Capítulo 1
LOS PERDIDOS
Y ENCONTRADOS
El grupo de Nardo estaba preocupado por el hecho de separarse de sus amigos. Cada uno en silencio estaba preparando su mochila. Todos lo habían acordado, porque era lo correcto que se debía hacer, pero en el fondo querían que todo hubiese salido bien, que todos los chicos de la escuela estuviesen en la montaña, que ninguno se hubiera perdido en lo que tenían que hacer. Les preocupaba el grupo de Pentas, tan alejado ya de la misión para la cual todos estaban de acuerdo realizar desde que salieron de la escuela. Todos sabían los riesgos, todos sabían que no iba a ser fácil y todos firmaron para salvar a la humanidad de perecer ante las catástrofes.
Nardo estaba con la esperanza de encontrar a los chicos perdidos y luego pensar en cómo regresar a los grupos en la correcta dirección que llevaban. Le preocupaba, además, la importancia de tener a todos los grupos para el día determinado. Se preguntaba si el grupo que faltaba en realidad se perdió en medio de alguna catástrofe. Nardo no era tan negativo, pero ante la realidad de lo que había escuchado de los grupos, comenzaba a tener dudas.
Narciso, por otro lado, le preocupaba la fecha. Tenía también sus dudas y aunque hubieran hecho los cálculos nuevamente y la confirmaron todos los que sabían hacerlos, algo no le cuadraba. Se frustraba de que no sabía exactamente que era. Sentía que algo no estaba bien y no había forma de comunicarse con la escuela para confirmar la nueva fecha. Con esto en su mente se despidió sus amigos.
Los compañeros de Hibiscus trataban de que razonara y no fuera a buscar a Zinnia, le decían que era una misión descabellada y peligrosa.
—Hibiscus, yo no creo que Zinnia, Marigold, Crisantemo, Gladiolo y Pepeto se hayan salvado de la erupción del volcán. Yo vi cuando la lava cubrió la zona donde estaban y vi cuando Marigold y Cris se estaban quemando. —Le dijo Melissa, muy sentida porque Pepeto era su novio y Gladiolo era el novio de Dáfodil, su mejor amiga.
—Mira Melissa, si no los busco, nunca lo sabremos, y dile a Dáfodil que vendré con su novio, si todavía no lo ha olvidado. —Le contestó y la hizo a un lado para salir del campamento.
—Pero, es peligroso. —Le dijo Melisa tratando de detenerlo.
—Déjalo, —le dijo Fresno deteniéndola—, es su decisión.
Fresno era un chico que quería el liderazgo del grupo, y aunque ya no era apoyado por haberse perdido en las fiestas de Pentas, seguía tratando de convencer al grupo, y vio la oportunidad de estar a cargo mientras Hibiscus andaba afuera.
—Te veré pronto hermano. —Le dijo Nardo a Narciso— Y tú hermanita cuídate mucho.
—Con Dios de nuestro lado, tenlo por seguro. —Le contestó Rosa.
Después de las despedidas, las dos expediciones comenzaron su camino por diferentes rutas. El de Narciso la ruta del grupo de Mirto, hacia el norte; y el de Nardo la ruta del grupo de Hibiscus, hacia el este.
El grupo de Pentas ni siquiera se había levantado todavía, para cuando salieron los expedicionarios. Se habían desvelado toda la noche celebrando y bebiendo hasta que los efectos del alcohol hicieron que cayeran intoxicados.
En el camino descendiendo la montaña, Nardo iba conversando con Hibiscus.
—¿Qué le ha pasado a tu grupo? ¿Por qué no te apoyan? —Le preguntó Nardo con curiosidad, porque ningún chico se apuntó para ayudar en la búsqueda de sus compañeros.
—Desde el principio tuve dificultades en liderar al grupo porque hay otro chico, Fresno, que quería hacerlo. No sé por qué la directora no lo escogió a él. —Hizo una pausa para pensar—, él siempre trató de dividir al grupo, y lo ha conseguido haciendo que algunos se unan al grupo de los drogadictos y borrachos americanos y canadienses que solo pasan haciendo fiestas. Yo no estaba muy bien después de perder a mi novia, Zinnia, y no tenía ánimos para hacer valer mi liderazgo con el grupo, ese fue mi error, y afronto las consecuencias, pero a veces, ni yo mismo creo en lo que estamos haciendo. —Dijo Hibiscus pensativo.
—Encontraremos a tu novia y a los demás, y recuperarás tu puesto. —Le dijo Nardo muy seguro— Yo te entiendo, porque las cosas que no salen como uno lo espera desalientan y uno quisiera renunciar a todo.
—Exacto, y luego uno se cuestiona ¿por qué Dios nos ha abandonado? ¿Por qué dejó que las cosas pasaran de esa manera? —Le dijo Hibiscus sacando su frustración.
—Bueno, —intervino Cesalpinia que iba detrás de ellos escuchando la conversación—, yo creo que Dios no abandona, sino que quiere confirmar que somos capaces de salir adelante no importando las circunstancias adversas. Lo que significa que Dios está en nosotros para hacerlo. Creo que esa fuerza que emana de nosotros cuando cumplimos algo procede de Él. Lo que sucede es que cuando entran las dudas, uno se debilita y perdemos el enfoque de lo que estamos haciendo y a Dios lo dejamos de lado.
—Exacto, —confirmo Nardo—, yo lo tomo como un reto personal de superar cualquier problema que se presente y confiando siempre en el Gran Arquitecto que nos ha seleccionado para esta misión, las cosas cambian a nuestro favor.
—Sí, creo que tienen razón. —Le contestó Hibiscus pensando en esas palabras, que en realidad, tenían sentido—. Es solo que tener a un grupo que no te apoya, es nadar contra corriente. En tu caso veo que todo el grupo es bien unido. En el mío hay una desunión causada por celos de parte del que no logró ser el líder de la expedición.
