el testamento de tu padre y la comprobación del ADN, para que no tengas problemas ante la Junta General de Accionistas y Directores del Grupo Cafquil, aunque cuando te vean no les quedará ninguna duda de que eres hijo de él y único heredero. Tu nombre de pila no se mencionará en ninguna parte, ni lo divulgarás a nadie, espero que lo comprendas. —Le decía el Dr. Pinacotti en el avión. Era un señor de sesenta y nueve años que inspiraba confianza y tranquilidad, calvo, nariz puntiaguda y muy grande, típica de un italiano. Era el fundador de la firma de abogados, y tenía como clientes a los más acaudalados neoyorquinos, los que lo habían hecho crecer por las buenas recomendaciones.
—Cuénteme sobre mi padre. —Le pidió Charles con ansiedad, aunque muy controlado para un joven de dieciocho años, embarcado en una aventura desconocida.
—¡Ah! —Exclamó cerrando los ojos al acordarse, quitándose los lentes para limpiarlos, y acomodándose en el asiento reclinable forrado de cuero, para contarle todo lo que sabía de Iza—. Era un hombre encantador, educado, bien parecido, igual a ti, trabajaba duro por sus empresas, pero cuando quería disfrutar de la vida lo hacía a lo grande, pero también era muy generoso. Era socio de varias fundaciones de caridad y hacía buenas donaciones cada año, por eso la fortuna no le abandonaba.
—¿Por qué mi madre no me quería hablar de él si era un buen hombre? —Le preguntó Charles curioso de saber todos los detalles.
—No lo sé hijo, las mujeres suelen ser muy misteriosas. —Dijo acompañado de una sonrisa picaresca.
—¿Usted los conoció como pareja? —Preguntó Charles siempre con ansiedad pero disimulada, queriendo saber toda la historia que su madre se negaba a contarle.
—Sí, tu padre estaba profundamente enamorado de ella. Tuvo otras esposas, de las que lo divorcié —hizo una pausa para acordarse de qué millonarios juicios fueron esos—, porque quería casarse con tu madre, con su belleza lo había cautivado, una fuerte debilidad en él: las mujeres hermosas. —Hizo otra una pausa para reírse del caso, porque fue bien sonado y complicado.
—¿Qué es lo gracioso? —Preguntó Charles deseoso de saber más, para encontrarle la gracia que le causaba al Dr. Pinacotti, porque a él no le daba gracia que la gente se divorciara.
—Detalles interesantes que a su debido tiempo te irás enterando. Ahora descansa que dentro de unas horas tu asesor te explicará todo lo que tienes que hacer. —Le dijo el Doctor poniéndose serio, porque vio que Charles no sabía nada del pasado, y él no tenía, en esos momentos, la paciencia para contarle todo. Además que con todos los preparativos de su iniciación en los negocios de Iza, estaba exhausto, y por último, como buen abogado, debía ser prudente en lo que le dijera al chico.
—¿Quién es el asesor? —preguntó Charles con curiosidad.
—Se llama Angus, yo lo contraté hace más de ocho años para que llevara las riendas del negocio de tu padre. Él es una excelente persona, aparte de que ha sabido manejar las empresas como nadie, ha hecho subir las acciones como la espuma, tiene grandes ideas y las ha llevado a cabo con mucho éxito. Representa a tu padre en las reuniones, tiene amplios poderes para tomar decisiones. Y ahora tiene la misión de entrenarte en el negocio. Es un cerebro prodigioso, el mejor de su clase, muy confiable, de una honradez intachable. Y nos estará esperando en el aeropuerto. Él te acompañará el resto de tu vida. —Le dijo bostezando como indicándole que ya pararía de hablar para dormir, y acomodándose en el sofá cama del precioso jet, se quedó profundamente dormido casi al instante.
Charles no podía dormir, estaba excitado con ese giro inesperado que tomaba su vida a sus dieciocho años. Todo iba de prisa, se le presentaba un mundo diferente lleno de riquezas y lujos extremos e impensables; le era atrayente para él, le llenaba de curiosidad la cabeza. Pensó en su madre, y por qué se lo había negado, no hallaba ninguna explicación lógica por más que lo pensara, si todo era bueno. Pronto descubriría el precio de su decisión.

DESCRIPCION DEL LIBRO
Corría el año 2022, los fabricantes de armas habían florecido, gracias a las nuevas guerras que surgían de desacuerdos alimentados por especuladores y contrabandistas, por empresarios y gente de gobiernos inescrupulosos, corruptos de cuello blanco que estaban dispuestos a cualquier cosa, con tal de obtener poder y dinero.
Es en ese caos, surgen espíritus decididos, profundos y valientes, que enfrentan los terrores del que no puede, por principio y humanidad, levantar un arma.
Un muchacho, heredero de un imperio multimillonario, hace una original promesa que causa malestares y sacude ese mundo de corrupción.
Utilizando la tecnología de punta, y ayudado por sus amigos de confianza que hacen de su promesa, el objetivo de sus vidas, alteran el curso de los contrabandos de armas.