—Sí, mi grupo es increíble. —Dijo Nardo volteando a verlos con orgullo quedando su mirada en Queeny, quien le dio una sincera sonrisa—. Creo que me he ganado su apoyo.
El día comenzó despejado de nubes, sin embargo, los vientos traían frío y a medida que el tiempo pasaba las espesas nubes que se iban formando tapaban por largo tiempo los rayos del sol.
Agapanto quería abrazar a Violeteira, pero por respeto a Cesalpinia no lo hacía. Violeteira no le había contado todavía que ya eran novios. Le daba un poco de temor de cómo iba a reaccionar. Cesalpinia siempre había sido muy protector con ella, por lo que decidió esperar el mejor momento para contarle.
La expedición caminó por las montañas del valle inundado con rumbo hacia el noreste para luego bajar. Llegaron hasta un risco desde donde veían un río con playas de arena y piedras. Bajaron la pendiente entre resbalones y tropezones hasta llegar a la ribera del río y acamparon.
Les había llovido toda la noche y la mañana traía un frío paralizador, peor que el día anterior. Se pusieron las sudaderas encima de las túnicas de lana. Nardo dispuso que por el río avanzarían más rápido, según las recomendaciones de Agapanto.
Cesalpinia, Queeny y Violeteira hicieron crecer árboles de madera y Gumbo secó los troncos para hacer una balsa. Los eco arquitectos como Margarita y Nacascolo comenzaron a elaborarla.
—No es tan perfecta, pero funciona. —Dijo Margarita con timidez.
—Está excelente. —Le admiró Nardo—. Dejaremos más árboles en la parte alta, porque el río seguirá creciendo.
Dejaron el rastro para el camino de regreso, poblando de árboles la ribera en la parte más alta. Esto le extrañó a Hibiscus y preguntó:
—¿Cómo sabes que el río seguirá creciendo? —Nardo se tardó en contestar porque había escuchado una conversación privada entre Flora y su madre. Y no era una noticia oficial.
—Es obvio que habrá inundaciones porque seguirá lloviendo. —Le dijo evitando decirle sobre el segundo diluvio.
Nacascolo y Margarita eran los que se encargaban de la comida y de dejar plantado un huerto para el regreso. No con el esmero de cuando estaba todo el grupo porque se querían lucir con los platillos, pero en lo que podían, ayudados por Daisy, Gumbo, Kunzea y Kapok, lograban alimentarse bien.
Kapok se encargó del timón de cola, mientras Hibiscus, Gumbo, Cesalpinia y Nardo remaban para avanzar más rápido. El río doblaba en unas montañas y el panorama había cambiado radicalmente. La balsa comenzó a navegar más rápido. Los chicos dejaron los remos y vieron que navegaban sobre unos rápidos y que iban al encuentro de lava ardiendo todavía. Era la zona donde el volcán que mencionó Hibiscus había hecho erupción.
—¡Sujétense! —Les gritó Nardo. Todos se amarraron a la balsa y Kapok logró dirigirla hacia la orilla.
—Estamos cerca de donde nos separamos. —Dijo Hibiscus con excitación. Estaba ansioso por encontrar a su novia y al mismo tiempo temeroso de encontrarse con lo peor.
La humedad que brotaba de la lava ardiendo y evaporarse con el agua era sofocante.
Cuando comenzaron la expedición, la directora le había proporcionado al grupo de Hibiscus máscaras contra gases las que utilizaron cuando el volcán hizo su erupción. Hibiscus logró que se las prestaran porque ciertamente que tenían que pasar de nuevo frente al volcán. También tenía un dosímetro que le había dado la directora para detectar radiación ionizante, ya que algunos países del medio oriente estaban en guerra y las bombas nucleares clamaban por reventar. Se colocaron las máscaras para respirar mejor y siguieron caminando donde la lava se había solidificado y no presentaba peligro.
El panorama era oscuro, no solo por la lava negra y seca, sino por las nubes de tormenta espesas y negras combinadas con una densa neblina de cenizas que todavía arrojaba el volcán. Daisy y Gumbo se voltearon a ver afligidos.
—No se preocupen, —les dijo Agapanto— los terrenos con ceniza volcánica son los más fértiles del mundo. Y dicho esto, Daisy intentó hacer crecer un árbol de hule. Se admiró que después de hacerlo crecer no se sintió cansada. La tierra fertilizada le ayudó a crecerlo sin mayor esfuerzo.
—Tienes razón —dijo con animación y siguió haciendo crecer un pequeño bosque para protegerse haciendo que el follaje hiciera de techo, y al mismo tiempo hacer el campamento para protegerse de la lluvia, cenizas y el viento.
—Estas máscaras son un alivio, pero ¿por qué se las dieron, que acaso sabía la directora que iba a explotar un volcán? —Le preguntó Nardo a Hibiscus mientras comían y se calentaban en la fogata.
—La directora nos dijo que el Medio Oriente estaba en guerra. —Contó Hibiscus.
—Pero eso es en el medio oriente. —Intervino Agapanto— Muy lejos de aquí.
—Sí, pero nos dijo que los camiones cargados con material radiactivo usaban la ruta de Egipto para pasar al medio oriente. Y tenía razón, porque nosotros vimos un convoy de camiones con el símbolo radioactivo pasar por la ruta en que veníamos. —Les contó Hibiscus.
—Eso es alarmante. —Comentó Agapanto comenzando a preocuparse.
Llevaban dos meses desde que salieron del campamento. Habían subido y bajado montañas y habían bordeado los ríos solidificados de lava. La esperanza de encontrar a los chicos cada vez se iba desvaneciendo, hasta que llegaron a un lugar desde donde divisaban un bosque.
—Allá —señaló Hibiscus emocionado—. ese fue el último bosque que plantamos. —Dijo y comenzó a correr con la ansiedad de encontrar a su novia.
—Ustedes quédense aquí. —Le dijo Nardo al resto del grupo. Algo en los árboles no le convencía. Estaban rojos.
—Ese bosque está envenenado. —Observó Agapanto.
—Eso pensé. —Dijo Nardo comenzando a correr detrás de Hibiscus.
—Colócate la máscara. —Le gritó Agapanto.
—Hay no, debemos hacer algo. —Dijo Daisy con angustia de ver los hermosos pinos color rojo amarillento.
—Primero tienen que ver qué nivel de contaminación tienen. —Le dijo Agapanto. Para Daisy la palabra era nueva y siguió preguntando. Entre Queeny, Cesalpinia y Agapanto trataban de explicar el término, no solo a Daisy, sino a Gumbo también porque no habían asistido a la escuela.
Nardo ya se había colocado la máscara cuando llegó al lugar. Hibiscus andaba desesperado llamando a su novia, sin ningún éxito. Se extraño del lugar tan diferente de como lo habían dejado, y cuando vio a Nardo, de inmediato realizó lo que pasaba. Sacó su máscara y el detector de radiación. En efecto, los niveles eran medios, pero había radiación.
—Mira allá. —Señaló Nardo. Había en uno de los árboles una nota metida en un plástico y amarrada al tronco. La arrancó y se la dio a Hibiscus, quien nerviosamente la abrió.
“Si alguien lee esta nota, somos cinco sobrevivientes del grupo de Hibiscus. Dos chicos están quemados y creemos que todos estamos contaminados. La lava nos impide llegar a nuestro destino, por lo que hemos decidido caminar hacia el sur”.
Llegaron al campamento con la nota. Hibiscus estaba feliz de saber algo de los chicos y triste porque se habían contaminado.
—Creo que la explosión volcánica fue el detonante del plutonio que llevaba los camiones y alcanzó a contaminar esta zona, porque no encuentro otra explicación. —Dijo Hibiscus con tristeza.
—Deben lavarse la cara y manos con este jabón. —Les dijo Kapok entregándoles un jabón hecho de aceite de olivo con aloe y salvia que habían preparado hacía meses, entre él y Kunzea—. Es lo único que se me ocurre por si se han contaminado superficialmente.
Los chicos hicieron crecer caña de castilla para que absorbiera la contaminación del bosque y al mismo tiempo ayudar a que las coníferas y los abedules se recuperaran. Después de varios días trabajando, vieron como algunos de los árboles comenzaban a brotar hojas verdes.
—Es tiempo de seguir. —Dijo Nardo. Daisy sonrió satisfecha.
Siguieron al sur como indicaba la nota y después de varios días se quitaron las máscaras porque ya no detectaban radiación. Iban dejando en el camino un jardín de flores silvestres para la ruta de regreso. Hibiscus vio a lo lejos un punto verde. Siempre que veía algo verde se alegraba y salía corriendo a ver y luego se quedaba frustrado al no encontrar a nadie. Decidió esta vez no salir corriendo y solo seguir caminando hasta llegar a la zona verde.
—Según el mapa estamos en Sudán, esas montañas dividen el país con Egipto y Libia. —Dijo Agapanto señalando el lugar.
—Parece que hay gente ahí. —Dijo Violeteira.
Apresuraron el paso y era cierto. Había un campamento de la Cruz Roja atendiendo a mucha gente que llegaba en estado deplorable, por las catástrofes y por las guerras. Las tiendas y camillas eran interminables e insuficientes con tanta gente que llegaba a diario buscando refugio, comida y sobre todo atención médica.
Nardo y los chicos llegaron caminando despacio viendo hacia todos lados con cierta preocupación. La gente estaba ida, callada, sentada en el suelo solo viendo sin ver, tal vez analizado todavía lo que estaba pasando sin comprender. Muchos habían perdido no solo sus hogares, sino a sus seres queridos. Muchas madres lloraban a sus hijos muertos, otras lloraban abrazando a sus hijos y pensando en el futuro que les esperaba al ver un panorama tan desolador y deprimente.
De pronto, Hibiscus paró al grupo. Había visto a Zinnia salir de una de las tiendas. Su corazón comenzó a latir fuertemente.
—¡Dios mío, Zinnia! —La llamó. Ella volteó a ver y se tapó la boca realizando el milagro de ver nuevamente a su novio, y se puso a llorar de la emoción.
—Creí que nunca te volvería a ver. —Dijo con voz quebrada abrazándola y besándola emocionado—. Te voy a presentar a Nardo y… —Dijo Hibiscus cuando el grupo de Nardo se aproximó para saludarla y saber lo que le había pasado.
—Yo sé quiénes son. —Dijo Zinnia sonriéndoles y saludándolos.
—¿Dónde están los demás chicos? —Preguntó Nardo.
—A Marigold le han tratado las quemaduras de cuarto grado y no está bien y Crisantemo está recuperándose de una quemadura en la pierna cuando salvó a Marigold. —Dijo Zinnia con preocupación por la chica—. A todos nos han tratado con yoduro de potasio por la contaminación radioactiva. Aunque me puse la máscara desde que el volcán comenzó a lanzar la ceniza y lava, siempre me dieron el tratamiento. Lo que sí tengo es la piel irritada por la exposición. También Pepeto. —Dijo mostrándole los brazos y pecho con un tono rojizo—. También hay tres chicas y dos chicos del grupo de Abedul que están en este campamento. Ellos están contaminados también, pero los están tratando y han hecho crecer algunas legumbres que son ricas en proteínas y potasio para disminuir la radiación en el cuerpo. La sopa de legumbres se ha hecho muy popular por aquí, así como las bananas. —Dijo con sonrisa. Nardo y su grupo le sonrieron con complicidad porque ya sabían a que se referían. Ellos habían hecho crecer las bananas y legumbres sin despertar sospechas.
—Tenemos jabón de olivo con aloe y salvia. —Le dijo Kunzea dándole el jabón— Lávate primero y luego te aplicaré sábila en cuanto encontremos un lugar para hacerla crecer. —Dijo viendo para todos lados sin encontrar un lugar que no tuviera gente.
—Es buena idea, gracias. —Le dijo Zinnia, y continuó—: Nos enteramos también de que un meteorito impactó el polo sur y hay inundaciones en zonas bajas y el agua sigue subiendo.
Hibiscus vio a Nardo con preocupación porque ya se lo había advertido.
—Te lo dije. —Dijo Nardo encogiendo los hombros.
Todos tenían tantas preguntas que hacer que mejor dispusieron buscar un lugar alejado del campamento para poder platicar de todo lo ocurrido y hacer crecer plantas medicinales para ayudar a la gente, lo mismo que plantas alimenticias, porque comenzaba a escasear la comida y la ayuda internacional no había llegado todavía.
Después de acampar y organizarse, fueron a ver a la chica quemada. Estaba en una de las tiendas grandes de la Cruz Roja donde tenían a los pacientes en estado crítico. Cuando vieron a Marigold, se les estrujó el corazón. La mitad de su cuerpo estaba con quemaduras de cuarto grado, o sea la piel derretida y expuesta. La tenían sedada todo el tiempo por los terribles dolores que padecía y un suero la alimentaba.
—Busquemos un mopane. —Les sugirió Gumbo acordándose de como hizo que Nardo sobreviviera.
—Buena idea Gumbo. —Le dijo Nardo.
Daisy y Gumbo fueron a un lugar lejos del campamento, para censar las raíces de alguno que estuviese cerca, pero nada consiguieron. La zona era desértica en su mayor parte, solo unos pocos árboles con alguna esperanza de ser grandes algún día se veían desperdigados.
Los médicos de la Cruz Roja le dijeron al novio de Marigold que iban a tratar de encontrar quien la llevara a un hospital para hacerle trasplantes de piel, pero que su salud seguiría decayendo mientras se buscaban los medios para llevársela. Ese día le dijeron que ya no había nada que hacer; por las condiciones en que se encontraban no les sería fácil conseguir transporte para trasladarla. Las emergencias tenían la prioridad en esos momentos, y en diferentes partes del territorio. En pocas palabras no había esperanza para ella. Los chicos fueron a buscar a Gumbo y Daisy.
—Ya no sigan buscando, ya no hay nada que hacer por Marigold. —Les dijo Nardo consternado de perder a alguien especial. La chica estaba en sus últimos alientos.
—No, debemos salvarla. —Dijo Daisy con lágrimas en los ojos—. Haremos crecer un mopane, eso es. Rápido. —Dijo con determinación. Nardo y los demás asintieron como un último esfuerzo para salvarla.
Los chicos se apartaron hasta un lugar en los alrededores que no tuvieran gente para hacer crecer un mopane sin despertar curiosidad. Los chicos se concentraron para que creciera hasta una edad de cien años, y en su corazón agitado clamaron por Flora. El hermoso árbol comenzó a proyectar un halo amarillento y místico. Todos estaban desmayados por el esfuerzo. Solo Nardo estaba todavía consciente y vio el árbol iluminado; oyó una voz que decía claramente “traigan a Marigold”. Nardo se paró de inmediato y corrió a buscarla.
Su novio Crisantemo estaba a la par de ella muy consternado tomándole la mano y llorando. Su mejor amigo Gladiolo estaba con él dándole consuelo. Hibiscus, Zinnia, Kapok y Kunzea habían tratado con remedios naturales de aliviarle algunas de las quemaduras, auxiliados por Nacascolo y Margarita que hacían crecer la sábila y otros plantas medicinales que les pedía Kunzea, pero todo esfuerzo era infructuoso porque ya era muy tarde para esos remedios.
—Hay esperanza, tráela al mopane. —Le dijo Nardo en voz baja al novio.
—¿Al mopane? —Preguntó Crisantemo sin entender.
—Luego te explico, pronto. —Le dijo Nardo.
El Crisantemo la cargó en sus brazos. Un enfermero de la Cruz Roja les hizo parada.
—¿A dónde se la llevan? —Les preguntó preocupado viéndolos a todos sin entender. Nardo sacó polen del floripondio y se lo sopló para que no siguiera deteniéndolos. Todos se colocaron alrededor de los chicos para cubrirlos y llegar al lugar sin contratiempos.
Llegaron al mopane y entre Kapok y Nardo la metieron con cuidado en la corteza. El inmenso mopane la absorbió con ternura hasta su corazón, para asombro de Crisantemo. Él había escuchado algo sobre los espíritus de los árboles porque uno de su grupo tomó la clase, pero él lo estaba descubriendo en esos momentos. Nardo le explicó cómo funcionaba y que Flora estaba en el árbol ayudándola. Los chicos se sentaron alrededor del árbol para rezar por ella, mientras Kunzea y Kapok auxiliaban a los que se habían desmayado por el esfuerzo.
—Iré a hablar con los chicos que se fueron del grupo de Abedul. —Dijo Nardo, mientras los chicos acampaban alrededor del árbol. Hibiscus y Zinnia lo acompañaron.
Los cinco chicos estaban en una de las tiendas donde tenían en tratamiento a todos los contaminados por radiación. Les prohibieron entrar por la misma razón. Nardo tomó de escondidas dos de los trajes blancos que cubrían desde la cabeza a los pies para poder entrar junto con Hibiscus. Los chicos se alegraron de verlos y les contaron porque se fueron del grupo de Abedul.
—Abedul nos tenía en un régimen religioso del que nosotros no estábamos de acuerdo y que ni en la escuela nos tenían bajo esa disciplina tan rigurosa. —Dijo Petunia, una de las chicas desertoras.
—Mi hermana Laurel y yo decidimos salirnos del grupo y también nuestros tres amigos quienes tampoco estaban de acuerdo con la forma en que Abedul nos trataba. Al final dijo que ya no íbamos a seguir las indicaciones de la directora sino las de él. Y que nos quedaríamos a vivir en la montaña porque éramos los elegidos. Eso fue lo que nos motivó a salirnos del grupo. —Dijo Brezo viendo a sus amigos.
Bueno, se pueden unir a nuestro grupo si quieren, entiendo que el número de chicos tiene que ser exacto para llevar a cabo la siembra de los hiperiones. —Le dijo Nardo.
—Con relación a eso, Abedul nos dijo que esas semillas de los hiperiones no existían. Nos dijo que era un mito y que solo él tenía el poder de salvarnos. Solo hablaba cosas raras como si él fuera un mesías o algo así. —Le contó Lauro.
—Sí, tiene al grupo bien seducido con sus palabras. —Le contó Laurel.
—Es bien convincente cuando habla. —Dijo la otra chica llamada Eugenia.
—Mi hermano tiene las semillas. Es una larga historia de como las conseguimos, pero debemos sembrarlas y son 120 exactas. —Le dijo Nardo.
Los chicos se vieron como preguntando si seguían con el plan. Tenían expresiones de duda y las chicas negaban con la cabeza, por el hecho de que no querían volver a ver a Abedul.
—Abedul es un fanático religioso y no quisiéramos tener algún altercado con él, si regresamos. —Dijo Eugenia.
—Bueno, si cambian de opinión ya saben dónde queda el lugar. Solo estamos esperando que Marigold salga recuperada del mopane para partir. —Les dijo Nardo.
—¿Del mopane? —Preguntó Laurel.
—Creo que nadie tomó la clase de los espíritus de los árboles. —Le dijo Nardo a Hibiscus.
—Ni yo tampoco, pero después de lo que acabo de ver, me arrepiento de no haberlo hecho. —Le dijo Hibiscus.
Nardo comenzó a explicarles y les dijo que ellos podían también entrar en el mopane para curarse de la contaminación. Los chicos se alegraron con la noticia, aunque su condición había mejorado considerablemente, gracias a los alimentos naturales, convinieron en ir al árbol.
Los días pasaban y Nardo se preocupaba, ya que el camino de regreso les tomaría otros tres meses y con suerte que llegarían para la fecha del equinoccio de septiembre, si la chica salía del árbol. Estaban comentando las fechas con Agapanto, cuando de pronto, vieron una pierna salir del árbol.
—Miren. —Gritó Iris. Todos se acercaron a ver.
Marigold salía repuesta completamente y sin ninguna señal de sus quemaduras en su piel. Crisantemo la abrazó llorando de la alegría. Todos los chicos la rodearon al verla.
—No tiene ni una cicatriz en la piel. —Dijo Queeny admirada y dándole una túnica para que se vistiera.
—Gracias Dios mío, siento que tengo tanta energía como para hacer crecer un bosque entero. —Dijo Marigold con una simpática sonrisa.
—Eso dijo Nardo, también. —Comentó Gumbo.
—Iré a buscar a los cinco chicos contaminados para que entren en el árbol y ojalá que decidan continuar con la misión. —Dijo Nardo.
Los chicos iban escabulléndose de uno en uno para entrar en el mopane y al cabo de una semana todos estaban curados. Los cinco estaban felices y celebrando con el resto del grupo.
Petunia se había unido con Nacascolo y Margarita para hacer la comida. Ella era la cocinera designada en el grupo de Abedul y no la dejaba hacer otra cosa, al igual que Eugenia y Laurel.
Nacascolo llegó con la noticia de que la ayuda internacional había llegado y estaban repartiendo comida, agua, ropa y zapatos. Los chicos consiguieron ropa de las donaciones, porque todos habían crecido un poco y la ropa y los zapatos ya no les quedaba muy bien y aunque habían hecho algunas transacciones de frutas por ropa con las tribus nómadas, necesitaban nuevamente de zapatos y ropa para el frío.
—Le conseguiré a Kadota ropa de niño. —Dijo Iris buscando ropa pequeña entre las donaciones.
—Bueno ha llegado la hora de partir, espero que hayan decidido unirse a nuestro grupo. —Les dijo Nardo a los cinco que habían desertado del grupo de Abedul.
Todos negaron.
—No podemos soportar la idea de verlo de nuevo. Creo que mejor nos quedaremos por aquí a ayudar a esta pobre gente. —Dijo Laurel.
—A menos que nos necesiten desesperadamente, nos uniremos con ustedes. —Dijo Petunia viendo a Nacascolo, con quien había hecho una buena amistad porque sabía cocinar.
—Bueno, ya les dije que el número de hiperiones es 120. Y ustedes cuentan en ese número. Solo les pido que lo piensen, no tienen por qué estar en el grupo de Abedul, se pueden unir con nosotros o con Hibiscus. —Les dijo Nardo como último recurso para que los acompañaran.
—Le daremos pensamiento. —Le contestó Lauro, el hermano gemelo de Laurel.
A pesar de los intentos por convencer a los chicos, ellos estaban determinados a no seguir con la misión por miedo de Abedul. Les afligía el hecho de que los acusara de herejes por haber abandonado el grupo, como solía hacer cuando no le obedecían sus órdenes y los hacía sentir muy mal. Esa era su forma de liderar, solo con amenazas; no existía una buena comunicación, las chicas no tenían derecho a opinar y solo hacían cosas domesticas como lavarles la ropa a todos los chicos y hacer las comidas.
Con esta preocupación en su cabeza, Nardo se despidió y salieron del campamento.
EL ENCUENTRO
Por fin aterrizó la avioneta. Buscó a su papá, pero no lo vio. Reconoció el viejo jeep gris que tenía. Un joven la saludó muy alegre de verla. Intuyó que era el mozo de la finca por su aspecto. Vestía blue jins, camisa a cuadros, una gorra manchada por el sudor, y botas de cuero. Se adelantó para tomarle las maletas.
—Buenos días, Gabriela. —Le saludó Víctor muy emocionado de volverla a ver después de tantos años. Y la confianza de decirle Gabriela era porque había cuidado de ella cuando pequeña y se sentía parte de la familia; así lo había hecho sentir Esteban.
—¡Señorita Gabriela para usted! —Le corrigió viéndolo de pies a cabeza en forma altanera; y preguntó en seguida—: ¿Y mi padre?
—La está esperando en la finca. —Le contestó desilusionado por la forma abyecta en que lo trató.
Este joven era el hijo de crianza de la nana Milagro, era huérfano de padres, su madre murió al darlo a luz y su padre se hizo un borracho que lo mataron en una riña callejera. Se llamaba Víctor Manuel, era de una complexión musculosa y fuerte, de facciones varoniles, ojos pardos y piel morena, fuera del prototipo común de esa región; y era el brazo derecho de Esteban. Recogido por Estaban al morir su padre, quien había sido por muchos años el caporal del padre de Esteban. Lo había puesto a estudiar hasta Bachillerato, luego hizo estudios universitarios en San Salvador, pero no terminó por el cierre de la Universidad Nacional; por esos años ya era el semillero del Ejército Revolucionario del Pueblo, una organización clandestina que manejaba las protestas, huelgas y manifestaciones callejeras hacia la clase alta del país.
El camino fue silencioso, tanto Víctor como ella no cruzaron palabra alguna. Ella estaba absorta en sus pensamientos, no había tenido tiempo ni de despedirse de su mejor amiga. Recordaba las últimas palabras de su madre: «Mañana partirás…, mañana partirás», que no cesaban en su mente. Se sentía muy resentida con ella, enojada consigo misma, y temerosa de lo que le esperaba en la finca. Cuando era pequeña adoraba la finca, había mucho que hacer, jugar escondelero, correr, jugar mica, un dos tres queso, deslizarse por las laderas en cajas de cartón, jugar a la tiendita y pagar con corcholatas, la carne era la flor del guineo, las hojas eran los billetes; adoraba subirse a los árboles, y cuando era temporada de cortas, ella salía con su canastito a cortar también. La imaginación para divertirse no tenía límites, recordó la canción de un juego que le encantaba mucho: «chanchavalancha Rositas del Marqués, me dijo una señora que cien hijas tenéis... ». Pero ahora..., ¿qué haría?, ya no era una niña de juegos; más bien era una señorita de novios y fiestas.
Víctor, por su parte, pensaba en lo hermosa que se había hecho, pero altanera y petulante, la niña que había conocido tan dulce y amable había desaparecido: era otra persona.
Pasaron el pueblo de Berlín, aunque era temprano, se sentía la brisa helada de las montañas. Tomaron el desvío al Valle San Lorenzo en donde se encontraba la finca San Esteban, a unos dos kilómetros camino arriba del pueblo. La calle era empedrada en algunos tramos y de tierra en otros, la brisa levantaba el polvo al paso del vehículo. Gabriela sintió ese olor característico que despedían las fincas de café que surcaban el camino a ambos lados, pero la señal de que ya iban llegando, era el olor de cuatro imponentes cipreses que tenía la entrada.
La casa de la finca estaba rodeada por un muro del lado de la calle, pero en el nivel de la casa hacía la función de un balcón topado de plantas colgantes. A un costado estaba la finca de café, al otro, después de un gran patio en donde secaban el café estaba la casa de dos plantas, su fachada era de arcos de piedra cubiertos casi totalmente por la hiedra. La entrada principal, en el arco del centro, estaba adornada por un túnel de veraneras de todos colores que había mandado a plantar Doña Estela. ¡Qué orgullosa se hubiera sentido al verlo ya florecido y maduro! Y frente a los otros dos arcos había jardines de rosas y geranios. En la terraza había unas sillas de madera y una silla columpio que colgaba del techo. Todo estaba igual.
Dentro de la casa, la distribución era perfecta, una estancia principal y luego una sala íntima con chimenea y un pequeño bar, tirada en el suelo una alfombra persa que le daba un toque oriental elegante; a la derecha se encontraba el comedor, la cocina y el cuarto donde se guardaba leña; a la izquierda, el estudio de Esteban y un cuarto de huéspedes que se ocupaba como bodega y a veces se quedaba Víctor a dormir. Los escalones para el segundo piso eran de madera torneada y rechinaban al paso. En la segunda planta habían cuatro cuartos y un cuarto de baño común, con una tina amarillenta por los años. A la derecha de la casa estaba la cochera donde guardaban un pick up, el jeep, un remolque y la bodega donde guardaban sacos, lazos, moldes y otras herramientas de labranza. Luego seguía un pequeño sembradillo de árboles frutales y otro pequeño terrenito donde cultivaban maíz.
Se bajó despacito, temerosa del encuentro con su padre. Le salió al paso la Nana Milagro, tía de Víctor, era una india regordeta de mejillas rosadas y brillantes, al sonreír se dejaba ver una dentadura incompleta, por su pelo negro azabache era difícil calcularle la edad, pero andaba por los cincuenta años.
—¡La niña! —gritó efusiva—. ¡Ya vino la niña!
La rodearon muchos niños curiosos que vivían en los alrededores y que les había llegado la noticia de que llegaba la niña Gabriela, acontecimiento que no se podían perder.
La nana se le tiró a abrazarla. Gabriela se sentía algo incómoda, pues no sabía qué hacer, no se esperaba tal recibimiento. Entraron a la casa, y Don Esteban, al oír los gritos de la nana, salió de su estudio.
—¡Mire Don Esteban qué linda está la niña Gabriela! —le dijo la nana.
En efecto, había heredado lo mejor de sus padres, los ojos azules, labios gruesos y el porte de su padre, la tez bronceada, por la moda entre las jóvenes de lucir el mejor bronceado, el cabello rubio liso y facciones finas de su madre. Cumpliría los quince años en noviembre.
Ambos se quedaron contemplándose un rato, ella no lo podía creer, en solo cinco años ¡cómo era posible que su padre hubiera envejecido tanto! Parecía de mucho más de sesenta y tenía cincuenta y cinco años, estaba medio calvo, tenía bolsas en los párpados inferiores, su cuerpo antes atlético, era deforme, tenía un prominente abdomen y sus piernas y brazos demostraban flaccidez. Lo único que no había cambiado era el cigarrillo en la boca. Hasta su mirada ya no tenía el mismo brillo de antes. Y él, contemplaba a su hija formada como una señorita; se parecía tanto a su madre que le daba una profunda nostalgia, durante cinco años había tratado de olvidarla, pero ahora, Gabriela se la recordaría.
No hallaban qué decirse, después de cinco años ella había perdido la costumbre de llamarlo «papi». Y él, mudo, solo contemplaba el gran parecido con Estela. Mil pensamientos se le vinieron a la memoria, solo recordaba a su niña de nueve años, y ahora se le presentaba una adolescente.
—¡Cómo has crecido! —Exclamó. Era lo único que se le ocurría decir. Para él era una desconocida. En su memoria solo se le había grabado la imagen de la niña de nueve años.
—Sí, así dicen..., y ¿cómo ha estado? —Se le ocurrió preguntar, también se sentía extraña, su padre ya no era el mismo de antes.
—Bien ¿Y tu madre?
—Está bien.
También él había perdido la costumbre de tratar dulcemente a su hija, a pesar que en sus adentros tenía ganas de abrazarla y besarla, como cuando era pequeña, que ambos tenía interminables formas de demostrarse amor. Ahora estaba crecida, no la podía cargar en brazos.
—¿Qué tal el viaje? —Preguntó por preguntar algo, estaba muy cortado.
—Bien.
—Estarás cansada. ¡Nana! ¡Llévala a su cuarto!, creo que te acuerdas de la casa, ¿o no?
—Sí está tal como me acuerdo. —Dijo viendo para todos lados.
—¡Víctor, llévale las maletas al cuarto! —Ordenó.
Subió al cuarto, al que ella ocupaba de pequeña, todo estaba igual a como lo recordaba. Todavía estaba su primera lamparita de Mickey Mouse, una cajita de música con la que se dormía y un espejito de mango de madera sobre la mesa de noche. Sobre la juguetera estaban sus primeras muñecas con los pelos cortados casi al ras, un osito que le faltaba un ojo. Abrió las gavetas de la juguetera. Allí estaban sus primeros dibujos sobre un papel ya tostado y amarillento por el polvo y el tiempo, había dibujado a su padre y a su madre en un corazón, era lo que quería representar en su imaginación infantil, en unas figuras deformes. Casi todos sus dibujos representaban una familia feliz. Le dio sentimiento y sintió ganas de llorar por lo que los guardó rápidamente. En las paredes todavía estaban unos angelitos de cerámica con caritas sonrientes, solo que palidecidos los colores por el tiempo. En una de las esquinas, un cuadro del Sagrado Corazón de Jesús, colocado en una repisa de madera torneada con dos veladoras polvorientas y con telarañas que le daba el aire de religiosidad pueblerina a la habitación.
Era increíble que hasta la misma cortina de hace cinco años estaba intacta, y su cubrecamas color rosa con bordados en las guardas hechos a mano por su abuelita. Abrió la persiana, y dejó que entrara un viento helado. En ese momento llegó su padre.
—Cierra esa ventana o te resfriarás... —Hizo una pausa y prosiguió—. Yo no almorzaré aquí, tengo que asistir a una junta muy importante en San Miguel, pero regresaré mañana. Este, cualquier cosa que necesites dile a Víctor o a la Nana, estás en tu casa. —Le dijo y salió a hacer lo suyo.
—Sí, gracias, vaya recibimiento. —Dijo para sí.
No sabía qué pensar de su padre, era un completo extraño para ella, diferente a la imagen que tenía de él hacía cinco años. Decidió buscar otra cosa en qué ocupar sus pensamientos. Después de todo una «Chica Fresa» no podía llorar, ni ponerse sentimental, pensó.
El Club Fresa lo había formado ella en el Colegio con las chicas de sociedad, y quienes querían pertenecer, tenían que vestir a la última moda, no ser sentimentales porque eso era debilidad, debían tener un novio o dos, tenían que ser las mejores deportistas, demostrar superioridad y nunca delatar a nadie, ese era su código de honor. Y la que quería ingresar, tenía que hacer una desobediencia al profesor que Gabriela escogía, para poder aspirar a la chaqueta Fresa.
Bajó a almorzar sin apetito, aunque no quisiera reconocerlo, le había afectado bastante el cambio, sólo pensaba en la aburrida que se daría en la finca.
Recorrió la casa silenciosa, salió un rato a la terraza y se sentó en el trapecio, era una tarde de octubre, con mucho viento helado. Volvió a entrar a la casa y subió a su cuarto a descansar, luego se llegó la hora de cenar, tampoco comió mucho y se fue a dormir.
LA CASA DE LA TÍA ARMIDA
Al día siguiente se despertó tarde. Los ruidos de la noche no la habían dejado dormir tranquila, además la conciencia la molestaba mucho. Quería creer que todo había sido una pesadilla, pero con desilusión volvió a recorrer el cuarto con la mirada, los cuadros, los juguetes, la imponente cómoda, el baúl al pie de la cama. Se tapó con las sábanas. Quería llorar, pero no podía, estaba tan rencorosa con su madre que le costaba trabajo creer lo que le estaba sucediendo.
Un olor a café tostado en la cocina de leña le despertó el apetito, decidió hacer a un lado sus pensamientos y le ordenó a la nana el desayuno en la cama.
Cuando la nana se disponía a llevárselo, Don Esteban la detuvo.
—Deja eso en la mesa, yo iré a avisarle. —Le ordenó.
Subió al cuarto de Gabriela y abrió de golpe la puerta. Ella se asustó.
—El desayuno se sirve en la mesa —le dijo—, y date prisa en vestirte porque vamos a salir.
Se quedó muda, ni siquiera un «buenos días». Esto será muy duro, se dijo para sí.
Se levantó y se vistió, con el frío que hacía no tuvo valor de bañarse, así que se lavó la cara únicamente y bajó al comedor. Ahí estaba su padre como siempre, con su cigarrillo en la boca, una taza de café negro humeante y leyendo el periódico.
—Buenos días —lo saludó.
—Date prisa en desayunar, tengo que ir a ver los trabajos y quiero que me acompañes —le dijo sin dejar de leer su periódico.
Aparte de la finca que rodeaba la casa, Don Esteban tenía dos más, una llamada «El Banquito» por la forma de banco que tenía la loma; y la otra, «San Antonio», llamada así por un tío suyo que se la vendió, porque sus hijos no quisieron hacerse cargo de ella. Fueron primero a ver El Banquito, esta finca estaba dividida, la otra mitad pertenecía a su cuñado Benedicto Argueta casado con su hermana Armida Bustamante, ya fallecida, pero de cuya muerte poco se sabía.
Se internaron en la finca para reunirse con los trabajadores. Se aproximaba la temporada de corta y la estaban preparando: cortando la mala hierba, quitando un poco de sombra y rehaciendo las veredas. Esteban le iba explicando lo que estaban haciendo, quitándole el matapalo, una hierba que se le pegaba al palo de café, pero a Gabriela no le interesaba mucho lo que decía su padre, y solo pensaba en sus compañeros, y en los paseos por la capital y en tanto lugar donde se podían divertir, y ella se lo estaba perdiendo y encima de todo tenía que oír las aburridas explicaciones de la finca que le daba su padre.
—¿Me estás poniendo atención?
—¡Sip! —Le contestaba sin saber lo que le decía.
Esteban, por su parte, pensaba en que mejor hubiera nacido varón, así se entenderían mejor, aunque recordaba lo cariñosa que era cuando niña, y lo bien que se llevaba con ella. Era su adoración, pero siempre con la esperanza de que Estela tuviera otro hijo, y varón.
Pero, ¿qué podría hacer con una adolescente? Sabía que ella no le prestaba atención a lo que le iba diciendo. En la finca no había nada para una chica. Todavía no comprendía porque se la había enviado Estela. Cuando hablaron por teléfono, él se opuso al principio en recibirla, pero su amor por ella le hizo recapacitar y accedió sin hacer más preguntas, pero se sentía incómodo con ella, no sabía cómo tratarla.
Pensando así, llegó Víctor y se pusieron a platicar sobre la situación política del país, lo que se oía de la guerrilla en Morazán, y sobre los disturbios de sindicalistas en San Salvador.
—Realmente Don Esteban yo no sé en qué vamos a parar, todo se ve bien improvisado, ahora la Junta Revolucionaria de Gobierno ya tiene otro presidente el Ing. José Napoleón Duarte.
—Sí y mira a quien pusieron de Vicepresidente, al Coronel Abdul Gutiérrez —comentaban—, ya se vio que los militares no saben mucho de gobernar o hacer política, saben defender la soberanía de un país, pero hasta ahí.
—En San Salvador está terrible la situación, aquí por lo menos anda la Fuerza Armada y alguna protección considero que tenemos; pero allá, ya se declararon en las calles sin más ni más, andan sueltos por todos lados, se toman Catedral como entrar a su casa, es increíble que no les pongan paro. Y también las quemas de buses y llantas, no entiendo ¿cómo es que los dejan hacer eso? Si es el transporte del pueblo que dicen defender. —Decía Víctor.
—Pero lo que sí duele es que asesinen a la gente civil.
—Pues si son bien vivos, se escudan entre la gente para que el Ejército no les tire, pero cuando tienen que bombardear cantones, ni modo, matan a la gente inocente también.
—No tienen ningún respeto por la gente. Dicen defender al pobre, pero es al que más están jodiendo.
Se enfrascó tanto en la conversación que descuidó a Gabriela. Esta fue a buscar un lugar donde sentarse, algún tronco o un claro en la penumbra de la finca. Encontró una veredita, y recordó cuando jugaba con los niños de los campesinos a seguir vereditas dentro de la finca, y como por reflejo siguió el caminito. Llegó hasta un lindero y había una ladera enfrente, vio hacia arriba y para su sorpresa, se levantaba imponente la casa de su tía Armida. Se entusiasmó con la idea de volver a ver a sus primos, y con alegría pensaba que terminaría su calvario y aburrimiento. Aligeró el paso, iba subiendo impulsada por la esperanza de verlos, pero al llegar a la cima una sombra le cubrió el rostro. La casa de dos plantas descuidada por abandono. Recordó como era, de color amarillo claro con balcones cafés, un jardín que era la envidia de Estela, con un inmenso cedro en el centro de un redondel, los jardines se componían de bellos rosales de todos colores. Nada de esto estaba, había ramas secas por doquier y hojarasca marchita acumulada desde hacía mucho tiempo frente a la casa, hasta el cedro parecía haber muerto también; las enredaderas eran de matapalo y de flores silvestres que tenían atrapada la casa, le llegaban hasta el segundo piso. La casa demostraba haber sido deshabitada por una eternidad, tenía una ventana quebrada y algunos balcones de madera destrabados. Aun así, decidió entrar,
DESCRIPCION DE LA NOVELA
Es una novela que revela los sentimientos en su forma más pura de odio entre clases sociales, que se materializa en la guerra civil de la República de El Salvador. Aunque cargada de abusos de poder en ambos bandos: el militar y el comunista, surge en contraste el patriotismo y la lealtad de hombres cuya nobleza de corazón y coraje le dan a esta historia el tinte heroico.
En esa dramática fotografía surge un romance que nace desinteresado, se desenvuelve en secreto entre normas sociales, conflictos familiares y se revela a medida que las circunstancias de la guerra se van dando.
La protagonista, víctima del materialismo de un hogar destruido por el divorcio y de un marido despótico, se enfrenta a la realidad del mundo simple y sencillo del campesino. Se enamora de un hombre, cuya pureza de su alma, su madurez y pasión hace doblegar la rebeldía de su corazón.

